Ya dio la vuelta al mundo el trivial símil entre Zedillo y la Semana Mayor. Ahora hasta los niños de kínder saben que uno y otra pueden caer en marzo o en abril. De hecho, si el presidente sigue dejándose engañar por los adulones, resultará fácil que el augurio burlesco pase a ser realidad histórica, sobre todo si no aprende a medir sus trancos.
Desde el mes de su asunción y aún más a partir del fatídico manejo monetario de los días 20 y 21 de diciembre, llovieron sobre nuestros prepotentes monetaristas, desde ambos hemisferios, epítetos como “novatos”, “bisoños” o sinónimos. Los incontables inversionistas que resultaron víctimas de nuestra ineptitud manifiestan un rencor inextinguible por el trato altanero y engañoso que les dieron nuestros representantes frente a su ruina. Lo que menos comprenden es que algunos responsables de la catástrofe se queden en el poder. Se conocen historias de pillos que se convirtieron en eficientes guardias del orden público, pero frente a una catástrofe financiera parecería preferible confiar en especialistas bien acreditados.
En Proceso no se “lambisconeó” nunca a Carlos Salinas a lo largo de los años en que estuvo al timón. No se dejaron de anunciar las consecuencias ominosas de su política nacional e internacional, en particular en el campo económico. Con eso nos asiste el derecho y el deber de manifestar que su responsabilidad ha estado compartida con fervor por todo su equipo de tecnócratas formados en Estados Unidos y en forma muy particular por su sucesor y heredero de hoy, a quien no repugnó ser promovido por el dedazo más dedasísimo, más unipersonal, más fulminante.
Por tanto, no podemos callar nuestra repulsión ante el teatrito que el presidente Zedillo regaló al pueblo mexicano (con resonancia mundial) el martes último.
Fijémonos primero en el momento escogido. Como se anunció hace dos meses, con marzo empieza para nuestro pueblo, y en forma más aplastante para los más desheredados, el extenuante apretón de cinturón con el constante y creciente aumento de los precios.
Para abrir la cuaresma de años que nos prepararon nuestros jóvenes tecnócratas, fue elegida la semana misma en que la liturgia cristiana inicia la gran cuarentena que precede a la Pascua de Resurrección. En primer lugar, crecieron las tarifas telefónicas: ¿quién mejor que el señor Slim puede representar el “primer mundo” prometido? En seguida vino el aumento del precio del bolillo.
Panem et circenses, pan y circo, el eslogan del imperio romano decadente se nos moderniza por obra y gracia del neoliberalismo y reza: circo en lugar de pan.
Así fue como el pasado martes Zedillo nos brindó su teatrito. Por radio y televisión, con una minuciosa preparación psicológica, pudimos asistir a la declaración del subprocurador especial Pablo Chapa Bezanilla, quien anunció urbi et orbi que Raúl Salinas de Gortari, hermano de Carlos, había sido detenido unas horas antes como autor intelectual del asesinato de José Francisco Ruiz Massieu.
Después del sensacionalismo de tan retumbante exhibición, las numerosas declaraciones delante de los micrófonos constituyeron un muy uniforme concierto de elogios a la gloria del presidente reinante. Con él, de repente y supuestamente para siempre, “se acabó la impunidad”. Prevaleció el Estado de derecho. Al mismo tiempo, se hizo patente que tal triunfo de Zedillo con ocasión del arresto del hermano del expresidente Salinas significaba una ruptura sin precedente. Según diversos comentarios, el hecho fue interpretado en el sentido de que se había iniciado en México una nueva era, con garantía de la instauración definitiva de la democracia.
Los sondeos de opinión que aparecieron el día siguiente manifestaron en seguida que se trataba de una gran victoria para un Zedillo deseoso de olvidar que hace poco una proporción todavía mucho más amplia de aplausos se dirigían a Carlos Salinas.
En estos años, de oriente a occidente y de norte a sur, han sido o son todavía numerosos los muy altos personajes de la política encarcelados, juzgados y condenados con gran publicidad. Sobre todo en los países con sentido democrático, priva en esos casos un cierto pudor cívico, una voluntad de tacto, una preocupación de higiene moral, una prevención contra reacciones malsanas e instintos de venganza o morbo. Al fin y al cabo, en una verdadera democracia cualquier delito debe cuestionar la conciencia de cada ciudadano. Por añadidura, sucede a menudo que aun el peor criminal sea oveja negra de una familia y de un círculo social intachable que merecen respeto, discreción y modestia. Todo eso no puede compaginarse con el teatrito que padecimos el martes último. El derecho a la información no ha de promover la “imagen” de quien ejerce el poder. Para eso el presidente en turno se basta a sí mismo. Ningún antecesor blandió tanto el “yo” y el “mi gobierno”.
Por otra parte, no podemos olvidar que su solidaridad en las duras y las maduras con quien lo asentó en la silla presidencial fue ilimitada y con una sumisión cabal en todos los campos.
Hubo un momento en que se creyó que Zedillo, elevado al poder supremo, actuaría por sí mismo frente a su antecesor. Se llegó a pensar, a decir, a escribir que había marcado una distancia respecto de la absurda e irrealizable aspiración de Salinas a la dirección de la naciente Organización Mundial de Comercio (OMC). El 5 de enero, después de 35 días de silencio presidencial al respecto, a raíz de una reunión en Los Pinos con media centena de embajadores y cónsules mexicanos, se despejó la duda y corrió la voz de arriba: “la candidatura de Salinas es oficial”, “es mexicana”, “es del gobierno mexicano”, “México seguirá con el cabildeo”. Y en todos los países del orbe tuvieron los diplomáticos mexicanos que dar prioridad a tal cabildeo.
Fue un grave golpe de México contra la sociedad internacional. La OMC, fruto de siete años de muy ardua concertación universal con perspectivas provechosas para muchas naciones grandes y pequeñas, quedó sometida a los intereses egoístas del proteccionismo estadunidense. Sólo con una OMC dirigida por un achichincle dócil hacia las exigencias de Washington seguirán privando frente al mundo entero imposiciones como las que padece México con su atún y su cemento.
Para Zedillo, como para Salinas, cuenta su “imagen” personal. No parecen muy obsesionados por la defensa del honor de México en el mundo.
Ni uno ni otro lograron darse cuenta de lo que representa la causa de nuestros indígenas para muchas decenas de millones de seres humanos en el mundo entero. Estos nunca nos perdonaron el 9 de febrero, con la ruptura de la tregua en Chiapas y el genocidio en nuestras montañas del sur. Las condiciones en que los militares encontraron los territorios que ocuparon y hasta el cuarto de Marcos, como también la ausencia de respuesta con las armas del EZLN, manifestaron de sobra en las pantallas de ambos hemisferios hasta qué punto los “inconformes” estaban lejos de pensar en pelear. Empero, ni siquiera los llamados patéticos y tan respetuosos a la vez de grupos integrados por altos personajes de la cultura de Italia, Francia y otros países lograron detener la orden dada por Zedillo.
Tan cerca del abismo hacia el cual nos estamos deslizando poco a poco, pensamos nosotros en precedentes funestos. Tan fácil fue, en la Francia de los años que siguieron a 1789, pasar de la Asamblea Legislativa al reino de la guillotina. Lo mismo sucedió durante la Revolución Rusa a partir de Kerenski.
No podemos olvidar a ese gran visionario que fue Alexis de Tocqueville: “la experiencia nos enseña que el momento más peligroso para un mal gobierno es cuando empieza a reformarse”.








