El arrebato

En ese bello y sugerente Corral de Comedias “Rodolfo Usigli”, junto al Teatro Coyoacán y con el apoyo generoso de la Sogem, acaba de iniciar su vida El Arrebato, una sociedad cooperativa de teatreros que se propone crear un espacio teatral alternativo, a través de una compañía de repertorio que se dedicará sólo a la representación de farsas.
Sus fundadores pudieron haber escogido otros géneros, como la tragedia, tan vigente; el melodrama, tan mexicano; o la pieza, tan contemporánea. Pero no: escogieron la farsa porque consideran que es el instrumento más eficaz para desentrañar y glosar los problemas de nuestro país. Se proponen hacer un teatro antisolemne, ágil y alegre, que al mismo tiempo sea crítico y transgresor.
Se trata de un proyecto de teatro independiente que quiere alejarse, según su declaración de principios, del teatro “comercial” (que en sí mismo no es tan despreciable, pues constituye una fuente de trabajo y entretenimiento) y del teatro “culto” (que tampoco es deleznable, dado que propicia la experimentación y la búsqueda), y se propone recuperar el espíritu de la compañía de repertorio. Se extrañan estas compañías de múltiples ofertas, como alguna vez lo fue el Centro de Experimentación Teatral que dirigía Luis de Tavira en El Galeón o como lo es actualmente el grupo independiente Contigo América.
Para iniciar sus actividades, El Arrebato acaba de estrenar dos de las ocho obras que se propone montar este año, Secuestros mexicanos, de Silvia Cruz, dirigida por Julián Pastor, generador e impulsor del proyecto, y El pecado de tu madre, de Sabina Berman, bajo la dirección de Carlos Haro, dos obras muy diferentes entre sí, aunque las una el mismo género. La formula parece, a simple vista, acertada: un director experimentado en la farsa como Julián Pastor dirigiendo un texto de una nueva autora, y un nuevo y joven director dirigiendo un texto de una excelente y madura dramaturga como Sabina Berman.
Secuestros mexicanos es una extraña farsa de estructura irregular, de un humor más que negro, difícil de interpretar por actores no muy experimentados, que cuenta una alocada historia: Miranda, hija consentida de un matrimonio burgués, se aburre tanto, que se suicida, pero resucita cuando Cretino, el chofer, trata de violar su cadáver; entonces, decide convertirse en secuestradora de perros de gente rica, pero se enamora de un pastor alemán llamado Alcibíades y decide casarse con él, ante la oposición de sus padres. Hay un final casi feliz: Cretino se convierte en judicial, la madre se suicida y Miranda termina contándole cuentos a su amado.
La obra de Sabina Berman, que hasta su estreno era conocida como El amor existe, es otra cosa. Texto fino, bien construido teatro del absurdo, constituye una inteligente y festiva parodia de las telenovelas mexicanas: un joven ciego que se enamora de la criada que le devuelve la vista, un viejo jardinero que resulta ser un príncipe de Mónaco, una madre ambiciosa que le vuela el novio a la hija y decide casar a su hijo ciego con una mujer de su misma clase para alejarlo de la criada y el gran secreto, la revelación acerca de quién es el verdadero padre de sus dos hijos.
Las dos obras cumplen algunos de los propósitos de El Arrebato: hacer un teatro ágil, alegre, antisolemne, irreverente, pero ninguno de los dos textos aborda de manera crítica y cáustica los problemas de nuestra sociedad, una de las constantes de la farsa. En el montaje de Carlos Haro, se conserva intacto el texto original, los nombres telenovelescos de los personajes, pero se pierde la fina ironía que caracteriza la obra de Sabina por un problema de estilo. Los actores representan y demuestran el género, pero no lo actúan, salvo Alejandra Vicencio, actriz universitaria que sabe cómo abordar el difícil género de la farsa, que no es chacota ni simple exageración de formas.
Siempre serán bienvenidas las compañías teatrales como El Arrebato, que pretendan un teatro diferente, divertido, inusitado. Surge esta compañía en la semana, el mes y el año más difícil de nuestra economía y nuestro entorno social, las tasas de interés se disparan y encarecen la vida, aumenta el desempleo, se empequeñece el peso y la gente necesita comer y no puede ir al teatro.
La larga experiencia de Julián Pastor en el teatro de cabarete (recordemos sus exitosas temporadas en El Guau), la pasión de este grupo de actores, escritores y directores y las próximas obras de Alejandro Licona (Sólo para ardidos y El rapto de la señora Cooper), de Sabina Berman (Fuera de control), de Mauricio Peredo (Like hombre), de Aletze Toledo (Pinche amor) y dos nuevos textos de Malú Huacuja y Silvia Cruz son los mejores augurios y antídotos para construir una nueva alternativa teatral en época de crisis.
Por lo pronto ahí están, en Eleuterio Méndez y Héroes del 47, por el rumbo de Coyoacán, estos osados teatreros emprendiendo su aventura.