Desfalleciente, el modelo de Estado revolucionario vuelve al principio: romper para avanzar.
Cuando Lázaro Cárdenas se deshizo de Plutarco Elías Calles, se convirtió en “el ejecutor fiel del proyecto político callista, el de la Revolución Institucionalizada”. Ahora, Ernesto Zedillo “tiene la oportunidad de llevar el país, por fin, a un régimen democrático”, luego de que Carlos Salinas, al atacarlo la semana pasada, “aceleró el desmantelamiento final del sistema político”.
Doctor en historia, especialista en el período revolucionario mexicano, Jean Meyer encuentra pocas similitudes entre ambas rupturas. Pese a ciertas coincidencias entre los dos procesos, el investigador prefiere aislar el pleito surgido entre Zedillo y Salinas antes que mezclarlo con el de Calles y Cárdenas porque “cuando escribimos la historia, siempre simplificamos, intentamos hacerla más razonable de lo que es”.
Ejemplifica con el último año en México:
“Estamos sumidos en la confusión absoluta, ni usted ni yo sabemos qué pasará mañana, esperamos cada día otra sorpresa y no entendemos el marco general. ¿Es una sucesión de crisis inconexas?, ¿es una crisis minúscula?, ¿es una crisis mexicana nada más, o será una crisis económica mundial que empieza? Entonces estaríamos en vísperas de otro 1929. No sabemos. Dentro de treinta años, el historiador dictaminará. Para él será muy fácil decir `no, en ese momento se estaba acabando el sistema político que ya había dado de sí. En ese momento el capitalismo estaba entrando en una crisis de envergadura mundial y México había tronado primero porque México era el eslabón más débil de la cadena’. Será muy fácil escribir eso dentro de treinta años. Hoy día no podemos hacerlo.”
Por eso, agrega, “cuando ahora escribimos sobre el maximato, imaginamos un Stalin o un Lenin que controla absolutamente todo. La realidad es que durante todos esos años, de 1928 a 1935, el poder de Calles ciertamente era un factor decisivo. Pero ese poder fue constantemente sometido a duras pruebas: crisis económica, crisis política, crisis militar…”.
La historia de la ruptura entre el entonces presidente Lázaro Cárdenas y Plutarco Elías Calles, “El jefe máximo”, a juicio de Meyer, se ha prestado a muchas interpretaciones, “y no es fácil atinarle porque la trayectoria posterior de Cárdenas y su peso sobre la vida política mexicana, hasta después de su muerte, hacen ahora de él un personaje mayúsculo, que no era entonces”.
El autor de La Cristiada, El Sinarquismo, ¿un fascismo mexicano? y El coraje cristero cuenta:
“Lázaro Cárdenas era un segundón dentro de la familia revolucionaria. Fuera de ella, tal vez sólo los de Michoacán lo conocían. Pero tenía la fama de ser un individuo muy leal al sistema, muy leal al expresidente Calles. Aparentemente, Calles le tenía un cariño casi paternal y Cárdenas sentía un enorme respeto y un afecto casi filial. Es obvio que para Cárdenas, la ruptura con el general no fue una cosa fácil, sentimentalmente. Le costó muchísimo trabajo tomar la decisión. Al tomarla, demostró que sí tenía capacidad para ser un jefe de Estado.
“Lo que motivó a Cárdenas a romper fue la conducta del general Calles. Por más que después podamos verlo como algo premeditado, en ese momento fue una reacción de legítima defensa. El contexto es claro: Calles periódicamente tenía la tentación de `retirarse’, entre comillas, de la política. Pero desistía tan pronto lo intentaba. No sé si se aburría y sentía necesidad de volver, o si lo picaban sus amigos y clientes y dependientes, o si él mismo se convencía de que quienes dirigían la política nacional no eran capaces e iban a echar a perder lo que consideraba su obra.
“Esta intención de retirarse se dio a lo largo del maximato, el cual, por cierto, no hay que imaginarlo como una dictadura férrea, aunque ésa es la imagen que se tiene. Y es porque vemos sólo el final: el expresidente Calles pone a Ortiz Rubio, quita a Ortiz Rubio, pone a Abelardo Rodríguez, nos dicen que pone a Cárdenas. Pero los historiadores que se han metido muy a fondo saben que la sucesión presidencial de Abelardo Rodríguez a Lázaro Cárdenas fue muy complicada y parece que Calles no pudo imponer su decisión. Aceptó pensando que podría manejar a Cárdenas, hasta mejor que a los otros.
“Cárdenas aparece como un general a quien todos desprecian. Los militares dicen es el general de todas las derrotas. Efectivamente, Cárdenas nunca ganó una batalla y la más grande que le tocó, pues la perdió y cayó preso de los delahuertistas. Se le conocía como un hombre gris. Muchos pensaban que por callado, Lázaro Cárdenas era un hombre tonto. Como dice Luis González: `en política se manejaba como ranchero de Michoacán’.
“Se imaginaron que lo iban a poder tratar como un pelele. Resultó que el hombre tomó en serio su función de presidente y la dignidad de su investidura y esto hizo que desde el principio no aceptara ninguna intromisión en su mandato.”
En el poder, Cárdenas dio un cariz diferente a la línea gubernamental: optó por una línea popular, de izquierda que, entre otras cosas, apoyaba de alguna manera los movimientos obreros, antes reprimidos. Esto originó lo que Jean Meyer llama “la agresión de Calles”.
Sigue el historiador:
“Hay varios meses de mucha agitación obrera dentro del marco de la gran crisis económica mundial. Los obreros empiezan a hacer huelgas, marchas –especialmente en Monterrey–, y descubren, al principio con incredulidad, con sorpresa, que no viene represión por parte del Estado sino que hay cierto apoyo.
“Los callistas viejos corren a decir al Primer Jefe que Cárdenas está sembrando el caos, que arruinará el sector empresarial, que paralizará toda la industria del país. Calles emite su famosa declaración en la que hace responsable –aquí sí puede encontrarse el símil con la situación actual– al nuevo gobierno de la situación económica y de la crisis.
“Argumenta: `nosotros entregamos un país en orden, el predecesor del presidente entregó el país en orden, construimos un edificio político, tenemos un plan sexenal de desarrollo económico que implica la alianza capital-trabajo, no lucha de clases. Y ahora el presidente irresponsable sumirá el país en el caos’.”
Meyer resalta que la declaración de Salinas, emitida el martes pasado, es muy parecida a la de Calles. Sin embargo, advierte, donde la comparación no funciona es en el hecho de “cuando habla Salinas, no lo puede hacer en realidad como ciudadano común, pero no puede esperar que su declaración tenga el menor efecto porque no tiene poder ni poder detrás del trono, mientras que el general Calles sí era el Primer Jefe”.
El “puñetazo” de Calles hizo pensar que Cárdenas caería, como había sucedido antes con Ortiz Rubio. “La respuesta de Cárdenas es fulminante: `quien manda es el presidente’. Remueve gobernadores, su gabinete y el Congreso. El país, que supuestamente era callista, amanece cardenista”.
La “rebelión” de Cárdenas demostró que el poder de Plutarco Elías Calles “era un mito, imaginación. Fue suficiente que un joven presidente se armara de valor y dijera: `no, el presidente soy yo’, para que se acabara”.
De acuerdo con el autor de La revolution mexicaine, Lázaro Cárdenas inauguró un estilo de gobierno nada callista: “en lugar de arrestarlo, de asesinarlo o fusilarlo, le mandó unos policías, lo llevaron al avión y fue exiliado a Estados Unidos, de donde regresó en 1941. Se acabó el hombre más fuerte de la Revolución Mexicana. Fue barrido en unas horas por la firme decisión del presidente de la República. Ahí sí puede usted encontrar analogía con la situación presente”.
Meyer aclara que “no fue un odio personal, no fue un ajuste de cuentas personal, fue una visión política, un sentido de sus responsabilidades. Cárdenas se dio cuenta que el general Calles tenía un papel nefasto. De alguna manera, estaba saboteando su propia obra, que era construir un Estado mexicano moderno”.
No obstante, para Meyer no hubo una verdadera ruptura política sino, por el contrario, el presidente Cárdenas fue “el continuador, el ejecutor fiel del proyecto político callista: la Revolución Institucionalizada”.
En este sistema identifica dos pilares fundamentales: el presidente, con poder total, y el partido, que en los hechos es el único.
“El Estado pretende abrazar toda la sociedad. Organiza los llamados grandes sectores: el campesino, el obrero, el popular y el militar, ya desaparecido. Para no dejar fuera a nadie, Cárdenas obliga a los empresarios a aglutinarse en torno de cámaras. La Iglesia es un sector más, controlado por el Estado, gracias a los arreglos de 1929 que hizo Calles. Es el corporativismo”, explica Jean Meyer.
“Lázaro Cárdenas realiza a la perfección y lleva a su culminación el proyecto callista que se había quedado a medias. Eso no lo vemos porque tenemos la idea impactante de la ruptura entre los dos hombres y porque, ahí sí hay una gran diferencia, el proyecto político es la continuación, pero el proyecto económico y social del presidente carga mucho más hacia la izquierda: la reforma agraria, el apoyo decidido a la CTM, las leyes sociales, la expropiación petrolera…
“Se nos olvida que en política comulgaron y que el sistema que posiblemente se está muriendo bajo nuestros ojos en estos días, ese sistema terminó de construirlo, sobre los planos callistas, Lázaro Cárdenas.”
VOLVER AL FUTURO
Jean Meyer, doctor en historia y actual miembro del Centro de Investigaciones y Docencia Económicas, confía en que la semana pasada comenzó la agonía del sistema político mexicano, lo cual, dice, “no es una catástrofe”.
Ningún sistema político es eterno, tiene que cambiar, tiene que renovarse: “hubo hombres que manifestaron una astucia política muy grande y el PRI fue capaz siempre de rebotar, de hacer los cambios mínimos necesarios para no ceder en lo fundamental. Es la famosa plasticidad que asombra tanto a todos los observadores extranjeros. Uno de esos hombres fue don Jesús Reyes Heroles, quien dio al sistema por lo menos 15 años más, mismos que ya se están cumpliendo”.
Sin comprometerse a decir que los mexicanos son buenos demócratas, Jean Meyer está convencido de que la sociedad se desarrolló mucho más rápido que el sistema, al grado que “rechaza por lo menos una mitad del sistema político tradicional. Lo que ya no admite esta sociedad es la impunidad en la corrupción, en el crimen y, mucho menos, la impunidad del error”.
Explica: “hay cosas que son peores que los crímenes: si Jalisco ahora ha votado por el PAN, y carro completo, no es solamente porque Acción Nacional tiene muchos años de trabajar en el estado. Es que Guadalajara no ha perdonado la impunidad de la cual han gozado los responsables de las explosiones. En Japón, cae un avión y el presidente de Japan Air Lines renuncia. El señor no tenía ninguna culpa, pero renuncia por pundonor. No creo que la sociedad mexicana hubiera pedido que el director de Pemex se hiciera harakiri, pero cuando un juez dictaminó que no había responsables, la gente se enfureció”.
Exijo es una palabra que le reclamarán mucho a Carlos Salinas de Gortari, a juicio del historiador. “Al exigir que el gobierno reconociera su error económico –`el error de diciembre’–, cometió el mismo equívoco que el general Calles, cuando éste denunció el error económico del presidente Cárdenas. Pero al mismo tiempo, sin saberlo, la declaración de Salinas es un instrumento de la historia porque acelera el desmantelamiento final del sistema político”.
En este sentido, previene, “la crisis del sistema es tal, está tan en pedazos, que suponiendo que el presidente Zedillo tuviese la intención de reconstruirlo, simplemente no podría hacerlo”.
Meyer comenta que el presidente, “un poco como el joven Cárdenas, precisamente porque la gente no lo conoce, es capaz de sorprender muchísimo. Lo que muchos creen que es debilidad, en realidad no lo es. Se trata de falta de cálculo político-maquiavélico, por falta de experiencia, por tener otro temperamento”.
Pero en este momento, subraya, “todo eso resultan virtudes porque uno diría que sólo a un loco se le ocurre desmantelar el sistema, que es como cortar la rama sobre la cual está sentado. Sólo un loco o alguien que ya entiende, o si no entiende está adivinando que esa rama está podrida y que hay que bajarse de ella cuanto antes. Y no intentar salvarla”.
Para Meyer, el hecho de que se pueda tocar al hermano de un expresidente “es la piedra de toque que señala que definitivamente algo ha cambiado en México:
“Siempre han habido minicrisis en los relevos gubernamentales. Hasta es parte de las reglas del juego: un presidente tiene que definirse oponiéndose al que vino antes. Echeverría, como candidato, guardó un minuto por los caídos en Tlatelolco, siendo que él era secretario de Gobernación en 1968. López Portillo mandó a Echeverría como embajador a las islas Fidji. De la Madrid habló de la renovación moral, cuando todos estaban hartos de la corrupción lopezportillista. Pero esos piquetes no eran nada.
“Arrestar al hermano del expresidente no es lo mismo que mandar a éste como embajador a otro país. Hay una diferencia que nos permite asegurar que se traspasó una frontera tal, que no será posible volver hacia atrás. La mejor prueba fue la reacción de Salinas: fue una declaración de guerra.”
De esta forma, analiza, Ernesto Zedillo “tiene la oportunidad de llevar el país, por fin, a un régimen democrático, en que el PRI resucitará como verdadero partido. No hablo como científico porque no se puede profetizar, pero como ciudadano, en este momento, soy muy optimista, contra muchos compañeros que están consternados y ven la actual situación como un terremoto”.
Concluye: “cuando veo a la gente reprochar a Zedillo su supuesta debilidad, veo que tienen nostalgia del presidencialismo duro y fuerte. La gente está dispuesta a admirar un Calles. Tienen nostalgia de ese señorpresidente que arregla todo y eso es un obstáculo para la democracia”.








