Matones que limpian

Como un hálito aéreo que desciende para anunciar la gestación de una vida nueva, la cámara de Luc Besson aterriza –entre los edificios neoyorquinos– en un pequeño ristorante de la Pequeña Italia, frente a una taza de café, donde se le encarga un trabajo de “limpia” a un peligroso matón de lentes oscuros y corte a la “sardo”.
Podemos ver después que este hombre con alma de niño autista es capaz de sobrevivir a secuencias enteras musicalizadas por ametralladoras que “barren”, literalmente, con todo aquello que estorba. En la soledad es, sin embargo, un huérfano en un cascarón que se alimenta con dos litros de leche diarios, en clara alusión a los pechos maternos, que cultiva la vida de una planta aprisionada en una maceta –como si se bañara a sí mismo– y que ejercita sus músculos como quien da mantenimiento a un aparato. Su obsesión por la “limpieza” es ética. “No women, no children”, son leyes de todo matón profesional. Mata como quien barre. No hay un gesto, un sentimiento. No lo hace por dinero. Es un trabajo aséptico, y alguien lo tiene que hacer.
Un día León “le abre la puerta” –material y simbólicamente– a Mathilda, una niña de 12 años tan huérfana como él. Su familia, en el departamento de al lado, ha sido masacrada segundos antes por un agente de la DEA y narcotraficante de vida doble.
Mathilda se convierte en la ávida pupila de León, quiere aprender a “limpiar” para vengar la muerte de su hermanito de cuatro años. En realidad, la relación sirve para purificarlos a ambos. A él, le permite conectarse con sus emociones muertas: su amor pasa de los pechos de leche y de una planta pasiva a una mujer de pechos incipientes y vitalidad asombrosa. A Mathilda, León le “limpia” el recuerdo sucio de su sórdida infancia y la reconcilia con el mundo, con sus raíces –en el acto final de sembrar la plantita de León– y seguir su proceso de ser humano normal.
En El perfecto asesino (The professional, EUA, 1994), thriller de momentos aparatosos y matanzas hollywoodenses, Luc Besson manifiesta, como en Nikita, la aceptación de la violencia del cine comercial como una técnica para entender al ser humano. Es la aceptación de la violencia del narcotráfico y la corrupción como el hábitat natural de los mutantes que somos. Es el aire que respiramos. Sus personajes, como Nikita, tienen, sin embargo, una transpiración especial, y no pierden su sentido humano. En la medida que la película avanza, Luc Besson parece diluirse en los tiempos muertos, precisamente, los de disparos, “limpias” y matanzas, y algunas escenas falsas –como la niña “disfrazándose” de divas del cine– que no enriquecen la relación de esta pareja de parias más imposible que Romeo y Julieta, participando muy a su modo en las películas hollywoodenses.
Por suerte, Luc Besson se filma a sí mismo por primera vez en Estados Unidos, después del fracaso de La asesina, un remake gringo de Nikita. El Perfecto asesino es un matón con ética, un “limpiador” de malvados pero no en el sentido lineal del héroe de cine gringo sino en la contradictoria dimensión humana que obliga a la purga interna. En el proceso de asepsia, el matón debe morir porque el amor lo ha contaminado. Con todas sus concesiones, El perfecto asesino vale por su calidad técnica, la sensibilidad de Besson y la sorprendente primera interpretación de la pequeña Natalie Portman, la ternura expresiva del contenido León, Jean Reno, y la caracterización odiosa de Gary Oldman.