En la dedicatoria de su tesis para obtener la licenciatura de economía en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), Carlos Salinas de Gortari escribió:
“A mi hermano Raúl, compañero de cien batallas.”
Hermanos como pocos, en efecto, Carlos y Raúl han compartido desde niños la tragedia y el triunfo, la aventura, los miedos, las angustias, los logros, la riqueza, el poder.
Raúl, el primogénito del matrimonio formado por Raúl Salinas Lozano y Margarita de Gortari Carvajal, nació en Monterrey el 24 de agosto de 1946. Un año y siete meses después, el 3 de abril de 1948, nació Carlos, en la ciudad de México.
Juntos disfrutaron los primeros juegos, juntos fueron a la escuela, juntos aprendieron a tocar el piano, juntos cultivaron el deporte, juntos se convirtieron en magníficos jinetes, juntos viajaron por el mundo, juntos se iniciaron en la política, juntos hicieron amigos y enemigos, juntos paladearon las mieles de la gloria.
Hoy encaran, juntos, el naufragio.
Cuando Carlos nació, su padre iniciaba su carrera en el sector público –como director de estudios económicos de la Secretaría de Hacienda– y la familia vivía en una casa rentada de la calle Monclova, en la colonia Roma. Pronto se mudaron a Palenque 425, en la Narvarte. Ahí transcurrió la infancia de los hermanos Salinas de Gortari, a quienes luego se sumaron Adriana Margarita, Enrique y Sergio.
Raúl y Carlos, los hijos mayores, dormían en la misma recámara. “Fuimos creciendo juntos, haciendo deporte juntos, yendo juntos a la misma escuela”, platicó Raúl en una entrevista con la revista Líderes mexicanos (septiembre, 1994).
En esa casa de Palenque 425 ocurrió en 1951 una tragedia. Raúl tenía cinco años; Carlos, apenas tres. Tomás Borge, el comandante de la Revolución Sandinista de Nicaragua convertido en escritor, autor de Salinas, los dilemas de la modernidad (Siglo XXI, 1993), relata así ese episodio:
“No todo fue alegrías, ronroneos, canciones de cuna y cuentos de brujas generosas en las calles de Palenque. Una tarde, de los más tristes días, un puñado de niños –los hermanos Salinas, un vecino de 8 años– jugaban intercambiando fantasías, celebrando el tercer cumpleaños de Carlos.
“El niño de 8 años tomó de un clóset un fusil cargado y al manipular el arma hirió de muerte a una joven trabajadora doméstica. El accidente conmovió a la familia. Los Salinas continuaron viviendo en la misma casa, mientras que los padres del niño, autor del accidente, decidieron cambiarlo de ciudad.
“Me impresionó la valentía de (Carlos) Salinas al no eludir un tema tan doloroso y delicado; me relató el suceso –ya lo había hecho su hermano Raúl– reproduciendo el recuerdo de los suyos, ya que él por la edad o por mecanismo de defensa lo ha borrado de su mente.”
JUNTOS POR EL MUNDO, JUNTOS POR LA VIDA
Los hermanos Salinas recibieron clases de piano de María Elena González de Cossío. Kid Azteca les enseñó de boxeo.
Estudiaron la primaria en la escuela “Abraham Lincoln”, que era propiedad de una hermana de su madre. Luego, cuando la familia se había mudado a la casa de Dulce Oliva, en Coyoacán, ingresaron en la secundaria número tres, Héroes de Chapultepec, en la avenida Chapultepec. Los dos hermanos iban de su casa a la escuela y viceversa en el camión colonia Del Valle-Coyoacán. Les gustaba vacilar con las chamacas de la secundaria 18, de la 36, que subían en el trayecto. Tenían un perro, el Solovino, que un día apareció a la puerta de su casa y se quedó para siempre.
Junto con su amigo Guillermo Espinosa, que era como su primo, hacían “excursiones” en bicicleta por la Narvarte y la Del Valle y llegaban hasta los llanos que delimitaban en ese tiempo la mancha urbana. Los fines de semana practicaban la charrería, en el Rancho del Charro, que estaba entonces en Anzures.
Cada año iban de vacaciones a Agualeguas, en Nuevo León, la tierra de sus antepasados paternos y donde vivían sus tíos Calixta y Alfredo. Ahí montaban, jugaban con los borregos y acompañaban a los mayores de cacería.
Desde chicos, Raúl y Carlos fueron adiestrados en la equitación, disciplina en que llegarían a brillar inclusive internacionalmente. También tomaron clases de guitarra, de karate y hasta de bailes regionales.
Cuando Raúl tenía 17 años y terminó el bachillerato, en 1964, sus padres decidieron mandarlos a viajar por Estados Unidos y Europa durante un año, para “conocer mundo”. Carlos tenía 15 años y estaba por entrar en la preparatoria. Su padre era entonces secretario de Industria y Comercio, en el gabinete del presidente Adolfo López Mateos.
Los jóvenes viajeros –a quienes acompañó su inseparable “primo” Guillermo, entonces de 16 años de edad– disponían de 200 dólares mensuales cada uno, para sus gastos, “sin lujos ni diversiones”. Estuvieron primero en Washington, donde aprendieron inglés. Fueron luego a Chicago, Boston y Nueva York. Ahí se embarcaron en el Unites States hacia Europa. Llegaron a Londres. Fueron luego a Escocia, Alemania, Dinamarca, Finlandia, la Unión Soviética, Italia, Grecia, Egipto, Francia, España… Compartieron vivencias mil, enseñanzas, lecturas, alegrías y también ratos amargos:
En España, Raúl –al volante de un Volvo que habían rentado– atropelló a un muchacho que iba en su bicicleta. Estuvieron detenidos unas horas. “Me acuerdo y puedo reproducir la angustia terrible, regresando a medianoche al lugar del accidente para comprobar las declaraciones, con una lamparita la policía alumbraba, las señas del enfrenón, los vidrios rotos, la sangre”, contó Raúl.
Al regresar de su viaje, Raúl se inscribió en la Facultad de Ingeniería de la UNAM y Carlos, en la prepa uno, en San Idelfonso, para luego, en 1966, ingresar en la Facultad de Economía.
Los destinos profesionales diferentes, empero, no los distanciaron. Continuaban compartiendo aficiones y amistades. En esos años eran frecuentes las reuniones en “el terreno”, un extenso predio adquirido por Raúl Salinas Lozano en la Candelaria Coyoacán, al sur de la capital, donde hoy está la residencia paterna. Ahí se juntaban los amigos, ahí se organizaban fiestas y tertulias, ahí se discutía de política y se hablaba de caballos.
“A finales de los años sesenta y principios de los setenta –relató Raúl– participamos en concursos hípicos donde fuimos teniendo cada vez más éxito. Por esa razón viajamos por Francia, Italia, Suiza, Alemania y España con el equipo nacional de salto. Competimos también en el legendario Madison Square Garden. En el 71, Carlos ganó medalla de plata en los Panamericanos de Cali, Colombia, y al año siguiente yo fui campeón nacional de salto. El montaba a Agualeguas y yo a Mexicano, y durante todas esas giras nuestro acercamiento fue mayor. Teníamos muchas ocupaciones en torno de los caballos, y cuando uno no podía, el otro las realizaba. Siempre montábamos juntos, dejamos juntos los caballos y en realidad nos separamos cuando cada quien se fue a hacer su maestría. Fuimos muy unidos y él fue siempre muy solidario.”
De los años de su carrera universitaria data la amistad de Carlos con Manuel Camacho Solís, Emilio Lozoya Thalmann y José Francisco Ruiz Massieu, entre otros. Ruiz Massieu se casó con la hermana de los Salinas, Adriana Margarita, con quien tuvo dos hijas, y luego se divorció.
El ahora expresidente presentó su examen profesional en junio de 1971. Ese mismo año, con esos amigos y con su hermano Raúl, formó una asociación civil denominada Política y Profesión Revolucionaria, cuyo lema era “La profesión al servicio de la política; la política al servicio del pueblo”. El naciente grupo político pidió de inmediato su afiliación al Partido Revolucionario Institucional (PRI).
Fue ese el ingreso de los Salinas a la política.
EL HERMANO INCOMODO
Carlos se casó con Cecilia Occelli en 1972. Obtuvo una beca de la Secretaría de Hacienda y se fue con su mujer a Harvard para estudiar un doctorado en administración pública. A su regreso, en 1974, fue nombrado jefe de Estudios Económicos de la Dirección General de Asuntos Hacendarios de la SHCP.
Raúl, a su vez, hizo dos maestrías en París, entre 1972 y 1974: una, sobre planeación del transporte y la otra, sobre evaluación de proyectos de desarrollo industrial. De vuelta en México ingresó, también de inmediato, en el sector público. Fue subresidente de Planeación en el proyecto hidroeléctrico Chicoasén (1975), director general de obras a mano de la SOP (1976), director general de Caminos Rurales de la SAHOP (1977-1981), asesor de su hermano Carlos cuando era secretario de Programación y Presupuesto (1982) y director general de Distribuidora Conasupo (1985-1988).
En 1987, Carlos Salinas fue destapado como candidato del PRI a la Presidencia. Contó Raúl a Tomás Borge:
“Cuando Carlos fue designado candidato, nos reunimos en mi casa los hermanos y mis papás y quedamos de acuerdo toda la familia en seguir la política del elefante, porque el elefante es un animal con las orejas muy grandes para escuchar, con la cola muy pequeña para que no se la pisen, con la trompa muy larga para tener buen olfato, con la piel bien gruesa para que no penetre la intriga que hiere ni el halago que deforma, y con las cuatro patotas en la tierra hemos intentado caminar todos.”
Al llegar Carlos a la Presidencia de la República, colocó a su hermano mayor como director de Planeación de la Compañía Nacional de Subsistencias Populares (Conasupo) y, luego, como coordinador del sistema de evaluación del Programa Nacional de Solidaridad (Pronasol).
Durante todo el sexenio salinista, Raúl fue blanco de acusaciones sin cuento: que financió el Partido del Trabajo y Antorcha Campesina, que hizo grandes negocios al amparo de la Conasupo y el Pronasol, que es un ganadero próspero, que adquirió numerosas propiedades urbanas y rurales, que fue beneficiario de la privatización de empresas estatales y bancos a través de prestanombres y hasta que su fortuna se incrementó con ingresos provenientes del narcotráfico (Proceso 942).
En 1992 Raúl, “el hermano incómodo”, dejó todo cargo público y se mudó a Monterrey. Pero eso no significó ningún distanciamiento entre los consanguíneos.
Por el contrario, ambos compartían a menudo viajes y reuniones, festejos. No pocas veces estuvieron juntos en Las Mendocinas, la exhacienda poblana de 176 hectáreas, a la vera de los volcanes, convertida por Raúl en un paraíso para el pleno solaz: la equitación, la cacería, la pesca, el tenis (Proceso 942).
Los ejidatarios de San Lorenzo Chautzingo, vecinos de Las Mendocinas, contaron cómo llegaban “los Salinas de Gortari” y sus invitados en helicópteros. Había fiestas hasta de tres, cuatro días: comilonas, música, concursos de equitación, cacerías diurnas y nocturnas, paseos a caballo. “Hay veces que son hasta cuarenta, cincuenta hombres a caballo, trepando el cerro”, dijo el viejo campesino Aurelio Pérez Cocla. “Hasta parece tropa de federales”.
La propiedad, que durante nueve generaciones perteneció a la familia De Ovando, conserva el casco de la hacienda fundada en el siglo XVIII. Incluye dos lagos y un cerro completo. Remodelado totalmente en 1989, el rancho tiene caballerizas, instalaciones para equitación, helipuerto, seis canchas de tenis, un lienzo techado y muchas cosas más.
Según Adriana Margarita, la hermana, Raúl es el mejor amigo de Carlos. Según Raúl, Carlos tiene un concepto de la amistad impresionantemente ético: “jamás se le ha ocurrido traicionar o abandonar a un amigo, no importando a veces si le han traicionado a él”.
A raíz de la detención de Raúl, acusado como presunto autor intelectual del asesinato de su excuñado José Francisco Ruiz Massieu, Carlos declaró el martes 28 de febrero: “confío plenamente en la inocencia de mi hermano”.
En marzo de 1993, Tomás Borge fue invitado a la celebración del sexagesimocuarto aniversario del PRI. Ahí captó, como en un chispazo, la profunda afinidad que existe entre los dos hermanos. Lo describe en el primer párrafo de su libro:
“Cuando Carlos Salinas de Gortari subió con paso de corredor de pistas las gradas del estrado y dirigió una mirada perspicaz al auditorio, sus ojos se detuvieron unos segundos en su hermano Raúl, sentado a mi lado. En los ojos del presidente hubo un síntoma de travesura, de complicidad. Algo así como: aquí estoy, hermano; algo así como: aquí estamos.”








