Juan Molinar Horcasitas, de cuya honestidad y de cuyo talento no tengo la menor duda, hizo alguna vez el favor de explicarme algunas de las notas de los regímenes presidencialistas. Por principio de cuentas, me aclaró que el presidencialismo no es un fenómeno exclusivo de México, ya que las Constituciones respectivas de Estados Unidos y de la República Francesa dan a uno y otro país sistemas políticos que, por los poderes que otorgan a los titulares del Ejecutivo, los hacen caer bajo la clasificación de presidencialismo. Nuestro país, constitucionalmente, es analogable con aquéllos. No somos, pues, únicos ni excepcionales desde la perspectiva constitucional. Nuestra atipicidad procede, por tanto, de otros venenos.
En efecto, añadía Molinar Horcasitas, la especificidad de nuestro presidencialismo no sólo viene de lo que ha tenido y tiene de excesivo el ejercicio del Poder Ejecutivo mexicano en relación con el espíritu y la letra de la Constitución. Hay otros elementos más allá de lo que ha sido llamado “facultades metaconstitucionalistas” del presidente de México. Estas tienen que ver con el modo en que actúan los legisladores del partido del que procede el titular del Ejecutivo.
Para que el presidencialismo funcione se requiere, por tanto, que ese partido cuente con mayoría en las dos cámaras del Congreso, que los legisladores voten disciplinadamente en ambas y que reconozcan como líder partidista al presidente. Sin estas condiciones, incluso en el caso de un régimen presidencialista constitucional, el titular del Poder Ejecutivo se vería limitado, acotado, y su ejercicio del poder no podría ser ni omnímodo ni excesivo.
En Estados Unidos, por ejemplo, el presidente no es líder de su partido ni cuenta con mayoría en el Congreso ni, si la tuviera, tendría garantizado el voto de representantes y senadores de su mismo partido. Esto ha quedado en notable evidencia en fechas recientes, tanto en los casos del fast track –en tiempos de George Bush– como en los de la Ley de Salud, el Tratado de Libre Comercio y el paquete de ayuda económico-financiera a México. El titular del Ejecutivo tiene que batallar, dialogar, acordar no sólo con legisladores de oposición sino con la oposición de sus legisladores compañeros de partido. Y en cada una de las Cámaras, cada vez.
Evidentemente, esto hace que las cosas públicas caminen lentamente. Pero también que no pueda haber una hegemonía política abrumadora y asfixiante. En México, esta experiencia la viven los gobernadores del PAN, independientemente de que los congresos estatales sean o no de mayoría panista. Cuando lo son, esto se debe a que los diputados locales panistas no abdican al poder que ejercen, legítimamente, en nombre del pueblo que los eligió.
En el ámbito federal, urge que los legisladores asuman su responsabilidad en ambas cámaras. El voto diferenciado de los diputados y senadores panistas muestra que unos y otros pueden y saben sostener criterios distintos, tal como suele suceder en otros países. Además, prefigura que, en el caso de que haya –y estimo que lo habrá– un presidente de la República de Acción Nacional, no habrá presidencialismo como el que hemos padecido y sufrido en México. Ese voto, lejos de expresar una división como la que se ha querido sugerir, es el voto que anticipa lo que vendrá. Si el PRI hubiese sido capaz de comprenderlo antes, probablemente no habríamos llegado a donde estamos y el camino hacia la democracia se habría visto liberado de muchos y muy lamentables obstáculos.
Diputados y senadores, además, señalaron que el problema central iba a ser, no el del llamado “paquete”, acerca del cual y por razones atendibles difirieron, sino el del programa económico, respecto del que han manifestado unánimemente su rechazo, aduciendo conjuntamente que no es aceptable que el gobierno vuelva a hacer pagar al pueblo los errores que no son de éste.
Un partido que vive así la democracia interna, que es capaz de mostrar claramente su respeto por la función constitucional de cada una de las cámaras, que hace ver en los hechos de hoy que no quiere el presidencialismo de ayer ni el de mañana, es sin duda una garantía para los mexicanos: es parte del futuro que nace, no del pasado que muere.








