El gobierno de Estados Unidos entró al rescate de los intereses de los inversionistas de aquel país atrapados en las mentiras del gobierno de Salinas y, para ello, de ofrecer un aval por 20,000 millones de dólares, pasó a otorgar de hecho un crédito por la misma cantidad con la garantía del petróleo mexicano.
No hay precedentes en la historia de la relación económica entre los dos países de un apoyo financiero de tal envergadura. El gobierno mexicano se comprometió a cumplir severas medidas de austeridad exigidas en el convenio con el Fondo Monetario Internacional (FMI) para satisfacer la demanda estadunidense de restaurar la confianza de los mercados y, según los neoliberales, recobrar la capacidad de crecimiento de la economía mexicana.
Entre las medidas de austeridad, destaca reducir el gasto del gobierno para alcanzar un excedente del medio por ciento para 1995 y aplicar una dura política monetaria con un crecimiento negativo (decremento) en la oferta monetaria real.
De los 20,000 millones que constituyen el crédito total provenientes del Fondo de Estabilización Cambiaria del Tesoro, 10,000 quedarán disponibles entre el 21 de febrero y el último de junio, “siempre y cuando México cumpla las condiciones acordadas”, comportamiento que será vigilado muy de cerca por los acreedores.
El secretario del Tesoro, Robert Rubin, informó que 3,000 millones de dólares serán entregados el día en que entre en vigor el acuerdo y que el resto quedará disponible “conforme se vaya necesitando y en etapas”, con base en los mismos términos y condiciones. Precisó que la ayuda depende de la determinación de México y del banco central de seguir cumpliendo las políticas acordadas con el FMI, que incluyen la disminución de la oferta del crédito interno, proporcionar informes “oportunos y transparentes” sobre operaciones financieras y continuar la privatización de las empresas del Estado.
El secretario de Hacienda y Crédito Público, Guillermo Ortiz Martínez, explicó que el aval petrolero que ofrece México “no constituye una garantía ni otorga derechos sobre los activos de Petróleos Mexicanos, mucho menos concede al gobierno estadunidense injerencia en el diseño o implantación de las políticas petroleras”.
Sin embargo, uno de los cuatro contratos firmados para obtener la línea de crédito de 20,000 millones de dólares establece el mecanismo mediante el cual México deberá canalizar los recursos provenientes de las exportaciones de petróleo para garantizar el pago de sus obligaciones en caso de incumplimiento. Los pagos de sus clientes en el extranjero por concepto de exportaciones de petróleo crudo y derivados deberán hacerse en un banco de Estados Unidos, al cual instruirá Pemex, “de manera irrevocable”, para que esos recursos sean transferidos a una cuenta del Banco de México en la sucursal de la Reserva Federal en Nueva York.
Ortiz Martínez expresó que mientras el gobierno de México se mantenga al corriente de sus pagos, conserva “plena e irrestricta disponibilidad” sobre dichos recursos. Lo que no explicó, ni parece que pueda hacerlo, es cómo se puede disponer de un dinero que debe estar en depósito para garantizar al gobierno de Estados Unidos que si México no paga, él haga uso de ese fondo para cobrarse. Se trata, según las apariencias, de una venta a futuro del petróleo mexicano.
Pemex ha disminuido sus reservas sistemáticamente desde hace años. A partir de 1987, cuando eran de 70,000 millones de barriles de petróleo crudo equivalente, han bajado a 65,516 en diciembre de 1993, según el último informe de labores de la empresa. Es decir, se han perdido 5,484 millones de barriles, 783 millones de barriles cada año. Hay que decir que la exportación anual total en 1993 fue de 488 millones de barriles, por cuya venta ingresaron en el país 6,636 millones de dólares. A Estados Unidos se exportan 881,000 barriles diarios, 322 millones al año, que a 13.6 dólares por unidad, produjeron en 1993 la cantidad de 4,380 millones de dólares.
Con la línea de crédito de 20,000 millones, sin considerar los intereses –que serán de 9% anual–, estamos comprometiendo la venta de petróleo a Estados Unidos por casi cinco años. Se piensa, por supuesto, pagar el crédito con otros bienes. Pero se trata, como siempre, de buenas intenciones. Hace seis años se decía que la deuda externa se reduciría con el plan que Carlos Salinas ponía en marcha. El resultado dramático de los seis años de política fondomonetarista es que en una sola operación México está endeudándose con 51,000 millones de dólares, ya que los 20,000 millones no son sino una parte del total solicitado y aprobado.
Se nos dice también que la deuda pública de México no crece, que se cambia deuda interna por externa. Los Tesobonos se convierten en deuda en dólares y buena parte de este crédito garantizado con el petróleo servirá para cubrir los Tesobonos que se vencen en los primeros seis meses del año. De hecho ya se han pagado los correspondientes vencimientos de los dos primeros meses. De esa manera, la deuda externa crecerá abruptamente en este año, sólo a causa de los Tesobonos, 30,000 millones de dólares, que es el valor de esos documentos que fueron emitidos en moneda nacional, pero indexados al tipo de cambio de dólares en el momento de hacerse efectivos.
El apoyo a las empresas privadas que tienen deudas en dólares y a la banca privatizada hace que la deuda externa total ronde los 160,000 millones de dólares, la más alta per cápita de Latinoamérica y en términos absolutos. ¡Cada mexicano nace ahora con una deuda de 1,890 dólares! No es sólo deuda externa, es deuda eterna.
A pesar de que se dice en todos los tonos que el paquete financiero que Clinton ha logrado para México, que suma 50,759 millones de dólares, permitirá al país superar la difícil situación económica en que lo dejó el mago de la política neoliberal Carlos Salinas, mago en el arte de hacer transferencias de los recursos de la nación a su bolsa y a la de sus amigos, los primeros indicadores de la economía revelan lo contrario. Al conocerse la firma del acuerdo, la bolsa de valores cayó 4.92%, las tasas de interés tuvieron un repunte y el dólar volvió a subir. El mercado bursátil acumula en lo que va del año, menos de dos meses, 29.3% de baja.
Los inversionistas pensaron que de las reuniones en Washington de Ortiz Martínez y Rubin iba a salir una definición sobre el tipo de cambio, lo que al fin no llegó. Y los patos que volaron del lago al disparo de la devaluación en diciembre y que se llevaron sus depósitos de la bolsa no sienten confianza para volver. Por el contrario, los que se quedaron corriendo riesgos emprenden ahora el vuelo. El capital “golondrino” pide condiciones más estables. No corre riesgos.
Entre las condiciones impuestas por el FMI está la contracción de la oferta de crédito interno. Las tasas de interés se elevan y el día de la firma del acuerdo con Washington –21 de febrero– la Tasa de Interés Interbancaria Promedio, la que rige en los préstamos de la banca de desarrollo y comercial a los pequeños y microempresarios, llegó hasta 63%. Pocos empresarios de este tipo pueden absorber tasas de tal magnitud. Por ello la ruina de miles de industrias vendrá en los meses próximos. “Ni las empresas comerciales ni las industriales, y mucho menos los particulares, podrán soportar que se mantengan por más tiempo las actuales tasas de interés”, dijo el presidente de la Cámara Nacional de Comercio, Salvador López Negrete, y por ello prevé quiebras, contracción y desempleo. Y Víctor Manuel Terrones López, presidente de la Cámara Nacional de la Industria de Transformación, sostuvo que las acciones realizadas para atenuar la situación de emergencia económica en el país “son aún insuficientes para alejar el fantasma de la quiebra masiva de empresas por no poder cumplir, entre otras cosas, sus compromisos financieros”.
El presidente del Consejo Coordinador Empresarial, Luis Germán Cárcoba García, dijo en Guadalajara, también ese 21 de febrero, que por el incremento de las tasas de interés resulta urgente la aplicación de nuevas medidas para ayudar a la empresa, pues de lo contrario la situación se hará “insostenible”. Según Mario Luis Cortés, dirigente de la Confederación de Ejecutivos de Ventas, en los primeros 45 días de este año se cancelaron 500,000 puestos de trabajo en el país. Mario Luis Cortés, también presidente del Consejo Empresarial de Inversiones del Sureste, sostuvo que el alto costo del financiamiento es causa de que las empresas desaparezcan y por ello crezca el desempleo. “No podemos empezar el segundo trimestre con esta incertidumbre, porque eso puede ser la pauta que genere estallidos sociales, que sería lo más peligroso para todos”.
Y es en el sureste donde además del problema económico, grave en extremo, se presenta el problema del enfrentamiento de la sociedad chiapaneca polarizada en extremo.
No hay duda de que la desconfianza entre los inversionistas es manifiesta. La condición de pobreza extrema de los asalariados del campo no se oculta a nadie y el deterioro general del poder adquisitivo de los salarios avanza sistemáticamente desde hace 12 años, en las buenas –cuando Salinas decía que nos iba bien– y en las malas –ahora que Zedillo reconoce que nos va mal–. Para los asalariados, desde hace muchos años, no hay avances. Sólo en cuanto a los ojillos del cinturón que van apretando en solidaridad con el “buen gobierno”.
Estados Unidos no es como Dios, que dicen que aprieta pero no ahoga. Estados Unidos aprieta y ahoga. Las condiciones impuestas por el Departamento del Tesoro al gobierno mexicano respecto de la política económica nacional generan desconfianza entre los inversionistas. En el punto del acuerdo, titulado “El poder del veto”, Estados Unidos vigilará que México cumpla estrictamente la política económica comprometida con el FMI y, en caso de considerar que no lo hace o que el uso que proyecta dar a los recursos no es el adecuado, podrá suspender su entrega.
La dependencia financiera de México de Estados Unidos es, pues, por desgracia, completa. Y los inversionistas no quieren arriesgar su dinero porque temen a la arbitrariedad del gobierno estadunidense, o a la veleidad en que pueda incurrir el gobierno de México. ¿Por qué? Porque nadie olvida a José López Portillo o a Carlos Salinas de Gortari. Y dicen, con razón sobrada, que quien con leche se quema hasta al jocoque le sopla.
Juárez no debió morir. Ni Cárdenas tampoco.








