Vivimos, en plenitud, el proceso de la ruptura sexenal que ha sido en México pintoresca y costosa tradición. La inicia el presidente Cárdenas al dinamitar el maximato y, desde entonces, con variantes de estilo y matiz, se repite cada seis años. En el propósito común, el objetivo de aniquilar la figura imperial del que se va, para edificar, sin sombras, sin dudas, sin cuestionamientos, la del nuevo emperador.
En esta historia de ingratitudes, vanidades, gulas de poder, no hay precedentes de un golpe tan demoledor como el que hoy se lanza sobre la imagen y persona del expresidente Salinas de Gortari al encarcelar a su hermano por delitos de autoría intelectual en el asesinato de José Francisco Ruiz Massieu. En el contraste, en la historia, en el inventario, las rupturas resultan frívolas, versallescas o intrascendentes intrigas de palacio.
El golpe trae a presencia otra arista en las historias del poder: el campanazo como recurso de consolidación. En ejemplos más o menos recientes, Durazo, Díaz Serrano, Zorrilla, La Quina, son testimonios de una historia al revés, del poder a la cárcel, y del espectáculo estridente que da certidumbres del presidente fuerte.
En las reglas no escritas del sistema imperial mexicano, puede afirmarse que sin el bautizo de cárcel no hay consagración. Hoy la historia se repite. En el matiz y en el asombro, el disparo se dirige al corazón y golpea sobre el destinatario en el calor y la estima del vínculo de la sangre y de la estima familiar.
La ruptura es total; entre el expresidente Salinas y el presidente Zedillo los puentes están dinamitados y los caminos quedaron cerrados para el entendimiento amistoso. La reacción del licenciado Salinas de Gortari fue oblicua, no reclama injusticia en el procedimiento que llevó a su hermano a la cárcel; en la entrevista con los medios de comunicación sólo invoca razones institucionales.
En la investigación del asesinato del licenciado Luis Donaldo Colosio Murrieta se duele de insinuaciones: “es tanto como imputar que hubo complicidad. Por dignidad y honor personal y por respeto a la memoria del licenciado Colosio Murrieta, no puedo dejar pasar esas afirmaciones. Con toda firmeza, las rechazo y exijo de la autoridad competente una aclaración satisfactoria”.
En la referencia a los graves problemas económicos, señala: “el país ha sido lastimado por una terrible devaluación en diciembre. Ese error convirtió un problema en crisis nacional e internacional, complicó el manejo cambiario y ha dificultado notablemente la salida del problema. Por eso es que solicito que se reconozca aquí adentro, como ya se hizo afuera, ese error. No me voy a retirar de la lucha en favor de la dignidad y el honor, de mi honra personal y la dignidad del pueblo”.
Los reproches del expresidente Salinas al presidente Zedillo son abiertos, frontales, sin cautelas, no disimula enojo ni oculta voluntad de confrontación, es una riña que destruye lealtades, gratitudes o prolongadas relaciones de estrecha colaboración.
En la más fiel y ortodoxa tradición de los emperadores mexicanos, el presidente Zedillo ya recibió la consagración del “pez grande” en la cárcel.
Ahora sí, el presidente Zedillo recibe el premio de fuerte desde el momento en que consigna a los jueces al ingeniero Raúl Salinas de Gortari, premio que en su tiempo y circunstancia fue otorgado a De la Madrid con Díaz Serrano y a Salinas de Gortari con La Quina.
Quedan en el aire temas para la reflexión madura sobre la fortaleza del gobernante. Es evidente que, en la escala de los valores del espíritu, llenar la cárcel con presuntos delincuentes no es, necesariamente, evento o concurso para alcanzar la medalla en grado de excelencia de la fortaleza en el oficio de la gobernación.
Convertir el recurso del juicio penal en centro de gravitación del esfuerzo para dar testimonio de fortaleza resta virtud a tan valiosa proyección y hondura. El ejercicio espectacular del derecho penal no agota los testimonios luminosos de la audacia y de la fuerza. Hay caminos más anchos y más generosos. Sin pretensiones de agotar inventarios, el gobernante es fuerte en su capacidad de convocatoria frente al pueblo para promover el ejercicio cotidiano y perseverante de ricas y excelentes virtudes; en el talento desplegado para la identificación de problemas y la implantación de soluciones eficaces, prontas y de fondo; en la habilidad para reclutar sobre el universo de la generosidad servicial a hombres y mujeres cuya capacidad de excepción den certidumbres de dominio en el oficio de la gobernación; en la fértil imaginación para acortar caminos y realizar objetivos superiores; en la sabiduría para entender que el pasado es agua que ya no mueve molinos, y en el discurso iluminante que reenciende en el pueblo la fe en el rescate y la esperanza en la reconstrucción.
Bien está que se siga “hasta las últimas consecuencias”, en la frase consagrada, la investigación sobre crímenes que conmovieron a la sociedad, que nuevas pistas conduzcan a vigorizar la confianza sobre el propósito de avanzar en la investigación y dar respuesta a dudas que proyectan sombras y ratifican exigencias de justicia. Durante los primeros tres meses del sexenio, la Procuraduría General de la República ha desempeñado un papel protagónico en la generación de noticias que sacuden, asombran y conducen a saturar las cárceles. Pero no debe ser la única fuente de información o de respuesta. El exceso puede llevarnos a un clima sórdido sin luz y sin alegría.
Ya es tiempo de que nos lleguen a los mexicanos otras noticias que den aliento y esperanza; que se nos den seguridades de que la tempestad económica amaina; que el peso se recupera frente al dólar, que los intereses bajan; que hay luces promisorias en el túnel, anunciadoras del urgente regreso al crecimiento generador de empleos, certidumbres y esperanzas; que hay programas reales, viables, cercanos en el tiempo, eficaces en su proyección para fortalecer las industrias pequeñas y medianas; que hay timón, brújula, rumbo, audacia y voluntad para el rescate; que Almoloya no es destino; que no son tiempos de cacerías de brujas, de búsquedas sórdidas de culpas y culpables, de campanazos que exhiben pantanos malolientes, de riñas entre los que se fueron y los que llegan y que a final de cuentas son los mismos; en fin, en resumen, ésta es la hora de la audacia, de la voluntad, de la fortaleza para construir en solidario esfuerzo el México refugio y regazo para todos los mexicanos.








