En 1994 Richard Kostelanetz –a quien se deben libros excelentes acerca de John Cage (1912-1992)– llevó a cabo una tarea digna de elogio, fácilmente equiparable al logro que implicaron sus tareas precedentes: la antología Nicolas Slonimsky, los primeros cien años, destinada a celebrar el centenario del nacimiento del musicólogo estadunidense de origen ruso, a quien cabe asumir como el primer lector ávido de tal compilación.
Slonimsky nació el 27 de abril de 1894 en San Petersburgo. En la actualidad reside en Los Angeles, donde continúa sus tareas con la misma eficacia e intensidad que le han caracterizado a lo largo de sus 100 años de existencia. Y, según parecen indicar las evidencias, pronto celebrará su aniversario 101.
Por una razón u otra la tentativa de reseña acerca del libro de Kostelanetz, destinada a aparecer en estas mismas páginas durante 1994, fue pospuesta por el redactor aquí confeso. Ahora en la vecindad de una nueva fecha memorable para Slonimsky, se deja constancia aquí de sus excelencias: agilidad, riqueza de vocabulario, colmillo, actitud festiva y precisión. Entre sus libros más célebres, donde despliega el fértil espectáculo de su talento, se cuentan: Oído absoluto (de carácter autobiográfico, 1988); Música a partir de 1900 (1937-1993); Diccionabulario (Lectionary) de la Música (1989), así como Una cosa o dos sobre música (1948).
Sin embargo, el de mayor reputación –muy merecida– reside en Vocabulario de la invectiva musical: compilación deliciosa de insultos, publicados en diversas críticas a través del tiempo; dirigidos a los elementos novedosos de la creación en innumerables creadores sonoros. Como tantas veces se ha puesto de relieve al reseñar esta constelación envidiable –producto de tanta agudeza como paciencia–, tales argumentos tienden a reiterarse en cada época: falta de melodía; caos sonoro; complejidad excesiva; búsqueda de artificios que hacen impenetrable el lenguaje del compositor respectivo; ruptura arbitraria con las normas santurronas de la tradición; alaridos en las voces de los cantantes, están entre los más socorridos. Se integra así un documento de regocijo codiciable, pues ahí la estulticia, falta de agudeza, superstición patriarcal y culto enfermizo al pretérito resplandecen en toda su grotesca magnitud.
Resulta indispensable asimismo señalar la importancia de Música en América Latina (1949), donde con una perspicacia devastadora y hondo conocimiento Slonimsky exploró un territorio hasta entonces poco frecuentado. Sin ser el primero ni el mejor de los tratadistas que se han ocupado del tema, Slonimsky ostenta credenciales de particular solvencia, al haber dirigido –por ejemplo– el estreno mundial de Energía (1925), de Carlos Chávez (1899-1978), en París, el 15 de junio de 1931.
Entre los atributos más notables de Slonimsky está la tenacidad para verificar fechas de nacimiento o muerte de los personajes enmarcados en alguna ficha redactada por él, destinada a un diccionario. Lo mismo si se trata de caracteres sumamente oscuros –de séptima fila, por decirlo así– que de algún compositor más o menos importantón como Cherubini (1760-1842). En razón de tales pesquisas meticulosas, así como su conocimiento (ya apuntado aquí) de los músicos latinoamericanos, no deja de resultar una paradoja que en la antología de Richard Kostelanetz se deslice un error a propósito de Carlos Chávez, dado que su ballet HP (1926-27) aparece como Poderes de caballo, en seudotraducción a un español imaginario y subliminalmente alburero. Por supuesto, el título usado habitualmente para dicha partitura es Caballos de vapor.
Salvo este pequeño tropiezo (así como el humor involuntario consiguiente) tanto Kostelanetz como su antologado merecen un reconocimiento amplio y entusiasta, en razón del volumen publicado para celebrar el centenario del sarcástico incansable Nicolas Slonimsky: el único músico que puede relatar sus recuerdos entrañables a lo largo de un vasto recorrido que abarca en sus extremos –no sólo cronológicos– a Aleksandr Scriabin (1872-1915) y Frank Zappa (1940-1994).








