Indígenas desplazados: la visión de los vencidos

“Llorad, amigos míos / Tened entendido que con estos hechos / hemos perdido a la nación mexicana”. (Cantares Tristes de la Conquista, 1523, Miguel León-Portilla, Visión de los vencidos, UNAM, 1980, p. 165).
“Este fue el modo como feneció el mexicano, el tlaltelolca. Dejó abandonada su ciudad. Ahí, en Amáxac, fue donde estuvimos todos. Y ya no teníamos escudos, ya no teníamos macanas, y nada teníamos que comer, ya nada comimos. Y toda la noche llovió sobre nosotros.
“Y al salir (la gente) iba con andrajos… y por todos lados hacen rebusca los cristianos… Y esta fue la manera como salió el pueblo: por todos los rumbos se esparció; por los pueblos vecinos se fue a meter a los rincones, a las orillas de las casas de los extraños” (Relación de Tlaltelolco, 1528, Ibid. p. 157 y 158).
El avance del ejército hasta las comunidades indígenas, siguiendo la orden del presidente Zedillo del día 9, que ha continuado a pesar de la contraorden del día 14, ha provocado la huida de miles de indígenas a las montañas y cañadas. Los reportajes, verdaderamente estrujantes, publicados por La Jornada en estos días (de José Gil Olmos, con fotografías de Víctor Mendiola, y de Oscar Camacho Guzmán) son una segunda edición de los relatos indígenas de la tragedia de la Conquista; no pueden leerse sin sentir vergüenza de ser mexicanos.
Los citaré in extenso, empezando por el de Gil Olmos. Al grito de `Ahí vienen los ejércitos’, “los habitantes del ejido Morelia salieron huyendo para buscar un refugio. Era el comienzo del éxodo hacia la selva de unos seis mil indígenas tojolabales y tzotziles que escapaban a las amenazas de los barruntos de guerra, y que ahora se encuentran hacinados en un rincón olvidado de su propio país. (…) En la memoria se guardaba la fecha del 7 de enero de 1994, cuando Morelia fue tomado por tropas del Ejército Mexicano, torturando a los hombres en la capilla del pueblo, desapareciendo a tres de los suyos”.
Narra Isaías, un miembro de la comunidad: “Todos corrían como locos, a veces nadie sabía para dónde. ¿Qué pasa? ¿Por qué vienen por nosotros? nos preguntábamos mientras sonaba la campana una y otra vez”. “Las mujeres vistieron como pudieron a sus hijos, tomaron algo de pozol y acaso una que otra prenda, dejando todas sus pertenencias”.
Así huyeron cerca de 1,300 indígenas de Morelia; a su paso por otros pueblos y al grito de `ahí vienen los ejércitos’, se sumaron los habitantes de La Laguna, Jalisco, Rancho Alegre, Lázaro Cárdenas, Sociedad La Victoria, Zapata, Belisario Domínguez y otros, hasta sumar más de 6,000; dejaban atrás sus casas abandonadas, sus pertenencias y animales.
Continúa Isaías: “Parecíamos como animales huyendo del fuego hacia la montaña y la selva. Tomábamos agua de cualquier parte, casi nadie traía comida. El Ejército venía sobre nosotros como cazando animales, y no somos animales”.
El reportero Gil Olmos describe los incidentes de la huida: las tropas detienen a tres campesinos acusados de zapatistas “por usar botas de hule”; a uno lo torturan y se lo llevan en helicóptero con rumbo desconocido; a los otros los sueltan después de golpearlos. Frijoles y maíz escasos son los únicos alimentos; los hombres duermen a la intemperie atacados por los mosquitos y las garrapatas; a las mujeres y niños los albergan en jacales improvisados de madera y palma; ya aparecen las enfermedades –el cólera, la diarrea, los vómitos– y no hay medicamento alguno; tres mujeres dan a luz. Jacobo, otro indígena, expresa su angustia: “¿Qué vamos a hacer? ¿Por qué el gobierno dice que quiere la paz y manda a los ejércitos a perseguirnos?”.
“Mientras hablan, a varios de estos hombres de rasgos mayas les escurren las lágrimas de impotencia y dolor. Isaías traduce esta situación: `Nosotros nunca hemos participado en el EZLN. Pero ya ahorita la gente está desesperada y dice: Pues si ya no podemos más, nos vamos a juntar con ellos; el mismo gobierno nos está obligando a hacerlo… Mejor vayámonos con los pobres; éste es el acuerdo que se está tomando aquí, de seis mil que estamos refugiados: juntarnos con el EZLN porque ya no queda otro camino’.”
El relato de los vencidos termina con dos cuestionamientos, en boca de Isaías: uno al Ejército, otro al gobierno. “El Ejército dice que está respetando los derechos humanos, pero ¿los derechos humanos de quiénes? Entonces ¿por qué nos persiguen, pues? ¿Acaso somos animales para que nos refugiemos en las montañas, para que nos persigan con perros y bombas?”. Y la pregunta al gobierno, vieja ya de 500 años: “¿A nosotros dónde nos dejan? ¿Qué lugar nos dan? Queremos preguntarle al gobierno: en su idea, en su cabeza, ¿en qué lugar nos van a colocar?”.
El otro reportaje, de Oscar Camacho, quien acompañó a la actriz Ofelia Medina al pequeño poblado de La Realidad, narra la huida de esta comunidad a las montañas por temor al Ejército. Preguntan los niños: “¿Nos van a matar?”. Y la señora Medina retoma el relato: “Todos calladitos: los hombres, las mujeres, los ancianos, las mujeres embarazadas, los niños. Todos los niños, sin que ninguno de ellos protestara o preguntara siquiera a dónde iban. Todos cargando su bulto. Todos como uno solo huyendo, con el mismo miedo al Ejército que llegó aquí ofreciendo paz con sus tanquetas y sus metralletas, con sus pistolas y sus cañones…”.
Entre tanto, los soldados ingresaron en La Realidad; “entraron en algunas casas, se tomaron el agua hervida, agarraron y se comieron las pocas frutas que aún les quedan, y hasta los lazos de la gente se los llevaron. Y luego por los altavoces todavía dicen que vienen a ayudar a la gente”. Termina la señora Medina: “La gente se está muriendo aquí de anemia todos los días, de hambre, de falta de trabajo, de falta de justicia, de dolor”.
He abusado de las citas porque nada puede sustituir las palabras de las víctimas de esta tragedia y de quienes los acompañan. Los testimonios abundan; también la Comisión Legislativa expresó su estupor ante los pueblos fantasmas de La Garrucha y Guadalupe Tepeyac, como lo confirmó después la Comisión Nacional de Derechos Humanos; se estima que son cerca de 25,000 los desplazados.
Termino con una respetuosa palabra dirigida al presidente Zedillo, a quien traté como secretario de Educación Pública: Considero errónea y trágica, señor presidente, su decisión de militarizar el estado de Chiapas, porque no conducirá a la paz y porque está teniendo terribles consecuencias para las comunidades a donde llegan las fuerzas armadas. Probablemente ha actuado usted bajo la presión de los jefes militares y otros sectores “duros” del gobierno; quizá sus asesores lo han inducido a ponderar esta acción como una necesaria “recuperación de la soberanía”; quizás lo han convencido de que la intervención militar separará a la dirigencia zapatista de sus bases, de que intimidando a las comunidades indígenas se lograrán delaciones y de que se terminará por apresar a los dirigentes rebeldes o, al menos, por debilitarlos y forzarlos a negociar.
No sé de política, señor presidente; pero por estos medios no conseguirá usted una paz digna y justa; el camino está equivocado y, además, es éticamente insostenible. Su estrategia de paz lo llevará, sin que usted lo quiera, a la violación de los derechos humanos de muchos inocentes y al exterminio de los indígenas chiapanecos. Quienes en el pasado lo hemos apreciado no deseamos que su nombre figure en las crónicas futuras como el triste triunfador de los nuevamente vencidos. Usted no requiere de acciones violentas para fortalecer su imagen. La verdadera fortaleza de un gobernante, la que convence y perdura, es la que le da su calidad moral. Un presidente conciliador, magnánimo, generoso y justo es más fuerte que el que mata y amedrenta; su fuerza es la de la unidad de sus gobernados. Así deseamos poderlo recordar.