Calígula, probablemente

Señores, ya saben que la finanzas del Estado no se tenían de pie, más que por la costumbre de hacerlo. Desde ayer, ni la costumbre basta ya para sustentarlas. Me veo pues en la dolorosa necesidad de proceder a reducciones de personal…
Tan culpables son unos como otros. Tengan en cuenta que no es más inmoral robar directamente a los ciudadanos que infiltrar impuestos indirectos en el precio de las cosas que les son imprescindibles. Como todo el mundo sabe, gobernar es robar…
Pero lo esencial es que coincidan con nosotros en considerar que las bases de nuestra sociedad están en peligro. Para nosotros, ¿verdad?, la cuestión es ante todo moral. La familia tiembla, el respeto al trabajo se pierde, la patria entera está entregada a la blasfemia. La virtud nos pide auxilio…
¿Acaso sabes tú lo que es la soledad? La de los poetas y la de los impotentes. Ah, tú no sabes que nunca se está solo y que a todas partes nos acompaña la misma y penosa carga del porvenir y del pasado. Los seres que hemos matado están con nosotros…
Vivo, mato, ejerzo el poder delirante del destructor, comparado con el cual, el del creador parece una parodia. Esa insoportable liberación, este universal desprecio, la sangre, el odio a mi alrededor, este aislamiento sin igual del hombre que tiene toda su vida bajo su mirada, la alegría del asesino impune, esa lógica implacable que tritura vidas humanas…
La estupidez no mata. Es asesina cuando se considera ofendida. No me asesinarán aquellos cuyos padres e hijos he matado. Estoy indefenso contra la vanidad de los otros, aquellos de quienes me he burlado a quienes he puesto en ridículo. Seamos justos, no sólo está en contra de mí la estupidez, también lo están la lealtad y el valor de los que quieren ser felices…
Los anteriores son fragmentos tomados al azar de la obra Calígula, de Albert Camus, que parecieran referirse al México de estos días. El poder es el mismo aquí, en Francia o en Roma. Privilegio del teatro, reflexionar sobre la condición humana, con vigencia universal.
En el teatro Wilberto Cantón de la Sogem acaba de estrenarse Calígula, probablemente, de Ignacio Guzmán y Francisco Franco, dirigida por este último, con un interesante cuadro de actores, la experimentada e inteligente actriz Lilia Aragón, la grata revelación Julieta Venegas, la siempre simpática Pilar Boliver, la añorada Silvia Caos, y la bella y talentosa Gabriela Roel que vuelve al teatro, su lugar de origen, más madura, más actriz.
Pero, oh, sorpresa, la obra no tiene nada que ver con Calígula, sino con las dificultades de una directora de teatro que intenta montar el texto de Camus, pero enfrentada a su proceso de creación entra en conflicto con sus actores y estos la dejan sola el día del estreno.
Entre el texto de Camus y el juego teatral propuesto, otra vez teatro dentro del teatro, no hay un paralelismo, ni una parodia, como pudiera pensarse por el título, ni una reflexión contemporánea. Aquel Calígula de Camus, que nunca como ahora tiene tanta vigencia en este país, sólo es un pretexto, mero punto de partida como pudo serlo cualquier otro texto. No hay en el espectáculo del teatro Wilberto Cantón una reflexión sobre el poder, ni sobre la tiranía, ni sobre la soberbia política, ni sobre la locura que provoca el ejercicio del poder. Hay sólo un juego teatral, a veces ingenioso, a veces divertido, en el que los que más se divierten, parece ser, son los actores. Teatro transformador o sólo divertimento. Teatro puro o puro teatro.
Teatro para qué o para quién. Lo gozan seguramente los teatreros que se ven reflejados en algunas situaciones, pero ¿qué pasa con los demás espectadores? En todas las sociedades, pero sobre todo en épocas difíciles, ha habido un teatro que de algún modo propone una reflexión sobre la naturaleza humana o sobre las circunstancias sociales. Brecht en Alemania, Darío Fo en Italia, el teatro de la ira en Inglaterra, el teatro social en la depresión estadunidense, tan parecida a la de México, el teatro a través de la metáfora que se hizo en Argentina, durante la dictadura.
¿Por qué no se hace en México un teatro que a través de la farsa, de la comedia del absurdo, de la poesía, proponga una reflexión sobre la ruptura del sistema político, la rebelión de Chiapas, los asesinatos políticos, el cerco y los ataques fascistas al obispo de San Cristóbal, el asesinato de un cardenal con balas de narcotraficantes, la violencia citadina, la crisis económica, el desempleo, la crisis de la familia, el ecocidio, la incomunicación?
No es blasfemia, dice el Calígula de Camus, es arte dramático. El error de todos los hombres reside en no creer suficientemente en el teatro. Si no fuera por eso, sabría que a todo hombre le está permitido representar las tragedias celestiales y convertirse en Dios. Basta endurecerse el corazón…
Calígula probablemente puede ser teatro formalmente bien hecho, pero en su contenido está muy lejos de este país y de lo que está pasando en él.