Jinetes en briosos caballos representando un torneo medieval, botes en forma de dragones y cisnes navegando por el lago del Bosque Chapultepec, antorchas, efectos de rayo láser, pantallas gigantes, cerca de cien artistas y cuatro escenarios logran hacer de El lago de los cisnes, interpretado por la Compañía Nacional de Danza (CND), un espectáculo dancístico único y sin precedentes en México.
Creado a partir de una síntesis del famoso ballet –se le reduce a una hora y media–, efectos de iluminación e incorporación de textos, el evento parece ser una de las pocas actividades artísticas exitosas en estos tiempos de incertidumbre y pesar.
Ballet dramático de cuatro actos, a partir del libreto de V. P. Begitchev y Vasily Geltzer, El lago de los cisnes se presentó por vez primera en 1887 en el famoso Teatro Bolshoi con coreografía de Julius Reisinger, y desde entonces ha sido el bombón de los principales bailarines del mundo como Alicia Markova, Margot Fonteyn, Peter Martins, Rudolf Nureyev, Alicia Alonso y Mikhail Baryschnikov, entre otros.
Para el famoso coreógrafo George Balanchine, el éxito del ballet estriba en la posibilidad de poder sintetizarlo en un solo acto sin perder el espíritu de la puesta completa. Así, su segundo acto es repertorio obligado en una buena parte de las principales compañías del mundo.
La historia de los amores entre Odette y Sigfrido, amenazados por la maldad del hechicero Von Rotbart –capaz de utilizar a su propia hija Odile para acabar con la fidelidad de los amantes–, es el marco perfecto para dar rienda suelta a escenarios con castillos, cacerías nocturnas de cisnes, fiestas en palacio y danzas de extraordinaria belleza, todo bajo el fascinante embrujo de la música de Piotr Ilych Tchaikowsky.
Alejado de cualquier tipo de realismo, el cuento describe a la heroína como una princesa nocturna, distante de cualquier tipo de terrenalidad y al héroe como a un príncipe, un tanto frívolo, que a través del amor logra encontrar la madurez. La fantasía por encima de todo.
Con 18 años en escena y llenos durante todas sus temporadas en la isleta del viejo Bosque de Chapultepec, El lago de los cisnes se ha convertido, con su historia y adaptación al aire libre, en el montaje perfecto para sensibilizar a todo tipo de público hacia la danza.
A pesar del elevado costo de los boletos (de 40 y 70 nuevos pesos más la “cooperación” obligada de diez nuevos pesos por estacionarse y la propina a los cuidadores), la puesta en escena no conoce crisis y hasta los videos se venden con gran facilidad.
Sin mayores pretensiones, errores en su sonorización original y con un grado de cursilería que se duplica debido a los melosos textos de Alejandro César Rendón, El lago de los cisnes es, a pesar de todos los peros, un garbanzo de a libra dentro de la danza mexicana, y se ha cristalizado en un clásico de un clásico.
Con renovado ímpetu, ahora bajo la dirección ejecutiva de Horacio Lecona Guízar y la atinada asesoría general de Carlos López Magallón, la CND merecería tener un impulso mayor que la llevara a aprovechar sus éxitos tradicionales, y le permitiera además la experimentación dancística en nuevos senderos.
Sometida a presiones externas, grillas en su consejo artístico y divisiones insalvables entre los propios bailarines, la CND se encuentra como siempre en una encrucijada, entre el abismo de la mediocridad o el remontarse como grupo de excelencia internacional.
La solución, sin embargo, no depende ni de los directivos, consejo artístico y bailarines de la CND sino de la voluntad política de los altos funcionarios del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes para percibir el enorme potencial artístico que tiene el ballet en México.








