Entrampados en la ruptura sexenal, pierden brillo y poder. Entre el abuso, la incapacidad, la corrupción y la connivencia con el narcotráfico, se debate la camada de gobernadores salinistas

Ayer bajo el resplandor de las candilejas, habitantes ubicuos del primer círculo, consentidos en la punta de la pirámide, confundidos por el aroma del poder, la camada de gobernadores del sexenio pasado fue auspiciada y promovida, y sus cachorros lanzados a las sillas gubernamentales de sus respectivas entidades por su jefe político y amigo, el expresidente Carlos Salinas de Gortari.
Apoyados desde el centro, con derecho de picaporte en palacio, visitados una y otra vez por el jefe del Poder Ejecutivo federal para adornar y promover sus inauguraciones de obra pública, y con “metros de ventana” que les daban una ventaja estratégica en relación con sus colegas de otros estados, los gobernadores salinistas, ahora entrampados espectadores del pleito entre Ernesto Zedillo y Carlos Salinas, ven con angustia su futuro político.
Angustia no sólo por el cambio de posición de la rueda de la fortuna y porque el modelo económico y político del que eran estandartes ha empezado a hacer agua y a mostrar su verdadero rostro sino, fundamentalmente, porque en el traslado prepotente del estilo de gobernar han incurrido en yerros políticos, incapacidades, represiones, corrupción, favoritismo, dispendio, fraudes electorales y patrimoniales y, en algunos casos, connivencia abierta o enmascarada con los capos del narcotráfico.
Este panorama que Proceso ha captado, a través de sus corresponsales y enviados, en Aguascalientes, Coahuila, Nuevo León, Tamaulipas y Veracruz, es una muestra del abuso del poder, del avasallante peso del centralismo en que los gobiernos de las entidades que conforman el pacto federal son vistos como virtuales virreinatos y no, como la Constitución establece, como poderes soberanos.