Hay esperanza

Señor director:

Es oportuno decirlo: los mexicanos tenemos motivos para tener esperanza.
A partir de la aceptación de las ya inevitables y trágicas consecuencias del gobierno anterior, entreguista y corrupto, el futuro promete nuevas y mejores condiciones una vez librada la actual coyuntura.
La crisis mexicana es un reflejo. Denuncia mundialmente la crisis de la imposición hegemónica del modelo económico que persigue el sometimiento de los pobres, en las relaciones entre los países y en su interior, aumentando las diferencias en la estratificación económica y social. El neoliberalismo, la globalización de los mercados sin respetar las diferencias y el libertinaje especulativo en los flujos financieros, son armas desestabilizadoras que, al haberse extremado, produjeron un enorme perjuicio que amenazó con contaminar otras economías similares, lo que eventualmente pudo desencadenar el caos económico mundial. El éxito en los propósitos de explotación, paradójicamente anuncian el conveniente advenimiento, hasta para sus intereses, de un mundo más justo y de mayor equidad.
La absurda aceptación de la legitimidad de la fuga indiscriminada de capital se evidencia ahora como una forma “legal” de terrorismo. En nuestro caso actual parece tener el propósito de consumar un golpe de Estado, cuyos promotores usan información privilegiada y disfraz, pero no máscara. Son los beneficiarios del sistema, con sus antiguos y recientes socios (¿hasta narcotraficantes?), que no están dispuestos a renunciar a los privilegios y a la impunidad que se obsequia y les comparte el partido de Estado. Es, por tanto, consecuencia de la inminente vigencia del Estado de derecho, del régimen de partidos y la consolidación de la democracia.
Está visto que la estabilidad nacional nunca dependió de la guerrilla sino del terrorismo económico, internacional y nacional, que sigue en lo suyo a pesar de estar recuperadas las poblaciones y Marcos estrechamente cercado. La invasión militar que desconoció los compromisos de Querétaro y pronosticaba una masacre indígena que afortunadamente no se produjo, estaría en deuda con Marcos si, como parece, cometió voluntariamente el error de guerra que la evitó, recuperando con ello la legitimidad de su lucha. La motivación causal sigue siendo la misma: la dignidad. Las últimas iniciativas presidenciales apuntan este reconocimiento. La dignidad conlleva la justicia, y la justicia conlleva la paz.
La desconcertante magnitud de los atentados en contra de México y del presidente demuestran que el doctor Zedillo no está confabulado con los agresores. México no podría recibir una noticia mejor.
Los mexicanos no debemos perder de vista que Ernesto Zedillo es el único presidente que ha llegado sin haber cubierto las cuotas que imponen las sucias reglas del juego político. Su legitimidad y persona justamente merecen y reclaman que se les conceda apoyo y la oportunidad de mandar obedeciendo. Lo que está de por medio es México.

Atentamente
Jorge Tajonar Loyola
Cuernavaca, Morelos.