El expresidente Carlos Salinas informa a los medios de comunicación su decisión de realizar “un ayuno total” que sólo puede interrumpirse si el gobierno accede a dos peticiones: aclarar que el exmandatario no obstaculizó las investigaciones en el asesinato de Luis Donaldo Colosio y que fue la administración encabezada por el doctor Zedillo la responsable del “error de diciembre”, consistente en una devaluación como detonante de la crisis que hoy sacude y agobia el país.
Sobre la noticia salpicada de color y de anécdota, destacan pintorescas contradicciones. En el tiempo fugaz del sacrificio y de la ofrenda –”mi vida por mi honor”–, Salinas realiza dos viajes Monterrey-México –ida y vuelta–, durante las cuarenta y cuatro horas que duró el ayuno, en un jet cuyas características lo identifican entre lo más lujoso, moderno y costoso en materia de aviación privada; y, en contraste, los traslados del aeropuerto se realizan en un coche de viejo modelo y de escaso mantenimiento. Además, la descripción de la casa para la realización de la ofrenda da cuenta y razón, miniaturista y abundante, de pobreza, pisos de tierra, recámara de tres por tres, muebles modestos, espacios reducidos. Hay otros datos conmovedores: una bandera mexicana, pequeña multitud que entona el Himno nacional y que el expresidente escucha en posición de firme como en los mejores tiempos del poder y de la gloria, los ojos a punto de inundarse de lágrimas, la música grupera que entra en grito de júbilo y éxtasis al entonarse las coplas de El rey: “no tengo trono ni reina, ni nadie que me comprenda, pero sigo siendo El Rey…”.
Queda así la evidencia de que, en materia de huelgas de hambre, en este México fragmentado y contradictorio, hay mexicanos de segunda cuyo sacrificio transcurre entre la indiferencia, la mugre, el abandono, la burla, la amenaza, y mexicanos de primera que se declaran en ayuno total entre lujos estridentes de jet privado, de coplas imperiales, de lágrimas conmovedoras y de estrofas épicas de Himno nacional.
En análisis más hondo, más maduro, el ayuno total del expresidente deja certidumbre de impaciencia y de hipnosis frente al nicho de la historia. Su exigencia de que se reconozca “el error de diciembre” no disimula el propósito de que se acepte como realidad deslumbrante e indiscutible el paraíso que describió con insistencia y profetismo como rica herencia de felicidad construida en sus seis años de gobierno. Y la historia no es así; sólo el tiempo decanta, como el grano de mostaza para recoger en sus ramas los trinos de las aves del cielo, o como el trigo que tiene hora para separar en la cosecha la paja del grano, o la vida del hombre que tiene sus días, su ritmo, su desafío no siempre realizado para crecer en edad, poder y sabiduría.
El sexenio salinista, como cualquier otro sexenio, no es tarea terminal ni cosa juzgada. En el mejor de los casos, en excesos de indulgencias, en benevolencia de juicio, pudiera afirmarse que hay indicios serios de fragilidad en la obra sexenal porque no resistió al huracán o la brisa –cristal de Campoamor– de un error de diciembre. A tres meses de distancia, la polémica desatada no está resuelta; voces autorizadas del gobierno de Estados Unidos afirman que el presidente Salinas y su equipo recibieron serias y apremiantes advertencias sobre la conveniencia de una devaluación oportuna en el tiempo e inteligente en su monto, y aseguran que no fueron escuchadas. Añaden que advirtieron durante 1994 los riesgos de un déficit creciente en la cuenta corriente soportando una inversión extranjera y golondrina.
Tal vez el expresidente Salinas y su equipo tengan argumentos serios y consistentes para explicar y justificar el rechazo a esas advertencias. La polémica está abierta, y será válida y fértil en la medida que contribuya a identificar errores, evitar reincidencias y ensanchar caminos rectificadores. En política y poder nadie es monedita de oro o depositario de la verdad. La inteligencia y la tolerancia, al nutrir el debate evitan que la riña rencorosa, la feria de las vanidades, el dogma intransigente o la soberbia personal desaten la cacería de brujas o la búsqueda estéril de culpas y culpables. Estas reflexiones sobre hipnosis e impaciencias para tempraneros encuentros con los nichos de la historia dejan certidumbres sobre una lamentable confusión entre canjes épicos de vida por honor y prudentes esperas sobre el tiempo que, en su lento transcurrir, decanta bienes y males y deja en sedimento los saldos justicieros.
En los resultados, al expresidente no le fue mal. Durante las cuarenta y cuatro horas de ayuno tuvo dos entrevistas cuyo interlocutor queda insinuado en su conversación con Ramón Alberto Garza, de los diarios El Norte y Reforma: “Carlos Salinas se mostraba satisfecho de los resultados de las conversaciones en la ciudad de México. –¿Vio usted al presidente Zedillo, se entrevistó con Luis Téllez? –le preguntamos, y la respuesta no se hizo esperar: –¿Tú crees que yo iba a volar a México sólo para entrevistarme con Luis Téllez? –Sin decirlo, la respuesta estaba dada”, concluye el cronista. En consecuencia, la Procuraduría General de la República expide un boletín en que reafirma la neutralidad del presidente en las investigaciones del asesinato de Luis Donaldo Colosio y su interés invariable en lograr el esclarecimiento de los hechos. Sobre el error de diciembre, segunda parte de su reclamo para suspender el ayuno, se quedó con una respuesta elusiva que en el feliz desenlace la consideró satisfactoria. Y el ayuno terminó como en los cuentos de hadas: “y todos fueron muy felices…” O como lo afirma en el remate de su crónica Ramón Alberto Garza: “abandonaba a sus paisanos para volver a la ciudad de México, en donde esperaba ver cumplidos los acuerdos de su pacto con Ernesto Zedillo, un pacto que llevaba estampada la firma de cuarenta y cuatro horas de hambre”.
Este ayuno, tan saturado de noticia, de datos contrastados –jet de superlujo, coches viejos, recámara de tres por tres–, coplas aduladoras –”pero sigo siendo El Rey”–, Himno nacional, lágrimas cristalizadas en los ojos, trae a presencia y a remate otros ayunos permanentes, de millones de mexicanos acosados por el hambre cotidiana, voces silenciadas o silenciosas, sin biografía y sin noticia, sin esplendores y sin candilejas, que esperan sin esperanza la respuesta a su modesta y humilde exigencia centenaria: el pan nuestro de cada día.








