Con su ayuno Salinas forzó la negociación y en su baluarte de Monterrey denuncia “traiciones, deslealtades y cobardía”

MONTERREY, NL.- “Hay signos alentadores” comentó el exmandatario Carlos Salinas de Gortari hacia las dos horas del sábado 4 de marzo.
Regresaba de la ciudad de México, en donde se había entrevistado con el presidente Ernesto Zedillo.
Se veía más tranquilo. Con todo, proseguía su ayuno iniciado 28 horas atrás. “Sigue sin ingerir alimentos; está a pura agua”, comentó uno de sus ayudantes.
A Salinas lo esperaban a las afueras de la vivienda de San Bernabé unas 20 personas del mismo Comité de Solidaridad que lo había recibido al mediodía del viernes, así como unos 15 reporteros y fotógrafos.
Lo aguardaban también Ramón Alberto Garza, director de los diarios El Norte y Reforma, y Diana Solís, corresponsal del Wall Street Journal. Con estos últimos dialogó durante cinco minutos en el interior de la casa que lo alojó el día anterior; un ayudante dijo al resto de la prensa: “vuelvan a las diez de la mañana”.

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Llegó en medio de la oscuridad y bajo un frío de madrugada cercano a siete grados centígrados. Carlos Salinas de Gortari, sin más compañía que la de Justo Ceja Martínez, su secretario privado, tocó a la puerta de una casona situada en el populoso barrio de San Bernabé.
Sin los reflectores que lo seguían a todas partes, recién bajado del jet Falcon de 16 plazas matrícula XERBG, propiedad de Roberto González Barrera, presidente de Maseca y Banorte, dos de las instituciones más favorecidas durante su sexenio, pedía posada.
En unos minutos, doña Rosy (Rosa Ofelia Coronado), agripada y con calentura, muy conocida en la colonia por su liderato en promociones del Programa Nacional de Solidaridad (Pronasol), sacaba a sus hijos, Erika, Rafael, Alfredo e Iván, de su habitación y dejaba una cama libre. El exmandatario había encontrado un lugar para su huelga de hambre.
Por la tarde, en el buró, ya estaban colocadas las fotos de Salinas como presidente saludando a la gente y a un lado, colgada en la pared, una bandera nacional.
Ahí, sin más, el hombre más poderoso de México hasta noviembre pasado adoptaba el discurso opositor. Sólo el discurso.
Enseñando la cabeza y parte del tórax, separado por una pared de 100 reporteros, algunos curiosos y una decena de mujeres que desgañitándose y sin eco le lanzaban consignas de apoyo, Salinas de Gortari, en su primera aparición pública en territorio nacional desde que dejó la Presidencia de la República, denunciaba “una campaña de hostigamiento y falsedades”.
Con cerca de 17 horas en huelga de hambre, se decía indignado y hablaba de “traiciones, deslealtades y cobardía”.
Lejos del poder constitucional, denunciaba, como si fuera dirigente de un partido opositor, que a la dueña de la casa donde haría el ayuno le habían hablado por teléfono para ordenarle que no apoyara esa acción.
Y como si estuviera en un mitin de disidentes, contaba sus penurias: “hostigamiento contra excolaboradores y compañeros de gabinete de los actuales, por automóviles de tipo policiaco; vejaciones a las secretarias de mi hermano, algunas de ellas de edad avanzada, para pretender presionarlas a declarar en su contra”.
Por esto último, insólito en un expresidente, informaba que la denuncia respectiva ya se encontraba en la Comisión Nacional de Derechos Humanos.
Redondeaba su breve aparición con palabras que sin ningún problema podrían acreditársele a su acérrimo adversario, Cuauhtémoc Cárdenas, en uno de sus discursos de cualquier tarde en el zócalo de la ciudad de México o de cualquier plaza:
“… terminaré diciendo que con calumnias no se me hará vivir de rodillas; con la verdad, el honor y la dignidad prefiero morir de pie.”
En una llamada al principal noticiario de Televisión Azteca, Hechos, Carlos Salinas había anunciado, a las 21:30 horas del jueves 2 de marzo, que iniciaría un ayuno.
Casi a la medianoche abordaba el jet privado que lo conduciría a Monterrey, Nuevo León, su estado adoptivo. Y a la una de la madrugada del viernes pedía posada.
De inmediato entabló contacto con el gobernador Sócrates Rizzo García, quien por encomienda del secretario de Gobernación, Esteban Moctezuma Barragán, serviría de puente. “Fue un trabajo estrictamente institucional”, aclaraba David Cantú, secretario particular del gobernador neoleonés.
Los primeros contactos entre el exmandatario y Gobernación se hicieron telefónicamente y en varias ocasiones durante el día.
En el transcurso de la mañana, a las oficinas de los medios de información llegaba un fax sin remitente informando que en la ciudad de Monterrey, a las 14:30 horas, Salinas de Gortari daría una conferencia de prensa.
Pasado el mediodía se filtraba la información del lugar exacto. El número 8716 de Fomerrey 111, colonia San Bernabé, Quinto Sector.
La casona de una planta, con paredes pintadas de verde pastel con franjas blancas, está próxima a las faldas del cerro de Topo Chico y enclavada en lo que hasta hace unos años era una más de las colonias marginales de Monterrey, cuyas calles, en los pasados cuatro años, fueron pavimentadas, alumbradas y restauradas con recursos del Pronasol.
Pues ahí estaba Salinas. Llegó en la madrugada y no se le vio abandonar el lugar. Sin embargo, alrededor del mediodía, sin saber cuándo había salido ni de dónde venía, entraba de nuevo en la casa que lo había albergado. No se le volvería a ver hasta pasadas las 15 horas.
En el patio de la vivienda le habían preparado un atril y un micrófono. Estaba pálido, visiblemente demacrado, con una camisa blanca y una camiseta del mismo tono debajo y enfrentó las cámaras de televisión y las grabadoras.
Se felicitaba de la bienvenida generosa. Agradecía a sus “paisanos” por el recibimiento que le hacían. La gente que lo escuchaba cabía frente a la vivienda.
Después de sus palabras, generoso, mandó decir que los reporteros podrían pasar al interior de la casa. Lo tendrían que hacer de diez en diez. Serían más de una decena de rondas.
Ya con chamarra café con borrega al cuello, Carlos Salinas recibía a los reporteros. A cada uno le preguntaba su nombre y el medio que representaba, y los conducía sin más preámbulo al lugar donde llevaba a cabo su ayuno: la recámara donde hasta la noche anterior dormían los hijos de doña Rosy.
–¿Quién le pidió que pospusiera unas horas…?
–Varias personas.
–¿El gobierno?
–Varias personas.
–¿Quién le está haciendo esta campaña de calumnias que usted ha denunciado?
–Platíquenme ustedes. Ustedes coméntenme.
–Señor…
–Dije que no iba a contestar preguntas.
–¿Su familia?
–Está bien. Hablé con mis hijos antes de tomar la decisión, antes de venirme para acá.
–Se ve usted más delgado. ¿Ha bajado de peso?
–Creo que sí. Un poco. Hace tiempo que no me peso.
–¿Por qué el ayuno?
–Porque creo que es una manera eminentemente moral de sostener principios y convicciones.
–¿Qué pretende lograr con el ayuno?
–Que se clarifiquen una serie de insinuaciones, de afirmaciones tan solapadas que se han dejado correr y diseminar, y de esta manera hay una cuestión de honor personal, pero también para resolver una situación que afecta a todos los mexicanos, que es la cuestión cambiaria.
–¿Cree que el gobierno le va a prestar atención?
–Ya prestó.
Interrumpía la conversación. “Bueno, ahora les toca salir. Luego los veo. Orale, por acá”, y Salinas conducía a la decena de reporteros hacia la cocina que llevaba al patio trasero y de ahí a rodear la casa para salir por la puerta principal.
–¿Habló con el gobernador Rizzo?
–Sí. Sólo expuso preocupación por mi salud. Hablamos por teléfono.
–¿Ha platicado con el presidente Zedillo?
–Después platicamos.
–¿A qué hora empieza el ayuno?
–Ya lo había empezado, pero lo pospuse por unas horas. Lo inicié a las 9:30 de anoche.
–¿La campaña contra usted de quién viene?
–Pues ustedes díganme.
–¿Duda usted de alguien?
–La… de algunos.
Y esquivaba el tema.
–¿Ha hablado con Zedillo?
–Bueno, ya me voy… Por este lado, por aquí por favor. Luego volvemos a platicar.
Rosa Ofelia Coronado permanecía cerca de él en todo momento. Contó cómo llegó Salinas a su casa, que tuvo que sacar camas y sillones, que está ayudando a Salinas “con mucho gusto, porque es una manera de regresarle algo de lo mucho que nos dio”.
–¿Le ha ofrecido algún cafecito?
–Nada, porque está en ayuno. Mire, mi alacena está vacía; mi refrigerador, desconectado, y la estufa, apagada.
Doña Rosy tenía en mente su récord. Ocho ocasiones, junto con otros miembros de comités de Solidaridad, había estado en Los Pinos “y siempre que fuimos a verlo nos recibió”.
Pasadas las 16 horas se suspendió la atención a los reporteros. Minutos después, un hombre que habló desde el mismo lugar donde lo hizo Salinas informaba que el expresidente iba a recostarse un rato y que ya no recibiría a nadie, que les aconsejaba que se fueran a sus casas a descansar, pero que si querían quedarse no había problema.
Sin embargo, a los cinco minutos del anuncio, Carlos Salinas se asomaba sonriente por la puerta principal. Estrechó rápidamente las manos de las mujeres de los comités de Solidaridad e hizo pasar al director general de los diarios El Norte y Reforma, Ramón Alberto Garza.
A las 17:30 horas, ante la sorpresa de curiosos y reporteros, salía nuevamente de la vivienda. Sin mayor preámbulo, subió a un auto que se encontraba estacionado junto a la casa de doña Rosy, se puso al volante acompañado por Ceja y enfiló hacia el aeropuerto norte de esta capital.
En otro jet, éste de un servicio de aerotaxis, pero también a cargo de Maseca, emprendería el vuelo hacia el Distrito Federal. Allá se harían las negociaciones. Continuaría los contactos ya iniciados telefónicamente con Moctezuma Barragán y el presidente Zedillo.
Proceso pudo averiguar que en la reunión nocturna del viernes intervendrían el exsecretario de Hacienda Pedro Aspe Armella y el exmandatario Miguel de la Madrid Hurtado.
Parecía que Salinas ganaba, al menos, el primer round.
Sin embargo, poco antes de las dos de la madrugada del sábado 4, se supo que a unas horas de haber abandonado la capital neoleonesa, regresaría para alojarse, nuevamente, en la casa de doña Rosy.