El pacto del destierro se concretó el jueves en Los Pinos. Culmina el enfrentamiento con Zedillo: Carlos Salinas se va a un “exilio convenido”

A los cien días, el exilio convenido.
Carlos Salinas de Gortari radicará en un punto localizado “después” del río Bravo.
No podrá ejercer ninguna actividad pública.
De acuerdo con el “pacto del destierro”, que se concretó el jueves 9 a las 19 horas en Los Pinos, su futuro queda acotado a tareas académicas. En una reunión entre Ernesto Zedillo y Carlos Salinas, en la que ambos conversaron durante por lo menos media hora, se produjo el arreglo.
Un día antes, quien se entrevistó con Salinas de Gortari fue el veterano dirigente obrero Fidel Velázquez.
El líder cetemista pidió al exmandatario “acatar las reglas del sistema, dejar de hablar e intervenir en la política del país”.
Una semana antes, el viernes 3 de marzo, se dio la primera negociación, que culminó la tarde del sábado 4.
Carlos Salinas levantó un insólito ayuno de 44 horas luego de que se le dieron garantías de limpiar su nombre en relación con el asesinato de Luis Donaldo Colosio Murrieta y de que se haría público un informe “veraz” sobre el manejo financiero de 1994 y “los errores de diciembre”.
Los “operadores” del “exilio convenido” fueron Luis Téllez, jefe de la Oficina de la Presidencia de la República, y Arturo Warman, secretario de la Reforma Agraria.
Según la Presidencia de la República, el mandatario y el exmandatario no se veían desde el 1º de diciembre del año pasado.
Sin embargo, otras versiones aseguraron que al menos se han encontrado dos ocasiones. Una, la noche del 3 de marzo. La segunda, la noche del pasado jueves 9.
Con la salida del país del expresidente concluye el desmembramiento de la familia Salinas.
Primero, la aprehensión y el proceso penal contra su hermano Raúl Salinas de Gortari, presunto coautor intelectual del asesinato de José Francisco Ruiz Massieu.
Posteriormente, la renuncia de Sergio Salinas de Gortari al cargo de asesor en materia de desarrollo regional del gobierno de Morelos.
Todo, en cosa de diez días.
La información sobre el exilio negociado fue verificada por Proceso en tres diversas fuentes de alta jerarquía.

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Los cien días sin el poder.
En la asunción decembrina, Ernesto Zedillo, colgada la banda tricolor, acomodándose el poder, terso, dijo a su antecesor, el celebrado Carlos Salinas de Gortari:
“Tendrá siempre la gratitud y el aprecio del pueblo de México.”
La Cámara de Diputados, el escenario. Como auditorio, todo el país.
Zedillo parecía dialogar con Salinas.
“Sucedo a un presidente que gobernó con visión; que con inteligencia y patriotismo concibió grandes transformaciones y supo llevarlas a cabo con determinación. Expreso mi respeto y reconocimiento.”
En silencio, con los ojos chispeantes, la sonrisa de disfraz, el modernizador del país daba pasos sin retorno.
Al término de la ceremonia del cambio de poderes, ya en la calle, escrutados por el ojo público, Zedillo y Salinas de Gortari se despidieron con un abrazo.
El presidente enfiló hacia Palacio Nacional. El expresidente, a Coyoacán. El primero, al besamanos de cada seis años. El segundo, a la tumba de su madre. Luego, a ver a su antecesor, Miguel de la Madrid Hurtado, en encuentro privado que duró sólo minutos.
Zedillo, a empezar su labor nacional. Salinas, a la caza del escaparate internacional: la naciente Organización Mundial de Comercio (OMC).
Aparentemente, con todo a su favor, Carlos Salinas no avizoraba nubarrones. Menos tempestades.
Así lo expresó en una entrevista concedida al semanario Epoca antes del término constitucional de su mandato.
“A partir del 1º de diciembre tengo varias y diversas posibilidades. Una es la posibilidad de la OMC, que dependerá de los consensos que se construyan. Tengo invitaciones de varias de las universidades más prestigiadas del mundo para formar parte de su cuerpo de maestros e investigadores.
“Igualmente, tengo múltiples invitaciones para dar conferencias y participar en organismos de la sociedad civil a nivel internacional, de gran prestigio y seriedad. Aprecio mucho que se me hayan presentado estas opciones y estoy considerando diversas de ellas”, señaló en dicha entrevista.
De tal manera, mientras Zedillo iniciaba su gobierno, Salinas comenzaba oficialmente su campaña por la presidencia de la OMC, con el apoyo político del gobierno de Estados Unidos, que lo identificaba, de acuerdo con una expresión del mandatario William Clinton, como “el candidato del Sur”.
La internacionalización de Salinas iba viento en popa.
El 7 de diciembre, en Washington, el expresidente recibió el premio “Francis Boyer”, del American Enterprise Institute, y ante empresarios estadunidenses habló de los éxitos económicos de México durante su gobierno.
De acuerdo con registros periodísticos, Salinas estuvo en Nueva Delhi, India, el 9 de diciembre; en Johanesburgo, Sudáfrica, el 12; en Rabat, Marruecos, el 19.
Ese día, el futuro lo alcanzó. El gobierno de Zedillo anunció en la ciudad de México una devaluación de 15%.
Y ante el inmediato desquiciamiento de los mercados financieros, el encono social y la incertidumbre, la medianoche del 21 de diciembre informó que el nuevo tipo de cambio lo determinaría libremente el juego de la oferta y la demanda de divisas.
El peso se devaluaba casi en 80%. Y el milagro económico del salinismo, la entrada en el Primer Mundo, se esfumó.
Empezó un deslinde prudente entre Zedillo y Salinas.
El 29 de diciembre, finalmente, el presidente atacó, aunque sin dar nombres, el gobierno de su antecesor.
Salinas de Gortari le había dejado una economía “muy vulnerable” y “el tamaño del déficit de la cuenta corriente y la volatilidad de los flujos de capital con que se financió hicieron muy vulnerable nuestra economía”, criticó.
Zedillo remarcó: “es preciso reconocer que hubo una subestimación del problema, y esta subestimación fue sumamente grave”.
El exmandatario, por su parte, inició el año como si nada ocurriera en su país. Sin rubor político, señalada su responsabilidad en el desastre financiero, viajó a Brasil, El Cairo, Tel Aviv, los Emiratos Arabes Unidos y a Qatar, luego a Atenas, para una escala técnica, pero ya no llegó a Japón, donde se le esperaba, para iniciar una gira por los países asiáticos.
Salinas se desplazaba en un jet privado de la línea aérea comercial TAESA, un DA-50, matrícula XAAAS 50. Eran los diez primeros días de enero.
Versiones periodísticas afirmaban que el gobierno de México aportaba los recursos económicos y humanos; los gastos de avión, hospedaje y alimentos de la campaña salinista a la presidencia de la OMC.
La Secretaría de Relaciones Exteriores, en medio de la irritación ciudadana, no desmentía la información.
Paralelamente, en la Cámara de Diputados, el Partido de la Revolución Democrática presentaba en tribuna una solicitud de juicio político en su contra y días después, la demanda penal respectiva.
El enjuiciamiento opositor incluyó también a los exsecretarios de Hacienda y Comercio del sexenio pasado, Pedro Aspe Armella y Jaime Serra Puche, respectivamente; al gobernador del Banco de México, Miguel Mancera Aguayo; a su jefe de asesores, José Córdoba Montoya, y al exsecretario del Trabajo, Manuel Gómezperalta.
De acuerdo con fuentes diplomáticas y despachos de agencias internacionales, el 10 y 11 de enero, Salinas se refugió en Nueva York y Washington, y el jueves 12 ya estaba en la ciudad de México.
Por primera vez, informaciones periodísticas producidas en el exterior, atentas a la gira salinista, hablaban del desvanecimiento de sus posibilidades y daban como inminente la caída de su candidatura.
Al día siguiente, a las 7:45 horas, sin conocerse su destino, en un Corvette color verde, el expresidente salió de su domicilio particular, situado en Camino Santa Teresa, por los rumbos de Tlalpan.
Su regreso tenía una razón que hizo pública: conseguirse un defensor: Juan Velázquez, el polifacético abogado, especializado en atender requerimientos de políticos en desgracia.
En las calles se esparcían la frustración y la ira de los ciudadanos. Empresarios, clero, priístas, panistas, perredistas, trabajadores, amas de casa, sin distingo de clase social, exigían explicaciones sobre la crisis económica.
Camino al Zócalo, se popularizó la consigna: “Goya, goya, Salinas a Almoloya”.
Con el correr de los días, paralela a la profundización de la crisis sin precedente, a la paz prendida por alfileres en Chiapas, la candidatura de Salinas abordó el tobogán.
El 28 de febrero, los mitos, las reglas no escritas de la política mexicana quedaron hechos trizas. Se habló y escribió de la ruptura, que en algunos casos se calificó de histórica.
Zedillo anunció la detención del hermano del expresidente, Raúl Salinas de Gortari, como presunto coautor intelectual del asesinato de José Francisco Ruiz Massieu.
Y Salinas, quien en las turbulencias del derrumbe financiero se negó a dar la cara y rechazó entrevistas, de pronto se dejó escuchar en la televisión.
Llamó al noticiario 24 horas de la tarde. Tronó contra el gobierno de Zedillo. Salinas justificó su posición diciendo que se trataba de una lucha por su dignidad y su honor.
Reclamó se reconocieran “los errores de diciembre” como los causantes de la crisis y que la Procuraduría General de la República (PGR) aclarara “sin ambigüedades” que no había habido encubrimiento de su gobierno en las investigaciones del asesinato de Luis Donaldo Colosio Murrieta.
En el contraste de su postura, reafirmó su “respeto y lealtad al presidente de la República; como ciudadano voté para elegirlo y él nos representa”, dijo en una suerte de guiño.
No hubo reposo político en el país.
Salinas hizo, por dos días, su tribuna de los medios electrónicos. Por la noche de ese 28 de febrero llamó al noticiario Hechos. Repitió lo expresado en la tarde, con un agregado: Pública la detención de Raúl Salinas afirmó: “tengo plena confianza en la inocencia de mi hermano”.
En la mañana se oyó su voz por Radio Red y Al despertar. Poco después, Sergio Salinas de Gortari presentó su renuncia como asesor del gobernador de Morelos, Jorge Carrillo Olea.
Y el miércoles 1º de marzo, por la noche, Carlos Salinas anunció el retiro de su candidatura a la presidencia de la OMC.
El 2, de nuevo a través del noticiario Hechos, el exmandatario anunció, en aras de su honor personal, el inicio de un ayuno permanente hasta que el gobierno de Zedillo asumiera públicamente los errores de diciembre y lo eximiera de encubrimiento en el crimen de Colosio Murrieta.
En la mañana del viernes difundió sus planes. Dio forma al chantaje. Viajó a Monterrey y desde el patio de una casa de una dirigente de comités de Solidaridad, informó que se daba la oportunidad de negociar y que suspendía su huelga de hambre hasta nuevo aviso.
Aprovechó para denunciar “una campaña de hostigamiento y falsedades”. Resentía “traiciones, deslealtades y cobardía”.
Lejos del poder constitucional, insólito en un expresidente, habló hasta de denuncias en la Comisión Nacional de Derechos Humanos.
Advirtió: “con calumnias no se me hará vivir de rodillas; con la verdad, el honor y la dignidad prefiero morir de pie”.
Minutos después de su primera aparición física en un lugar público, desde que dejara el poder, Salinas de Gortari inició las negociaciones con el gobierno federal.
Se trasladó a la ciudad de México. Continuó los contactos ya iniciados telefónicamente con el secretario de Gobernación, Esteban Moctezuma Barragán, y el presidente Ernesto Zedillo.
En dichas conversaciones intervinieron también el exsecretario de Hacienda Pedro Aspe Armella y el exmandatario Miguel de la Madrid Hurtado.
De madrugada, regresó Salinas a la casa de Monterrey. Dijo que había “signos alentadores”. Comentó que conversó con Ernesto Zedillo, pero también que proseguía su huelga de hambre.
Al día siguiente, sábado 4, a las 16:45 horas, Salinas informó del término de su ayuno. Arturo Warman, secretario de la Reforma Agraria, estaba en Monterrey. Fue uno de los baluartes en la negociación.
Logró Salinas que la PGR lo eximiera de cualquier encubrimiento en el asesinato de Luis Donaldo Colosio y le habrían garantizado que en los días siguientes se aclararía que él no era responsable de la crisis financiera.
Cinco días después, en Los Pinos, como complemento de las negociaciones, se acordaba el “exilio convenido”.
La mañana del viernes 10, la familia Salinas de Gortari ordenó la inserción pagada de un desplegado periodístico, con un alegato jurídico en defensa de Raúl Salinas de Gortari, mismo que, por lo menos en algunos medios, fue retirado en las primeras horas de la tarde de ese día.
De Los Pinos trascendió que en cualquier momento del sábado 11 o domingo 12 de marzo, Salinas de Gortari mismo haría pública la decisión de abandonar el país.