Guido M. Gatti cita tres entre las influencias concurrentes a nutrir la música de Mario Castelnuovo-Tedesco (m. 1968): su condición florentina; en seguida, la obra de Shakespeare (1564-1616), para la que ha escrito numerosas ilustraciones musicales, entre ellas 33 canciones para canto y piano, así como 11 oberturas, 27 sonetos y dos óperas; por último: las raíces judaicas, mismas que dan origen –por ejemplo– a Las Danzas del Rey David para piano (1925), el Concierto Número 2 para violín (1932) “Los Profetas” o el Servicio Sacro para el Sabbath (1943), igual que varias cantatas y oratorios basados en temas bíblicos como Saúl (1960).
En 1939, cuando comenzó a manifestarse de manera abierta el antisemitismo en la Italia fascista, Castelnuovo emigró a Estados Unidos. Ahí –además de sus tareas en la música de concierto– escribió numerosas partituras cinematográficas. Entre ellas cabe poner de relieve, a manera de curiosidad deliciosa, una amplia secuencia coreográfica para el filme Down to Earth (1947), dirigido por Alexander Hall (1894-1968), donde danza Rita Hayworth (1918-1987) en medio de su codiciable esplendor característico.
A su vez, Roland von Webber señala la presencia de España como tendencia “atávica” (así, entre comillas) en la obra de Castelnuovo. De ahí nacen: Coplas (1915) o Romances viejos (1933 y 35). Por supuesto, se inscriben ahí también las numerosas, excelentes, obras para guitarra, fecundadas –como en el caso de Ponce (1882-1958)– por una intensa amistad con Andrés Segovia (1893-1987). Vale la pena mencionar algunas de ellas: Serenata con acompañamiento de orquesta (1943), Platero y yo con narrador (1960), 24 caprichos de Goya (1960), así como Sonata canónica (1961) y Las guitarras bien temperadas (1962) para dúo. Debido a su individualidad seductora, destacan los Conciertos (1939) y II (1953) para guitarra y orquesta, así como el Concierto para dos guitarras (1962).
El primero de ellos fue compuesto el mismo año que el Concierto de Aranjuez, de Joaquín Rodrigo (1902). Simultáneamente, las dos obras marcan el arranque de la gran boga de este tipo de partituras, que han enriquecido sensiblemente el repertorio en varios países, con los más diversos estilos y lenguajes, así como variadas orientaciones estéticas.
El Concierto I de Castelnuovo-Tedesco puede considerarse fácilmente su obra maestra así como, a la vez, se vuelve claro manifestante de las mejores virtudes de lenguaje y escritura en su autor, pues está impregnado de un carácter galante, caballeresco, mediante una elaboración del discurso en filigrana. Hay un trazo alegre en las sanas líneas neoclásicas (palabra clave para referirse a Castelnuovo) del primer movimiento: éste transcurre con gran fluidez, gracias a su agradable material temático que introduce eventuales giros hispánicos. Son notorias asimismo las placenteras proporciones simétricas, de gran frescura, con aire de espontaneidad a la vez que –paradójicamente– permiten percibir lo minucioso de su realización formal. Unión inmejorable de arquitectura (plateresca) y donaire improvisatorio.
En el segundo movimiento toma cuerpo una afectuosa meditación evocativa. El sabor peninsular se acentúa, de modo marcado, durante los episodios donde el solista actúa sin acompañamiento.
El tercero ostenta un franco carácter ibérico desde el inicio. Este –el episodio magistral de la partitura– alberga un arco impecable, donde bulle la materia sonora juguetona, airosa y llena de desparpajo. Aquí, como a lo largo de todo el concierto, se vuelve manifiesta una aguda, inteligente, explotación del virtuosismo.
En consecuencia, se recomienda la versión ejemplar realizada por dos artistas nacionales: Alfonso Moreno como solista y Enrique Bátiz dirigiendo la Orquesta Filarmónica de la Ciudad de México. Ambos llevan a cabo sus cometidos de manera óptima, más allá del elogio. (Dicha grabación está incluida en la magna antología de Enrique Bátiz como director: Volumen XXVI.)
Oportunidad magnífica ésta para poner de relieve la presencia de músicas llenas de encanto, que rebasan los –cada vez más– desgastados caballos de batalla del repertorio sinfónico, al recordar el Primer Centenario del nacimiento de un compositor tan atractivo como Mario Castelnuovo-Tedesco.








