Al terminar su gobierno, en noviembre de 1994, Salinas de Gortari tenía una aceptación entre los mexicanos de 52%. En marzo de 1995, dos días después de la detención de su hermano Raúl Salinas como presunto “coautor intelectual” del asesinato de José Francisco Ruiz Massieu, 54% de confianza era del presidente Ernesto Zedillo. Comparado con Zedillo en esa materia, Salinas alcanzaba sólo 14% (Reforma, 2/III/95). Para ese momento la opinión pública había emitido ya su sentencia de culpabilidad en los dos grandes juicios que tiene a la vista: el de Raúl Salinas como presunto homicida y el de Carlos Salinas como presunto responsable del desastre económico.
No he tratado mucho a Raúl Salinas, pero me cuesta trabajo imaginarlo planeando durante meses con un aficionado como Manuel Muñoz Rocha el asesinato de su excuñado, José Francisco Ruiz Massieu, por pensar que éste ponía en peligro el proyecto político salinista, como declaró a la radio el subprocurador Chapa Bezanilla. Pero no se trata, desde luego, de lo que me imagine. El caso de Raúl Salinas debe ser un asunto de pruebas y contrapruebas, no de impresiones. A la vista de los expedientes completos, hay abogados que dicen que el caso de la PGR es sólido, suficiente para probar lo que se propone. Otros apuntan que es una fabricación técnica relativamente fácil de destruir. No faltarán a Raúl Salinas abogados defensores capaces de destruir las pruebas en su contra, si son destruibles. Lo que los abogados no podrán suprimir, sin embargo, y estará todo el tiempo en la mesa, es el veredicto de culpabilidad ya emitido por la opinión pública.
El juicio que Carlos Salinas enfrenta es menos específico y no le ha costado hasta ahora la privación de la libertad física, pero es quizá más amplio y complicado. Por inevitable contagio de la acusación que pesa sobre su hermano, el expresidente Salinas es hoy culpable ante la opinión pública de todo lo que ya eran agravios políticos y crisis económica, y de todo lo que pueda, en adelante, imaginarse. En la cabeza de mucha gente es ya “culpable lógico” del encubrimiento de su hermano en el caso Ruiz Massieu. Su propio partido ha sugerido que no le faltan cosas que aclarar en el asesinato de Colosio. No hay hasta hoy delitos formales imputados a Carlos Salinas. Lo que hay es un juicio de opinión pública en que el veredicto está dado de antemano. Se trata de un juicio cuyo fondo de ira justiciera y sinceridad vengadora es imposible negar, pero que conserva las deformidades rituales de nuestra más primitiva cultura presidencialista, ésa de la que pretendemos salir y cuya especialidad es consagrar hasta la indignidad al presidente en funciones como un semidiós e inmolarlo después como a un bicho, en un desahogo colectivo tan lamentable como purificador.
Carlos Salinas es responsable de sus errores, omisiones e “insuficiencias”, como las ha llamado él mismo. Sus reformas agraviaron tradiciones e intereses, su estilo y desmesuras en el mando sembraron rencores, enconaron adversarios, pospusieron amigos. Fue un presidente fuerte, firme y aun atrabiliario, tal como lo anhela nuestra cultura presidencialista, que hoy celebra en Ernesto Zedillo el compromiso con la legalidad, sí, pero sobre todo su demostración de fuerza, autoridad y pantalones. (Para la cultura política de México, aplicar la ley es todavía un asunto de voluntad y pantalones, más que de obligación y rutina.)
Como todos los presidentes de su estilo –como Obregón o Cárdenas, como Echeverría o López Portillo–, Salinas fue el más querido y luego el más odiado de la tribu. El ritual primitivo que lo endiosó como presidente hoy lo escupe como culpable de todos los males. Vive la parte oscura del rito, la purga extrema por el extremo poder que ejerció, aunque le conste ahora que el poder, como la herencia de los aztecas después de la Conquista, no es al final sino una red de agujeros.
Por equilibrio político, por convicción democrática, por obligación legal y moral, hay que garantizar a los Salinas lo que debe garantizarse a todos los ciudadanos en la república democrática y legal que aspiramos a construir: juicios limpios, transparentes, irreprochables. Hace falta un juicio penal para Raúl Salinas sin consigna política de la autoridad ni de la opinión pública, y un juicio histórico para el expresidente sin los dados cargados que le atribuyen, falsamente, toda la culpa de la crisis económica por la cual atraviesa el país, y que explica gran parte del odio que hoy cosecha. A la suspensión universal de las impunidades debe corresponder el otorgamiento universal de garantías. Las impunidades del privilegio y la complicidad no deben ser combatidas con las impunidades de la opinión y el linchamiento público inducido o tolerado por conveniencias políticas.
PS. Ya escrito este artículo, el expresidente Salinas decidió ponerse en ayuno total mientras el gobierno no lo separe de toda sospecha de manipulación en el caso Colosio y no admita sus errores económicos de diciembre. Comparto su demanda porque creo que tiene razón. Pero no comparto su decisión de ayunar porque, aunque legítima, la juzgo en estos momentos contraproducente para el país y para el propio Salinas. Nos urge una tregua, y hay demasiados actores pintados de guerra.








