Recibió “el mejor premio de mi vida”, el de la Sociedad Americana de Cinematógrafos. Por ayudar a artistas de Estados Unidos, Gabriel Figueroa estuvo en la lista negra del macartismo: “Me delató Elia Kazan”

“Esta noche es mi momento”, exclamó emocionado en inglés el cinefotógrafo mexicano Gabriel Figueroa Flores. Todos los fotógrafos de Hollywood, “los mejores del mundo”, dice, le escuchaban. Era la noche del pasado 26 de febrero, en el Beverly Hilton de Los Angeles, cuando el fotógrafo de 224 películas recibió, al cabo de una cena en la que participaron unas 1,500 personas, el reconocimiento de los cinefotógrafos estadunidenses: el Premio Internacional de la American Society of Cinematographers, “el mejor premio que he recibido en toda mi vida”, reconoce.
Creado tres años atrás en su capítulo internacional, el premio de la American Society of Cinematographers había sido entregado en ediciones anteriores a los fotógrafos británicos Freddie Young, responsable de las imágenes de Lawrence de Arabia, Doctor Zhivago y La hija de Ryan, y Jack Cardiff, el fotógrafo de Las zapatillas rojas y Narciso negro.
Ahora, a su lado, fueron premiados también Gordon Willis, el director de fotografía de Francis Ford Coppola, de Woody Allen, de Alan J. Pakula; Martin Scorsese, realizador que ha sostenido una larga batalla por la preservación de la calidad fotográfica de las películas ya filmadas, y Bill Clothier.
En las entrañas de la mítica Hollywood, ante los integrantes de la American Society of Cinematographers, la más antigua organización de cinematografistas estadunidenses, que agrupa a todos sus colegas de profesión, algunos igualmente míticos y eternamente celebrados, las palabras se atropellaban un poco en la boca de Figueroa: una hemiplejia sufrida cuatro años atrás le dejó como secuela, cumplidos los 87 años de edad, una ligera dificultad para hablar.
De todos modos agradeció en voz alta: “es el mejor premio que he recibido en mi vida”, y dio paso al actor Pedro Armendáriz, que dio lectura a su discurso.
Con 50 años de labor como director de fotografía, con exitosas colaboraciones al lado de los estadunidense John Ford, Don Siegel, John Huston, entre otros, y de los mexicanos Emilio Fernández, Roberto Gavaldón y Luis Buñuel, Figueroa no dejó ir la ocasión y recordó brevemente, ante el público asistente, la virtual persecución de que ha sido víctima en Estados Unidos durante casi toda su vida por una causa: su ayuda en México a los cineastas de ese país perseguidos en los años cuarenta y cincuenta por las obsesiones ideológicas del senador Joseph McCarthy y su temido Comité de Actividades Antinorteamericanas.
Formado en buena medida en Estados Unidos bajo la tutela de Gregg Toland, el fotógrafo de El ciudadano Kane, de Orson Welles, a partir de una beca de la Empresa Cinematográfica Latinoamericana, que le permitió viajar a Estados Unidos por primera vez recomendado por su maestro Alex Phillips, de hecho Figueroa nunca filmó película alguna en ese país.
Responsable de las imágenes de cintas como Allá en el rancho grande, de Fernando de Fuentes; María Candelaria y La perla, de Emilio Fernández; Los olvidados, de Luis Buñuel; Macario, de Roberto Gavaldón; El fugitivo, de John Ford; El botín de los valientes, de Brian Hutton, y Bajo el volcán, de John Huston, entre muchísimas otras películas, Figueroa fue un sindicalista militante que apoyó a los emigrados republicanos españoles, que contribuyó a mediados de los años cuarenta a la fundación del Sindicato de Trabajadores de la Producción Cinematográfica (STPC) en compañía de Jorge Negrete y Mario Moreno Cantinflas, a partir de una violenta escisión en el seno del cetemista Sindicato de Trabajadores de la Industria Cinematográfica (STIC) –militancia que le costó una fractura en el rostro, al ser golpeado por Salvador Carrillo, el líder de esta organización gremial–, y que suele solidarizarse con las causas que involucran a los desvalidos.
Pero básicamente las razones por las que Figueroa no ha podido trabajar nunca en Estados Unidos, por las que ha debido permanecer más de una vez en el banquillo de interrogatorio de un agente de migración en su tránsito por los aeropuertos estadunidenses, y aun por las que se ha visto obligado a caminar por el concurrido pasillo de uno de ellos con una denigrante cartulina roja en su mano en alto, vienen sin duda de un pasado de solidaridad con quienes figuraban en la “Lista Negra” del senador McCarthy, acusados bajo cargos criminales de vínculos con el comunismo.

UN MEXICANO EN LA LISTA NEGRA

Así lo asume el propio Figueroa cuando advierte: “tengo el honor de estar en la `Lista Negra’ de Estados Unidos”, dice, “por eso nunca me dejaron trabajar allá”.
Y ya en la tranquilidad de su casa de Coyoacán cuenta la historia desde el principio:
“Había un director, Robert Rossen, que había ganado un Oscar con una película que se llamaba Los hombres del rey, y vino a México a hacer una película, Toros bravos. Me propuso fotografiarla, pero yo ya estaba comprometido con Los olvidados de Luis Buñuel y no pude. Sin embargo, nos hicimos muy amigos. Nos veíamos los sábados en la noche para cenar. Un día, ya habiendo acabado la película, me llamó y me dijo: `es muy urgente que te vea en tu casa de Coyoacán’. Al llegar, me agarró de las solapas y me dijo llorando: `me acaban de citar de Washington’. Por qué, le pregunté. `Porque soy comunista’, me respondió. `Pero algo me dice que tú me vas a ayudar’, me dijo. ¿Cómo te puedo ayudar?, le pregunté: es otro país, son otras leyes. La única manera en que te podría ayudar es con dinero, pero tú tienes más que yo. Lo vi tan apurado, llorando, que le dije: `mira, me voy a juntar con un grupo de comunistas para preguntarles, porque yo nunca he pertenecido a ningún partido, ni al PRI. Ahora en la noche me reúno con estas personas y mañana nos vemos’.
“Ellos me aconsejaron que viera a don Luis Cabrera, que había sido asesor de Venustiano Carranza, un abogado internacionalista de primer orden, muy talentoso. Lo fui a ver y le pregunté si estaba al corriente de lo que llamaban Los Diez de Hollywood. `Al centavo –me dijo–, porque leo todos los días el periódico americano, donde sacan todo eso de los implicados con el comunismo, estoy al tanto de todo y el gobierno estadunidense no tiene razón’. Pues yo le tengo un cliente que está aquí. `Tráigamelo volado’. Vamos a ver al licenciado Cabrera, le dije a Rossen. Llegamos y le dijo a Cabrera: `yo soy comunista’. `Muy bien, yo lo voy a defender a usted, yo me voy para allá y no le voy a cobrar ni un centavo por esto, ya estoy muy viejo y es el último caso que voy a tomar en mi vida, pero es muy importante, no le voy a cobrar los gastos, ni el avión; usted solamente traiga su pasaporte y yo le tendré una carta para que la firme pidiendo asilo político en México. Usted la firma y se trae a su familia para acá, y yo me voy a Washington a darles una lección de jurisprudencia, porque no tienen razón para lo que están haciendo’. Salimos de ahí y Rossen me cargaba y me besaba de gusto. `Ya ves cómo si me ibas a ayudar’, me decía.
“Nos vemos mañana a las cuatro de la tarde, quedamos. Llegué por él, comencé a tocar y nadie abría, hasta que salió el portero y me dijo: `el señor Rossen se fue a las ocho de la mañana’. `¿No me dejó una carta, un papel, algo?’, le pregunté. `Nada’. Y ahí voy a ver a Cabrera, para disculparme. Me recibió: `usted no tiene experiencia, Gabriel, no sabe lo que hace el miedo en una persona, y eso era lo que él tenía, miedo, por eso se fue.”
Allá, en Estados Unidos, explica Figueroa, Rossen “dio diez nombres a cambio de no entrar a la cárcel, y yo creo que ahí iba incluido el mío y el del licenciado Cabrera”.
Nunca ofreció Rossen disculpas a Figueroa por el enredo en que lo había metido. Sólo mandó, tres meses después, una carta: “estaba en España haciendo una película”.

INTERMEDIO

Casi 45 años después, Figueroa regresa al escenario del premio, donde Armendáriz, enviado por Rafael Tovar y de Teresa, presidente del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, leyó su discurso. Agradecido, recuerda también los apoyos de su familia en todo momento: su esposa Antonieta Flores Castro, sus hijas Tolita y María Figueroa.
Ahí mismo, en Los Angeles, recibió el año pasado otro gran homenaje de la industria fílmica hollywoodense, cuando fue inaugurado en las oficinas de la Kodak un mural de Roberto Delgado en el que destaca su rostro de perfil sobre una escena clásica de su filmografía, la de los rieles en Víctimas del pecado.
Se emociona todavía cuando evoca la ceremonia de premiación de la American Society of Cinematographers, que decide incluso el nombre del ganador en la rama de fotografía del Oscar que otorga anualmente la Academia Norteamericana de Artes y Ciencias Cinematográficas, a la que por cierto pertenece Figueroa desde su postulación por La noche de la iguana.
“Había 1,100 personas sentadas a la mesa para cenar y 400 de pie; colocaron dos pantallas enormes y pasaron material mío de El fugitivo, de Allá en el rancho grande, de La noche de la iguana, de La perla”, cuenta. Reflexiona enseguida:
“Ahorita, en Hollywood, casi se puede decir que son más importantes los efectos especiales que la fotografía. La fotografía se defiende con la iluminación, pero los efectos especiales están tomando una importancia y una fuerza tremebundas. Entonces, a la hora que aparece mi material proyectado, se queda todo mundo callado, con un silencio tremebundo al ver las imágenes buenas, válidas, artísticas, y me dieron una ovación extraordinaria.”
Su rostro se ilumina con un recuerdo especial: “primero cenamos, y después vino la ceremonia; cuando íbamos a empezar a cenar me trajeron a presentar a Al Pacino, a Robert de Niro, a Martin Scorsese y a Gordon Willis, el otro homenajeado local, pero al terminar se formaron dos colas frente a nosotros, una para Pedro Armendáriz y otra para mí, para dar autógrafos.
“En esas estábamos –cuenta–, cuando de repente me sale Francis Ford Coppola y me dice: `¿me da usted su autógrafo?’. Se lo di, agradeciéndole el honor de que me pidiera un autógrafo. Fue una noche preciosa; es el mejor premio que yo haya recibido en mi vida, porque se trata de los fotógrafos de Hollywood, que son los mejores del mundo, a pesar de no haberme dejado trabajar en Estados Unidos. Yo trabajé con ellos aquí en México, con John Ford, con John Huston, pero nunca he trabajado en Estados Unidos.”
–¿Por qué?
–Porque no me dejan, porque yo ayudé a los perseguidos del macartismo.

UN DELATOR: KAZAN

El realizador Elia Kazan “también se metió en estas cosas”, recuerda Figueroa: “dio nombres y no entró a la cárcel, pero durante años pocos le dirigían la palabra en Hollywood”.
El primer citado por el Comité de Actividades Antinorteamericanas “fue Dalton Trumbo, el mejor adaptador de Hollywood”, relata Figueroa: “señores –les dijo a sus colegas escritores, previendo que le habían denunciado para quedarse con su trabajo–, les dejo mi trabajo, lo único que desafortunadamente para ustedes no puedo dejarles, es mi talento. Y se fue a la cárcel. Después se vino a vivir a Cuernavaca y, trabajando en México con otro nombre, escribió un guión con el que ganó un Oscar y nadie se presentó a recogerlo”.
Presentado con Figueroa por el mismo Rossen, Trumbo llegó 15 años después a México:
“Nos encontramos en mi casa, con una botella de whisky y un sifón”, rememora el laureado cinefotógrafo: “estuvimos una hora hablando sobre estos asuntos y me dijo: `tú arriesgaste todo por nada, porque no tenías nada que ver, ni eres comunista, ni tienes que ver con Estados Unidos en este asunto, pero estás implicado porque alguien dio tu nombre’.
“Yo creo que Kazan también dio mi nombre –medita–, porque yo tuve una conexión con él aquí, en México, cuando vinieron a la lectura de su Zapata, que yo no quise hacer porque el guión de John Steinbeck estaba muy mal escrito.
“Era muy malo, no decía por qué estaba peleando Zapata, y tenía muchos otros defectos; con Steinbeck me quedé hablando tres días en Cuernavaca. Kazan no sabía nada de Zapata, nada más estaba escuchando. Después me llamó Kazan por teléfono y me dice: `es usted muy bravo’. ¿Por qué?, le dije. `Por discutir con Steinbeck tres días’. No, le dije, un momentito, yo no discutí con Steinbeck, discutí sobre un guión de Steinbeck que no estaba bien, y porque yo sé más de Zapata que él, por eso fueron los tres días de discusión y por eso no quise hacer la película.”
Más tarde, cuenta, Kazan “vino a hacer América, América, porque necesitaba nieve y le habían dicho que en el Popo siempre había; que contraten a Figueroa, pidió; me hablaron para contratarme, y les dije: no puedo porque estoy haciendo un documental muy importante y no puedo dejarlo.
“Yo no quería hacer la película de Kazan, y él se dio cuenta de que yo no quería. Tiempo después, en un coctel, un muchacho como de 18 años no me quitaba la vista de encima, hasta que se acercó y me dijo: `quiero saber por qué usted no quiso trabajar con Kazan en el Popo’. Por bocón, le dije, porque él dio nombres al macartismo. Después Kazan escribió en su libro de memorias: `yo no quería a Figueroa, porque es un fotógrafo de madonas y a mí no me convenía’. Yo le contesté publicando la carta donde me pedía que fotografiara su película.”
Homenajeado en San Francisco, Los Angeles, San Diego, Colorado, Minnesota y Canadá, Figueroa suele responder cada vez que le hacen una pregunta referente al macartismo: “es un gran honor para mí estar en las listas negras de Estados Unidos”. Sin embargo, reconoce: “esa es la circunstancia por la que no me dejaron trabajar allá”.
Incluso, señala, “cuando terminé El fugitivo, John Ford me ofreció un contrato por tres años y lo firmamos, pero cuando me llamó para la primera película no dieron el permiso: era el macartismo, que en ese momento estaba muy fuerte”.

ANTE UN CONSUL

“Cuando mi mujer montó su primera exposición de pintura, en Washington, en la OEA, yo tenía que ir. Fui a la embajada de Estados Unidos a pedir una visa. Siéntese ahí, me dijeron. Había cientos de gentes. De repente me llamaron por las bocinas. Yo soy, me presenté, ¿de qué se trata? `el señor cónsul quiere hablar con usted, pero le ruega que venga a las seis de la tarde, cuando no tiene gente, y lo va a recibir inmediatamente’. A las seis llegué. Ahí estaba el cónsul con un expediente mío de este tamaño. Yo no entiendo por qué es esto, le dije. Sin verme, me respondió: `antenoche vimos en la televisión una película que se llama La perla, ¿usted la hizo, verdad? Usted es un gran artista’. Gracias, le respondí. Siguió viendo los papeles y yo le echaba un ojo para ver lo que él veía. `Déjeme hablar con el embajador, ahorita vengo’. Se llevó mi pasaporte. Regresó y me preguntó si traía una fotografía más. `Le vamos a dar la visa múltiple’. Le di la foto y me dieron la visa que, hasta la fecha, es buena. Eso debe haber sido a fines de los años sesenta.”
–¿Y usted quería ir a trabajar a Hollywood?
–No. Ellos me mandaban llamar. John Huston iba a filmar El honor de los Prizzi después de Bajo el volcán, y me mandó llamar para que fuera a Nueva York a fotografiarla. Claro que sí, encantado, le dije, porque sabía que siempre hacía, o trataba de hacer, buenas películas. “¿Puedes trabajar en Estados Unidos?”, me preguntó su agente. No sé, averígualo tú que estás allá. A los tres días me llamó para decirme: “no hay permiso para que tú trabajes aquí”. Eso fue hace ocho años y yo seguía en la Lista Negra de los macartistas.
–Está vigente todavía la Lista Negra…
–Todavía está viva.
“Además, la visa que me dieron tiene una señal, tiene una numeración hasta arriba, algo así como X326 y, entre paréntesis, una letra, que en mi caso es la D, y luego otro número, pero lo importante es lo de enmedio, y no lo sabían ni los mismos empleados de migración en Estados Unidos. Yo creo que la D es de los menos peligrosos, pero siempre me decían siéntese ahí. Me sentaba yo y ya que pasaba todo el pasaje me decían que me iban a dar la visa para que pasara. Así me lo hacían siempre.
“Un día me dio mucha risa porque, antes de tener la visa múltiple, saqué dos visas porque iba yo a Francia, a Cannes; una era de ida y otra de vuelta, para pasar por Estados Unidos, entonces en un número dos la visa tenía un rasguito para arriba. De regreso, venía con Ignacio López Tarso y el doctor Morones Prieto, que venía de la URSS. Ellos entraron y me esperaron. Váyanse, les decía yo, porque esto va para largo. El empleado agarró la tarjeta, fue y preguntó. Nadie sabía qué quería decir el rasguito, y como yo estaba en tránsito no me podían hacer nada. Entonces me preguntó si yo había hecho el rasguito. Sin ver el pasaporte, me le quedé mirando y le dije: usted cree que soy tan estúpido como para arreglar un pasaporte. Entonces me aventó el pasaporte y me dijo: `¡pásele!’ Pero luego me detuvo y me dio una tarjeta roja grande y me dice: `tiene usted que ir con la tarjeta roja en alto todo el tiempo’. Yo me iba abanicando con ella.”
En otra ocasión, recuerda, “cuando iba yo a Arizona a dar una conferencia, me pasaron a la oficina del aeropuerto en Los Angeles. El empleado me hizo un gesto de que no hablara. `Le voy a quitar la tarjeta múltiple’, me dijo. Está difícil el asunto, pensé, pero en ese momento, afortunadamente, la suerte me volvió: entró un chicano que era de los guardias también y se sentó. Entonces, ya con ese testigo, le pregunté si podía hablar con su jefe un minuto. `No, con mi jefe hablo yo’, me contestó. Tomó el teléfono y le dijo a su jefe: `le estoy quitando la tarjeta a un mexicano, Gabriel Figueroa’. `Dígame qué números están arriba de la tarjeta’, le preguntó su jefe. Le dio los números y le dijo su jefe: `fíjese usted siempre primero en esos números, deje pasar al señor’. Sin embargo, nunca han sabido, ninguno de ellos, qué quiere decir la clave de los números y la letra.
“Pero el primer lío que tuve fue aquí, en México, cuando iban a filmar el Zapata”, señala Figueroa: “me invitaron a Hollywood a la lectura del guión. Fui a sacar la visa y me dijeron que tenía que ver al cónsul. Subí a verlo y me dice: `¿está usted dispuesto a contestar unas preguntas?’ Depende de las preguntas, respondí. `¿A qué fue a Estados Unidos hace cuatro meses?’ Fui a recibir el Globo de Oro que gané con La perla. `¿A qué va ahora?’, me preguntó. Le mostré la invitación. Me la regresó y me preguntó nuevamente: `¿A qué partido pertenece usted?’ No me dio la gana decir que a ninguno. Sólo le dije: `eso le importa a usted un demonio, porque si eso me lo pregunta el señor embajador es otra cosa, pero usted no tiene derecho a hacer preguntas de la vida íntima de una gente, usted es un agregado comercial de Estados Unidos prácticamente’. Sacó un ejemplar de la Constitución estadunidense, puso la mano sobre ella y me dijo: `yo tengo el privilegio de hacer preguntas a las personas especiales’. ¿Yo soy una persona especial? `Sí’. Entonces espéreme un momentito; mire, vamos a hacer esto: quítele la estampilla, me regresa usted mis diez dólares que pagué allá abajo y no voy a Estados Unidos. Tan sencillo como eso. Unos días después fue un amigo mío y le dijeron que había nuevas reglas, que tenía que dar diez nombres de sus mejores amigos. `Voy a darlos’, les dijo: `el mejor amigo mío es Gabriel Figueroa, a quien ustedes le negaron la visa’. `No’, le dijeron: `el señor no la quiso tomar por un principio de dignidad que nosotros reconocemos.
“Yo no volví a Hollywood; me tardé como 12 años en regresar.”