En la II Bienal de Monterrey de pinturas, esculturas e instalaciones, inauguradas el 15 de diciembre de 1994 en el Museo de Monterrey, la pintora, dibujante, escultora e instaladora Laura Anderson (ciudad de México, 1958) participó con la escultura Este es mi cuerpo y con la instalación Música para 27 almas sonámbulas. Para las dos obras había utilizado objetos de uso habitual en grupos tribales, tanto de los yanomamis de Brasil como de otros de Nueva Guinea, la India o Corea. Laura Anderson ha tomado esos objetos como materiales para combinaciones y ensamblajes, sin proponerse rescatar o desentrañar funciones originales.
Para juzgar el resultado final no cuenta el que tales cosas hayan sido adquiridas en algún mercado de la selva amazónica o en una tienda de curiosidades en Nueva York o en Berlín. Semejante sería la finalidad estética si usara para sus trabajos trozos de madera, piedra o lámina virgen. Aunque no puede soslayarse el deliberado deseo de la autora de transmitir, a través de la mezcla de frutos de artes primitivas, una cierta sensación de ritualidad o hechicería.
Bastará recordar la gran aventura emprendida entre 1957 y 1970 por la fotógrafa suizo-brasileña Claudia Andújar (la primera que convivió con los indios yanomamis para divulgar sus caracteres físicos, su entorno, sus hábitos, su elegancia y su orgullo humanos), para entender que el abordaje de lo arcaico es en Laura Anderson de sentido individual y subjetivo, quizá con una cierta confabulación etnográfica. Con este sentido fue organizada la instalación Música para 27 almas sonámbulas. En un piso de hojas de 3 x 3 metros se colocaron esculturas como las arriba descritas, otras pendían de hilos, una grabadora reproducía sonidos selváticos, mientras dos pelotas mecánicas serpenteaban con sorprendente vitalidad. La media luz del ambiente hacía difícil retener cada una de las tantas partes de aquella instalación que al ser desbaratada pasaría a integrar la exposición de veinte esculturas titulada Tristes trópicos, inaugurada el 15 de febrero en la galería Juan Martín. Sólo una de las 20 piezas, Secreto a voces, no formó parte de la instalación de Monterrey.
¿Qué razones habrá tenido Laura Anderson para convertir una “música para almas sonámbulas” en Tristes trópicos? Creo que no las podría ofrecer ni en el terreno poético ni en el artístico. Si es por conveniencia o comodonería, muy en su derecho; aunque hay procedimientos que denotan rigor y celo por el propio trabajo y otros una cierta liviandad. Además, el conjunto que está en la Juan Martín no transmite tristeza de trópico alguno.
También es hora de cuestionar la manera de poner los créditos en las cédulas. De Testigo de la selva se dice que está hecha de madera, fierro, mecate y mimbre. ¿No sería más honesto y sugerente precisar que el fierro es una vieja espada procedente de X y que la madera son dos cucharas que se usaron en Z para esto o para aquello? Sólo en tres casos tuvo Anderson el cuidado de precisar procedencia: semillas de Nueva Guinea, madera pintada hindú, brazalete y plumas yanomamis.
Los datos precisos provocarían que sus piezas se situaran en un sincretismo que no perderían encanto y sí destacaría el ingenio, la inventiva, la sensibilidad y la fantasía de Laura Anderson en la operación de reciclar objetos buscados (no encontrados al azar), objetos que responden a un claro y muchas veces repetido acto de apropiación. Se repiten cencerros, cepillos, peines, cucharas, corcholatas oxidadas y aplastadas, flechas, palos tallados, brazaletes, semillas, plumas… Son esos materiales heterogéneos, siempre primitivos, los que sostienen y alimentan su impulso de transformación.
Es evidente que Laura Anderson sustenta su trabajo en una conceptualización global, aunque en cada pieza prepondere la descarga emocional y la improvisación.
En estos días (febrero 7-marzo 4) Laura Anderson expone con el título común de La piel de la Tierra (The Earth’ skin), en la In Khan Gallery de Nueva York, cuatro esculturas, un dibujo, una pintura y una instalación. Estas piezas, junto con otras, podrán verse entre el 23 de marzo y el 9 de julio próximos en el Museo de Arte Moderno de Chapultepec. Será una buena oportunidad para insistir en la ética del arte que proviene de recolecciones y a la vez establecer las claras diferencias conceptuales que existen entre los ready-mades introducidos por Marcel Duchamp en su fase dadaísta los objets trouvés ensamblados por Kurt Scwitters y el reciclamiento nigromántico de elementos premeditadamente tribales. El análisis de la forma es diferente porque no siempre se llega a la etapa de las transformaciones. Y esto último es lo que practica la inquieta e inquietante Laura Anderson.








