Esta semana cumple su primer trimestre el sexenio que se inicia; buena ocasión para intentar un balance tentativo que involucra necesariamente, para la objetividad y la búsqueda de los saldos justicieros, el corto tiempo transcurrido.
Chiapas, el polvorín, no está resuelto, pudiera afirmarse que tiempo y manejo lo complican. Durante estos tres meses, diciembre-febrero, sobrevinieron datos que cambiaron dramáticamente planteamiento y perfil. El ejército mexicano retomó los municipios que a partir de enero de 1994 habían quedado en poder del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN). El presidente de la República justificó la acción en el cumplimiento de sus obligaciones de preservar la soberanía, que incluye la integridad del territorio. Adicionalmente, el gobierno encomendó a la Procuraduría General de la República, y al ejército como coadyuvante, la tarea de aprehender a los cabecillas zapatistas y en el cumplimiento de la orden fueron encarceladas aproximadamente 15 personas que incluyeron, en la versión oficial, a militantes destacados de la rebeldía o de la insurgencia. Quedaron pendientes las órdenes para capturar al subcomandante Marcos y a sus seguidores más convencidos y cercanos.
El EZLN, después del “rescate del territorio” prácticamente sin resistencia, buscó refugio en el santuario de la selva y hasta hoy allí permanece en condiciones desesperadas por falta de techo, comida, abrigo y comunicación. Las órdenes de aprehensión cumplidas, las que faltan y que en insistente versión oficial no han sido canceladas, el acoso y la persecución son ingredientes que lastiman y deterioran los escenarios para la reanudación del diálogo y la búsqueda del entendimiento. Adicionalmente, en anuncio sorpresivo por inesperado, el gobernador de Chiapas solicita licencia para retirarse de su cargo, y en San Cristóbal de las Casas la catedral es apedreada por la intolerancia que pide el retiro del obispo Samuel Ruiz García. El asalto está saturado de odio, rencor, encono, revancha, que bloquean los esfuerzos pacificadores.
Todos estos datos dan certidumbres de que la paz en Chiapas está hoy más distante que en la aurora del sexenio, y en visión descorazonadora puede afirmarse que las acciones realizadas por el gobierno en su primer trimestre han acumulado sombras que difieren el encuentro de la paz iluminante, generosa, justa y duradera.
En los escenarios de la economía, la devaluación de diciembre ha desatado una tormenta que hasta hoy no disminuye en aceleración, intensidad y escalada. Los datos esenciales han sufrido deterioros sin precedentes en la historia del cuarto de siglo –cuatro sexenios– cuyo signo de ocaso ha sido la presencia de crisis aniquilantes. La inflación acumulada de enero y febrero ya supera la anualizada de 1994 y vuelve imposible el pronóstico del gobierno, expresado después de la devaluación, de cerrar 1995 con 19% de inflación. Las tasas de interés alcanzan niveles desoladores, los Cetes ofrecen rendimientos de 53% y los bancos cargan a sus clientes intereses que fluctúan, según el sapo la piedra, entre 80% y 90%.
Así, el crédito escaso y caro ejerce una acción paralizante sobre la economía; ahoga hasta la muerte a las industrias pequeñas y medianas; lleva a números rojos a los imperios industriales; eleva el desempleo a niveles que el Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática, vocero del gobierno siempre optimista y triunfalista, reconoce que no tienen precedentes; atiza el repunte inflacionario; en fin, un país sin acceso al crédito queda en la frontera misma de la muerte por inanición.
En otros escenarios, la Bolsa Mexicana de Valores continúa su tendencia acelerada hacia el descenso; el dólar, sujeto a la libre fluctuación, ofrece una tenaz resistencia a la baja y se mantiene en niveles muy cercanos a seis nuevos pesos.
En contrapartida, después de arduas y perseverantes negociaciones, se logró integrar el paquete de préstamos que acerca ya a 50,000 millones de dólares que se dicen suficientes en su monto y en su flujo para revertir las tendencias negativas que acosan la economía en su conjunto.
Para seguir en la economía, el tiempo transcurrido a partir de la devaluación, dos meses ya cumplidos, 60 días cargados de malas noticias, ayunos hasta hoy de buenas y esperanzadoras nuevas, llevan a la desesperación.
En el denominador común, la pregunta universal es la misma: ¿hasta cuándo? La impaciencia resulta creciente y los signos de angustia, frustración y fatiga conducen fatalmente a la desesperanza y la desesperación.
Hay un dato indicador: los hombres de la fortuna, siempre tan obsequiosos y sumisos frente al poder, ordenan a sus prestanombres o voceros que deslicen, cuidadosos y modositos, crítica, inconformidad y censura.
En los escenarios de la política, el primer trimestre del sexenio registra un dato alentador. En Jalisco, las elecciones realizadas en febrero reciente para la renovación de gobernador, diputados locales y ayuntamientos se efectuaron en orden y paz, la votación se situó muy cerca de 70% de los empadronados, el Partido Acción Nacional se anota una victoria impresionante, el Revolucionario Institucional la reconoce, las instancias calificadoras dan testimonios incuestionables de neutralidad, los resultados no quedan sujetos a cuestionamientos poscomiciales, se perfila claramente un bipartidismo regional y, en alegría esperanzada, puede afirmarse que los procesos en Jalisco deben ser ejemplo para repetirse en dimensión nacional.
Hay un dato adicional. En la intención del voto quedó la evidencia del castigo, de la censura y de la advertencia, el pueblo manifestó en paz sus deseos de cambio y envió al gobierno el claro mensaje de la urgencia democratizadora. Más allá de la victoria partidaria, quedó claro el testimonio de un pueblo, el de Jalisco, que buscó y encontró en la paz y en el derecho los caminos para expresar su voluntad de construir sobre los sufragios los escenarios pacificadores y fértiles que propicien el diálogo, la concordia, el entendimiento y la reconciliación.
Y puede ser para el EZLN y sus protagonistas lección y referencia para dar cauce rectificador a sus legítimas exigencias de paz, justicia y libertad.
Así, en brochazo, ha transcurrido el primer trimestre del sexenio. Conviene recordar que el tiempo es corto para el juicio precipitado o demoledor, pero suficiente para el testimonio del liderato que aliente confiadas certidumbres en el dominio del oficio de la gobernación, en la capacidad para pacificar las tormentas, en la lucidez para fijar objetivos y alcanzarlos, en la habilidad para conciliar discrepancias y en la fortaleza para dar cauce generoso al río de virtudes ciudadanas que anidan en el corazón de los mexicanos.








