Cae el real frente al dólar y los brasileños empiezan a compartir la angustia estilo mexicano

RIO DE JANEIRO.- En tres días –entre el martes y el jueves de la semana pasada– el banco central de Brasil tuvo que vender alrededor de 3,200 millones de dólares para contener la caída del real frente al dólar estadunidense, al grado que el presidente Fernando Henrique Cardoso admitió que la economía nacional vivía días muy complicados.
Las confusas explicaciones del equipo económico respecto de la devaluación del real (de casi 3.8%), la explosión de la crisis argentina y los desencuentros en las noticias financieras se sumaron para transformar el día tradicionalmente dedicado aquí a los rumores –los jueves de cada semana– en una fecha especialmente dura.
Las bolsas de valores de Río y Sao Paulo tuvieron grandes pérdidas a lo largo de la semana pasada. En un solo día –el miércoles– las bajas fueron de 9.66% en Sao Paulo y 8.9% en Río. En lo que va de marzo las pérdidas acumuladas en la bolsa de Sao Paulo llegan a casi 28%.
Para terminar de colorear con tonos absolutamente sombríos el panorama brasileño, el banco central mismo admitió que la salida de divisas en 1995 supera la marca de 1,600 millones de dólares. En un solo día de marzo –el miércoles– se detectó una huida de 175 millones de dólares, y al día siguiente llegó a 800 millones, por lo cual el banco tuvo que intervenir –hasta las 18:05 horas del jueves– en 32 ocasiones en el mercado y con un monto de 2,600 millones de dólares, por lo que el presidente Cardoso tuvo que admitir que la economía brasileña “vive días muy complicados”.
Con base en las predicciones de la propia institución financiera, el cambio del real del jueves pasado fue un descalabro grave, ya que era el previsto para el 15 de abril. Y se contempla que a finales del mes el real perderá 8.2% de su valor, en lugar de 2% que pretendía el gobierno brasileño.
Asesores del ministro de Hacienda, Pedro Malan, afirman que la confusión está concentrada en el mercado interbancario. Dicen que el mercado de contratación de cambio, donde operan los grandes exportadores, no se avino a las novedades en la política cambiaria. Sin embargo, funcionarios del banco central admiten, aunque sin entrar en detalles, que la entidad está vendiendo grandes volúmenes de dólares para mantener las tasas cambiarias dentro de los límites determinados.
Cuando entró en vigor, en julio de 1994, la nueva moneda –el real–, se le fijó un valor levemente superior al dólar estadunidense –un dólar por 0.95 de real–. A lo largo de estos siete meses, la divisa estadunidense fue perdiendo valor, hasta negociarse, la semana pasada, a 0.82 de real.
Al adoptar lo que se definió como “un sistema de bandas”, que establece cotizaciones mínimas y máximas para la moneda brasileña, el gobierno eludió –o al menos intentó– al máximo utilizar la palabra “devaluación”. En un primer momento, la banca nacional y los representantes de instituciones financieras extranjeras elogiaron la medida, pero el lunes, día del anuncio, las bolsas cayeron en Río (2.1%) y Sao Paulo (4%).
Hubo un paquete con nuevas medidas, que incluyeron novedades en el área de las privatizaciones, el permiso para que bancos extranjeros participen en la compra de bancos oficiales de provincias y muchos recortes en los gastos federales. Todo eso, según los responsables del área económica, fue necesario para “corregir la ruta” y, en última instancia, salvar el plan económico que logró, al menos hasta ahora, estabilizar la economía brasileña.
Las perspectivas de un aumento en las tasas inflacionarias no asustaron al gobierno. En los últimos meses, la inflación brasileña se situó en niveles considerados aceptables (2.55% en octubre, 2.4% en noviembre, 0.6% en diciembre, 1.3% en enero, 1.1% en febrero), pero el ministro Malan recordó, el miércoles pasado: “nunca prometimos una inflación cero”, tras admitir que los índices de marzo pueden ser superiores a los de febrero.
Algunos analistas prevén que en marzo la inflación brasileña podrá superar la marca de 3%. El principal foco de preocupación, en todo caso, no es todavía la inflación en alza, como la crisis en otros países –marcadamente en México y Argentina– y sus repercusiones en Brasil. Entre el “efecto tequila” y el “efecto Gardel” están centradas las amenazas a la economía brasileña. Tanto así, que altos funcionarios gubernamentales admitieron claramente en los últimos días que mayo será el mes decisivo para Brasil –y no por lo que pudiera suceder aquí sino por las elecciones presidenciales en Argentina–. En caso de que la reelección de Carlos Menem se vea amenazada, los problemas cambiarios de aquel país seguramente se agravarán, repercutiendo en Brasil: la balanza comercial brasileña se verá inevitablemente afectada, ya que Argentina es el segundo mercado de Brasil.
Luego de haber intervenido en el mercado del dólar 32 veces en un solo día –el jueves pasado–, el banco central brasileño logró mantener la moneda estadunidense por debajo de 90 centavos de real. Las reservas, en todo caso, no fueron afectadas, según la explicación oficial, ya que los dólares vendidos quedan en el mercado interbancario local. “No hay ninguna explicación para ese caudal de dólares en el mercado de divisas. La única razón es una neurosis que no se justifica”, aseguró el ministro de Planificación, José Serra.
Desde la crisis mexicana, surgida en los últimos días de diciembre, altos funcionarios brasileños y el presidente mismo, Fernando Henrique Cardoso, insistieron hasta el cansancio en resaltar las diferencias entre las economías de ambos países. Fue la manera de aclarar que la crisis mexicana no tenía influencia directa en Brasil. Luego, a principios de febrero, el tono del discurso cambió: todos los países se verían, de una o de otra forma, afectados por la crisis de México, pero Brasil tenía, se dijo, todas las herramientas para garantizar su plan económico.
Hay datos que empiezan a preocupar a los analistas, al margen de los discursos oficiales. Uno de ellos está en la balanza comercial brasileña: desde enero, el país acumula pérdidas consecutivas. El superávit desapareció, pero Brasil sigue haciendo frente a los pesados servicios de su deuda externa.
La expectativa inmediata de buena parte de los analistas está más vinculada a otros países que a Brasil. Primero, dicen ellos, hay que ver qué pasará en Argentina. Si el gobierno de Menem logra administrar su propia crisis hasta mayo, gana las elecciones y luego promueve drásticas transformaciones en su economía, Brasil tendrá tiempo para adaptar su juego a las nuevas reglas. Hay que contener la huida de capitales extranjeros, intentar ganar la confianza de los pocos capitales que todavía se inclinan por la economía latinoamericana y administrar el Plan Real. Cualquier sacudida en Argentina, por mínima que sea; cualquier acceso de tos en la crítica economía mexicana; cualquier sospecha de fiebre en Chile; en fin, la ocurrencia de cualquiera de esas opciones afectaría la situación brasileña. Ya no se trataría de “remesas especulativas”‘ o “neurosis injustificadas” sino de algo bastante más grave.
Pocos días antes de anunciar la “flexibilización de la banda cambiaria”, neologismo brasileño para devaluación, el presidente Fernando Henrique Cardoso admitió que la participación de Brasil en un préstamo conjunto de 1,000 millones de dólares para México había “perdido su sentido”, toda vez que Estados Unidos había girado dólares “más que suficientes” al gobierno mexicano.