Sangre de un seductor

La sangre de Romeo (Romeo is bleeding, EUA, 1993) es la quinceava cinta del realizador polaco Peter Medak y fue exhibida en México en una Muestra de cine pasada, mientras que hoy se estrena para todo público en las salas comerciales más extrañas, incluyendo al aristocrático y venido a menos cine Metropólitan, un teatro grande, sorprendentemente limpio y bien cuidado. En su presentación comercial la película está bastante cortada y mal traducida, lo que al principio la hace un poco confusa.
Pero las imágenes iniciales son oníricas, poéticas y elocuentes. Superficialmente, podría decirse que se trata de un thriller disparejo y a ratos inverosímil, pero partiendo de que estamos –como Medak establece desde la primera escena– en el ámbito de lo fantasmal, lo que parece caricatura se vuelve una alucinación. En este sentido, la actuación de la terrible lagartona soviética Mona Demarcok (Lena Olin), es estridente, sobreactuada, pero produce la repulsión esperada.
Y es que, más adentro, La sangre de Romeo es la historia de un hombre enfrentado a lo que los griegos llamaban su ánima. El fantasma de la mujer que se le aparece en tres féminas distintas que en el fondo son la misma y única cosa, un fantasma: su cálida mujer (la excelente Anabella Sciorra), su tierna y sexy novia (Juliette Lewis) y su peligrosa y atractivísima prisionera.
La vida de este policía chivato tiene un único fin: ir ahorrando bajo una losa del jardín los 65,000 dólares que le pagan por cada delación. El hecho tiene una doble lectura, el hoyo, el agujero, de nuevo el fantasma femenino que lo arrastra en sus propias palabras: “vivir para alimentar el agujero”, insaciable hueco, metáfora de la vagina y del sepulcro, que en este caso llevan al mismo destino, juego de sexo y muerte representado por un agujero lleno del dinero que lo condena a muerte.
La sangre de Romeo puede satisfacer a los que gustan de los thrillers fáciles, pero puede producir en otros una repulsiva fascinación por la grotesca relación del héroe mediocre y sus fantasmas femeninos. En el infierno del mundo policiaco no existe el bien y el mal, como bien le dice a este “Romeo” de fin de siglo el capo (Roy Schider) que lo agarra de los huevos, cuando le cuenta la historia de dos hombres en prisión, uno de ellos pacifista: “¿por qué estás aquí?” “Porque maté a un hombre”, dice el segundo. “¿Y tú?” “Porque no maté a un hombre”.
Escrita por Hilary Henkin, La sangre de Romeo navega entre la acción y la locura gracias a la mano negra del realizador húngaro, y a su final aterrador de un fantasma en el desierto-purgatorio esperando –como en una ruleta rusa– el 1 de mayo con su primavera, o el infierno escorpiónico del 1 de diciembre. Esperando, con la paciencia que el Romeo shakesperiano no tuvo, a otra no menos espectral Julieta.