Una charla relajada con el escritor Joao Ubaldo Ribeiro, cuya obra refleja lo mejor de la literatura brasileña en décadas

RIO DE JANEIRO.- Autor de algunos de los más exitosos y significativos libros brasileños de las últimas décadas, Joao Ubaldo Ribeiro avisó a los amigos, en la primera semana de 1995: “no me llamen por teléfono, no me busquen, no me inviten a nada, no me manden mensajes”. Es que él empezó un nuevo libro, y para tanto decidió refugiarse en su propia casa.
Joao Ubaldo Ribeiro nació en Bahía, en 1940. Desde su estreno, con la novela Sargento Getúlio, en 1971, pasó a ser considerado, más que una promesa, uno de los autores más importantes y expresivos de la literatura contemporánea de Brasil. La parte más consistente de su obra fue publicada en español por Alfaguara; además de Sargento Getúlio están Viva el pueblo brasileño y La sonrisa del lagarto; también, dos libros infanto-juveniles, Vida y pasión de Pandonar, el cruel y La venganza de Charles Tiburón.
El escribe en un horario absolutamente peculiar, sobre todo cuando se toma en cuenta la proverbial pereza de todo brasileño nacido en Bahía: despierta antes que el sol y trabaja con un sentido prusiano de disciplina. Por supuesto, lo niega: dice que el horario de los demás es extraño, y se considera tan indisciplinado como cualquier otro bahiano. Ningún otro escritor brasileño, que se sepa, se dedicó durante meses, ininterrumpidamente, a traducir al inglés un libro de casi setecientas páginas –su Viva el pueblo brasileño, publicado por la Harper & Row en 1984–. Es aún más grave saber que –si no fuera por el tamaño– no se trataría de una experiencia inédita. El mismo había traducido al inglés, para la Avon, su novela Sargento Getúlio.
Miembro de la Academia Brasileña de Letras, su obra fue traducida a más de dos docenas de idiomas y, en algunos países, como Alemania, es uno de los autores latinoamericanos más leídos y estudiados. Pero ha sido en Suecia –para Ubaldo, un país absolutamente imprevisible– donde él se convirtió en un fenómeno editorial:
“Sólo lo pude creer realmente cuando recibí el cheque correspondiente”, esclarece el autor.
Italia, Francia, Dinamarca y los países de habla castellana también forman parte de sus lectores asiduos. Acido y bien humorado, inquieto e ingenioso, Joao Ubaldo Ribeiro reconstruye, en sus textos, una visión extraordinaria sobre Brasil. Sin perder, en ningún instante, su característica de autor extremadamente personal, él refleja en su obra la síntesis de lo mejor que produjo la literatura brasileña de las últimas muchas décadas.
Además de ser un lector insaciable, Joao Ubaldo Ribeiro tiene otras manías. La más peculiar de todas tal vez sea su interés por ciertos aspectos de la zoología, que logró convertirlo en un tipo de especialista en temas que normalmente sólo interesan a los profesionales. Es capaz de hablar durante horas sobre escorpiones o escarabajos, lagartos y mariposas, o sobre la evaluación genética de los batracios.
Antes de enclaustrarse para su nueva novela, aceptó mantener una larga charla sobre el oficio, en el departamento donde vive, en el barrio de Leblon, en Río, y que le renta otro bahiano de inquieta pereza, el compositor Caetano Veloso.
–¿Escribir es un acto placentero?
–Bastante. Estoy en una etapa conturbada de mi vida, en la cual ciertos ideales me parecen ridículos, ideales personales, metas de vida… Entonces, escribir se convierte en algo aún más placentero que lo normal.
–¿Que ideales le parecen ridículos?
–Recuerdo un viejo proverbio del noreste brasileño: “la vida es una cucaña con un billete falso allá arriba”. Recuerdo también que cuando tenía veinte años de edad solía ir a la casa de Jorge Amado, allá en Bahía, y mirar sus cosas… Yo había escrito Sargento Getúlio, y me quedaba pensando: `El día que tenga mis libros traducidos a varios idiomas, como Jorge, no voy a querer más nada de la vida’. Cuando salió mi primer libro traducido, me emocioné mucho. Pero después uno va viendo todo de modo cada vez más relativo… El escritor nunca sabe realmente –sin contar las rarísimas excepciones– si quien leyó algo suyo tuvo una buena opinión, se emocionó… No se ve la reacción de la gente, ¿comprende? Por ejemplo: estoy leyendo un libro, se lo paso a mi mujer, nos emocionamos mucho, nos conmovemos… ¿pero cómo el autor se va a enterar? Nunca se entera. A veces aparece alguien y dice: “leí su libro, me conmovió profundamente”. ¿Y sabe lo que pasa? Me emociono, y la persona se queda pensando que es una perfecta idiota, no lo cree, piensa que yo sabía que ella se había conmovido, como si fuera un efecto obvio, natural…
–Usted vive exclusivamente de lo que escribe. ¿Escribir es un oficio o una profesión?
–Encaro lo que hago como un oficio. Reivindico el derecho de ser tratado como un escritor profesional. Cuando me siento para escribir, estoy trabajando. No importa si lo que va a surgir es una crónica, un cuento, parte de una novela o un ensayo. No creo que exista una clasificación cualitativa.
–Sería como un ebanista que de repente hace una mesa, en otro momento hace una estantería, siempre manteniendo su oficio.
–Creo que sí. Modestamente, por mediocre que sea, domino ciertas técnicas de redacción, de mi oficio. A veces, llego a sentir que soy bueno en este oficio. Soy un escritor que cuenta cosas, pero soy también un redactor. Incluso cuando me pongo a trabajar como redactor, me resulta imposible separar el aspecto emocional. Trato de cargar las baterías del redactor, pero él nunca trabaja solo.
–¿Su caso es el mismo de aquellos escritores que padecen de la compulsión de reescribir varias veces el mismo texto?
–¡Ah, con toda seguridad! Y padezco también la compulsión del texto limpio, la página sin ningún borrón, sin ninguna corrección. Eso en realidad es mucho más común de lo que parece. García Márquez es, tal vez, el más famoso de los que tienen esas manías. El dijo cierta vez que, cuando cometía un error, escribía toda la página de nuevo, para que nadie se diera cuenta de que él había preferido una determinada palabra en lugar de otra. Yo también era así. La computadora nos resolvió ese problema. Es que una corrección termina siendo algo muy íntimo. Me gusta leer lo que escribí después de estar impreso. Pero lo paso en limpio, del comienzo al fin, y las correcciones terminan transformadas en secretos de alcoba.
–A ejemplo de casi todos los escritores, también tendrá su propia rutina de trabajo. ¿Cómo es ella?
–Bueno, siempre creí que la rutina de ciertos escritores es un tanto absurda. La mía es absolutamente normal. Me levanto todos los días, invariablemente, a las cuatro y media de la mañana. Nunca supe por qué lo hago, pero es así, es natural. En una ciudad como Río, mi vida es la de un desajustado social… Mis editores, por ejemplo, nunca llegan a la oficina antes de las once de la mañana, los bancos abren a las diez… En la isla de Itaparica, en Bahía, donde viví muchos años, golpeaba la puerta del banco a las seis de la mañana, y alguien gritaba de adentro: “es Joao Ubaldo, que quiere dinero”. Eso sí, es vida civilizada…
–¿Y cómo es la división de su jornada de trabajo?
–Bueno, en ese apartamento donde vivo, tengo las plantas en la terraza. Entonces, empiezo el día mojando las plantas.
–¿No va a la playa temprano, en la mañana?
–¡Jamás! Odio la playa. Conozco algunos escritores que tienen el hábito de caminar por el borde del mar, bien temprano. Prefiero escribir; si camino, me canso. Entonces, es así: mojo las plantas y voy a trabajar. Hasta las once, escribo. Tengo mi jornada de trabajo de cinco a once. Luego, voy a beber algo. Si trabajé bien, me doy ese premio. Si no trabajé bien, me lo doy igual, pero con un remordimiento atroz…
–¿De cinco a once, escribe, directo?
–No siempre. Depende, desde luego, de lo que esté haciendo. Pero es siempre algo placentero y complicado. Una novela, por ejemplo, sólo comienza después de que yo tenga el título. Es del nombre del libro que el libro nace. ¡Qué sé yo, esas cosas no tienen explicación!
–Es un viajero eterno, que ha vivido en ciudades tan distintas como pueden ser Itaparica y Los Angeles, Salvador de Bahía y Berlín, Río de Janerio y Lisboa. ¿Después de tanto andar, dónde quedaron sus raíces más profundas?
–No lo sé. Es curioso: llegué inclusive a escribir sobre eso. No me gusta viajar, no me gusta salir de mi casa. Pero de vez en cuando me viene aquel impulso aventurero, y allá voy. En todo caso, trato siempre de quedarme en la aventura casera. Ir hasta la esquina, caminar hasta la calle siguiente, entrar en pequeñas tiendas, en los negocios del barrio, mirar qué hay para vender, ese universo de los botones, las ollas, las lámparas de distintos formatos, abridores de botella… Entro en los negocios más locos y miro todo con ojos de especialista. Nací en la casa que era de mi abuelo, en Itaparica, y mucho después, ya adulto, volví a vivir en la misma casa… Mi vida es llena de cosas raras. Para que veas, vivía en Berlín, pero en el día de la caída del muro, estaba en Colonia, no vi nada, ni siquiera por la televisión. Supe al otro día, por los diarios.
–Dijo, cierta vez, que toda experiencia vivida termina transformándose en literatura. ¿Todavía lo cree?
–Con toda seguridad. La vida es nuestra mejor materia prima; la realidad, lo cotidiano son nuestra mejor fuente. Vivimos un mundo demasiado loco, y esa locura nos acosa, pero a la vez nos nutre en cuanto a escritores. No soy de los escépticos sin remedio, creo en utopías que se renuevan. Además, el ser humano dispone de un instrumento absolutamente increíble: el cerebro. La humanidad es una especie primitiva, que corre el enorme riesgo de extinción. Si usa el cerebro, la capacidad de pensar, podrá salvarse. No podemos seguir como los imbéciles de siempre. Ese riesgo de extinción empavorece a todos; vivo sufriendo etapas de perplejidad, pero a la vez es materia prima. Creo en el ser humano. Me niego a creer que el ser humano debe tornarse una hiena, traicionar, mentir, devorar el cadáver de su semejante y de todos los seres vivos para mantenerse en el dominio de las cosas materiales. ¿Ves? De todo eso nace lo que escriben los escritores. Del asombro, de la perplejidad, de la fe en el hombre…