La gratitud (temporal) de la nación

Para salvar su honor (sitio privilegiado en la Historia) y forzar el gobierno de Ernesto Zedillo a reconocer su inocencia en el caso Colosio y admitir de paso su autoría en la catástrofe económica, Carlos Salinas de Gortari anunció que emprendería un ayuno total, en donde él comprometía “lo más valioso que tiene”, su vida. El gesto, de considerable audacia, rectifica la estrategia de Salinas: él quiso convencer en sus llamados a la televisión y la radio, y fue objeto de rechazos antes inconcebibles (dos conductores de radio le colgaron el teléfono), sin que nadie saliese en su defensa. Después, intentó persuadir con la promesa límite: si no se me hace justicia, mi cadáver velará todos los minutos del resto del sexenio.
Lo que obligó al acto desesperado a un expresidente de la República es fenómeno que demanda explicaciones detalladas. ¿Cómo es posible que en tres meses hayamos visto la caída formal del salinismo? En un lapso brevísimo se pulverizó un armazón político, social y publicitario de conquistas rápidas, manejo irrestricto del aparato de poder, confianza plena de la cúpula empresarial (“y entonces, gracias a Dios, llegó Salinas”, afirmó Emilio Azcárraga), seducción de una élite internacional (“Salinas, the Giant-Killer”, se proclamó en la portada de Newsweek), apoyo considerable de los medios informativos, giras del “éxtasis popular”, asimilación de una parte de la izquierda radical, arrasamientos electorales. Entre 1990 y 1993 Salinas alcanza su esplendor: modifica a su gusto la Constitución, declara –de modo un tanto prematuro– cancelado el peso de la deuda externa, viaja por el mundo ganando adeptos para su proyecto modernizador, firma entre alabanzas el Tratado de Libre Comercio, minimiza la oposición y consigue que muy pocos se enteren de los más de doscientos perredistas asesinados, negocia con el PAN en un paisaje de concertacesiones, protege y auspicia sin límite a un grupo de megamillonarios, privatiza en forma considerable el sector público en las condiciones que se le ocurren, convierte el Pronasol en la plataforma giratoria de su afán estatuario, envía a los sótanos de la memoria la certidumbre unánime del fraude electoral del 6 de julio de 1988, apuesta a la especulación y a los capitales golondrinos…
En rigor, las bases de su éxito fulgurante son también los fundamentos de su enorme fracaso. Salinas deposita la eficacia de su blietzkrig en las fórmulas rápidas: la publicidad, el control de los medios informativos, la docilidad extrema del gobierno y el PRI, el debilitamiento salvaje de la oposición de izquierda (contra la que se aplican las grandes técnicas: asimilar, reprimir, mentir con aire ofendido), el esparcir dinero en las comunidades a manera de chantaje de la modernidad. Típicamente, mientras avanza el proceso, él parece olvidarse de lo que en verdad sucede, y se emociona ante su propio carisma y ante su criatura consentida, el Pronasol. Afirma en su segundo informe, de 1990: “contemplen el brillo en los ojos de un niño que ya no necesitará de una vela para alumbrar el libro en que estudia”. Y en su vuelo redentorista, Salinas se inspira y se conmueve. El ha ido más lejos que ninguno, él ha creado la extrema riqueza y ha salvado a los pobres. En 1992, en la ebriedad que le provocan los rostros conmovidos y las bendiciones de las mujeres y las sonrisas infantiles tan encendidas y su apellido exaltado al nivel de causa entrañable, proclama: “nadie podrá decir, de ahora en adelante, que hay un solo mexicano olvidado en México”. El Pronasol, la resurrección de México.
La autohipnosis publicitaria: Salinas habla con el papa y con Gorbachov y con Margaret Thatcher, se duele del fracaso del Glasnot y la Perestroika y explica por qué a él no le sucederá lo mismo. Durante unos años, él se siente (y muchos lo consideran así) México, la palabra y todo aquello a lo que el término alude. Su avidez de gloria es tan notable, que ninguna apoteosis le es suficiente; él exige verse rodeado de actos climáticos: giras que transforman los acarreos en peregrinaciones, reuniones semanales con grupos de alcaldes de todo el país que son trámites de canonización, encuentros frecuentes con las élites, entrevistas con los principales medios informativos, viajes al exterior que anticipan la llegada masiva al primer mundo. Esto, sin confiar en los demás, al grado de que la respuesta que más lo ilumina es el autoelogio. Si él mismo está a su disposición, ¿para qué aguardar el juicio de la Historia?
En su fervor por Salinas y el salinismo, Carlos Salinas se deshace de conocimientos esenciales: en este sistema, la lealtad se le dedica al puesto, no a la persona; los líderes que son cortesía de la publicidad se vuelven productos desechables; aquí no existen las causas sino la posibilidad de recompensar a los feligreses. Y tampoco toma en cuenta el rencor acumulado ante los daños y las humillaciones que él y su grupo diseminan en su ronda triunfalista. Su hipótesis de trabajo es otra: si modernizo el país radicalmente, la mentalidad modernizada vivirá en deuda conmigo. (Y por eso, el candidato al Senado Manuel Aguilera, en 1991, le recuerda su deber a los colonos del Distrito Federal: “ustedes deben gratitud eterna al presidente Carlos Salinas de Gortari”.) El de algo está seguro: el éxito es suyo para siempre. No en balde, según le refiere a un grupo de reporteras, cuando se le destapa en 1987, lo primero que hace es informar a su padre: “¡ya la hicimos, papá! ¡Nos llevó 25 años, pero ya la hicimos!”.
La Historia y sus gratitudes suspendidas con alfileres. Antes del derrumbe económico de diciembre, la caída del salinismo se presagia en el predominio del diseño sobre la realidad. A los políticos los sustituyen los escenógrafos con presupuesto ilimitado. Y la calidad del apoyo a Salinas, en primera y última instancias escenográfico, explicará también la intensidad del desplome. Carlos Salinas no busca adeptos sino extras, y los extras lo abandonan en pos del siguiente rodaje donde, previsiblemente y por vez primera (todas las veces en la política priísta son la primera), se inaugura la Historia, se instaura el Estado de derecho, se acaba con la impunidad, y así sucesivamente. Más que ningún otro de los presidentes del último medio siglo mexicano, Salinas de Gortari concibe la acción de gobernar como empresa teatral. El gobierna en muy buena medida para el gozo de los medios informativos, y de allí se deriva, en la misma proporción, la fragilidad de su proyecto. A él se le aplaude como si fuera noticia de ocho columnas y programa especial en horario Triple A, no como el dirigente de logros comprobables.
Mira que a estas alturas confiar en la lealtad de burócratas y priístas. Salinas, en su desprecio efectivo por el PRI, lo doblega y lo usa de mil maneras, y sin embargo cree que hay algo llamado salinismo. Si el salinismo existe genuinamente, es consecuencia de un grupo de poder económico, no de las ceremonias tribales de la política. (La respuesta típica de un político en estos días: “–¿Es usted leal a Salinas / –Usted olvida que la lealtad fundamental es con el pueblo.”) De nada sirven planes a largo plazo, ni la promesa de José Angel Gurría sobre la permanencia en el poder del grupo durante 24 años. En el desbarajuste, la lógica de la sobrevivencia obliga a desechar por inútiles las nociones de coherencia y dignidad, y adoptar como causa estructural el oportunismo. Ya no se es oportunista para trepar sino para posponer el descenso.
“Que se muera”, comentan los entrevistados en las encuestas populares al preguntárseles su opinión sobre el ayuno de Carlos Salinas. “Que se muera, pero antes que devuelva lo que se llevó”, arguyen vindicativamente. ¿Y en dónde quedaron el jolgorio y las porras y los niños que se levantan al paso del presidente como ofrendas florales, o alguna otra frase de locutor palpitante? Al cabo de los millones y millones de dólares gastados para adentrarlo en el corazón de la gente, resulta que jamás estuvo allí. Y todos los homenajes a Salinas de funcionarios, priístas, intelectuales, empresarios, banqueros, clérigos, panistas, se desvanecen el 30 de noviembre porque los hombres, una vez fuera de las instituciones, son abominablemente falibles y siempre lo han sido.
Junto a Salinas se precipita en el vacío su proyecto de modernización que, para empezar, no modernizó ni en lo mínimo la mentalidad del sistema autoritario. Anacrónico por definición, el sistema no se contagia de fiebre modernizadora alguna, espera las órdenes para transformarlas acto seguido en ideas, convierte en causas los gestos. Y esto resulta, dada la calidad de la clase política, inevitable, como era previsible que se desvaneciese en el aire el esfuerzo de dos sexenios, que de fracaso casi pasó a la condición de hecatombe. “¡Se ve, se siente, tenemos presidente!”, gritan hoy a Ernesto Zedillo como antes gritaron a Carlos Salinas, mientras el presidencialismo se extingue. Al concentrar el odio popular, al reducirse al choteo un gesto último (el ayuno total), el caso de Carlos Salinas exhibe la mayor desventaja del aparato político y económico que lo encumbró: sólo la publicidad lo vitaliza y únicamente se siente protegido por el autoelogio. En la práctica, se decretan modificaciones irreversibles, se cambia la naturaleza (el comportamiento) del Estado, se apoya desconsideradamente el gran capital, se alienta el crecimiento de la derecha, se combate sin tregua la izquierda y se hostiga a la población en Chiapas con tal de preparar los actos de generosidad del gobierno. Pero a “la Generación del Cambio”, encandilada por los mass media, lo que le apasiona visiblemente es la proyección nacional e internacional, los golpes de mando que eleven el rating, ir en la cresta de las encuestas. En eso creyó Salinas de Gortari; en eso, en el aislamiento feroz, sigue creyendo pese a todo.