Puntilla

Trémulo crónico, con sencillez vecina a la astenia, el secretario de Hacienda comunicó el esperado y lamentable nuevo programa económico del párvulo gobierno zedillista. Describió Guillermo Ortiz las condiciones apremiantes, lastimadas de la mayoría de los ciudadanos, sin compasiones ni retórica.
En efecto: “el obrero está legítimamente preocupado por conservar su empleo; el pequeño empresario, por las altas tasas de interés que lo ahogan; el ama de casa ve con angustia cómo el alza de los precios mina el nivel de vida de su familia”. Ciertamente, la mayoría de los mexicanos se sabe y se siente preocupada, ahogada y minada en su presente y en su destino. Y más cierto, recogiendo sus palabras, el panorama es sombrío.
La promesa o trampa política consiste en que los ciudadanos entiendan que se trata de medidas de emergencia. Si esto funcionase, alegan, el programa de 1995 tratará de estabilizar los mercados financieros –bancos y bolsas de valores en donde se practica la usura, se impone la ambición, son sedes y mecanismos de lucro, que no de servicio– para que el empresario, el mandarín de las sociedades actuales, vea adelante disminuir, poco a poco, las tasas de interés; el obrero vea oportunidades de trabajo y, después de padecer inflación, a mediano, no corto, plazo recuperar la estabilidad de precios para poder comer y vivir.
Encueramiento moral de los poderosos económicos y políticos, apareció el tartufismo, el cinismo, de quienes no quieren que se les pierda el sistema que les permite vivir con holgura y enriquecimiento ilimitado. Tiene mala gracia, así, el desplegado del millonario Agustín F. Legorreta, aparecido el viernes pasado. Termina diciendo: “qué duro es ver desvanecerse aquello por lo cual hemos luchado, quizá durante una vida entera… pero qué otra alternativa tenemos que no sea la de unirnos los mexicanos en este momento de crisis”.
El plañido del señor Legorreta no especifica qué ha perdido y se colige fácilmente que su comunicado no tiene más sentido que asentir con la decisión oficial, que no fue fruto de negociación. El Episcopado Mexicano, el Congreso del Trabajo, la oposición principal, el PAN y el PRD, recusan este plan, y se concibe como fruto tecnoburocrático, fruto del ocultamiento hasta a sus cómplices habituales ya atávicos; los “charros” sindicales hablaron de engaño. Desde hace sexenios no importan, no compiten, son subalternos, cómplices por omisión y por acción.
Según anticipó el embajador James Jones –ya es práctica que funcionarios y políticos norteamericanos anticipen lo que va a pasar en México–, las medidas iban a ser duras, dolorosas. No son duras. Son crueles. Alzas impagables con lo que se gana; 35% gasolina y diesel; 20% al gas doméstico y a la electricidad; propuesta de incremento de 50% en el IVA. Para mitigar la crueldad: 10% al salario mínimo; bonificación fiscal a los trabajadores más mal remunerados; libertad de negociación de los contratos colectivos de trabajo; convenios de productividad incorporados a los contratos colectivos de trabajo; programas de capacitación.
Un empresario de la Coparmex sentenció en entrevista televisada: “esto es la puntilla”. Ciertamente. Es sabido, por ejemplo en España y Rusia, que el neoliberalismo no resuelve conflictos; los difiere, los enmascara. Es suicida que Ernesto Zedillo ratifique la estrategia y negocios que heredó del salinato. La única salida y encuentro de los mexicanos es un gobierno y una política económica diferentes. Lo podría iniciar Zedillo, si supiese o quisiese negociar el poder y no condenarlo a su extinción en luchas abiertas que ya podrán expresarse casi inmediatamente.
El Tesoro norteamericano festejó la imposición del gobierno zedillista. No hay pacto. No hay confianza. No hay esperanzas. Se impone un plan sin consenso, sin negociación, sin alegría. Tampoco a María de los Angeles Moreno le gustan las medidas. Este es un gobierno federal sin posibilidades de maniobra, alegan los priístas. Acosados todos, algún día mediato habrá otro gobierno, planes y proyectos consensuales, populares, equitativos.