SAN CRISTOBAL DE LAS CASAS.- Como a don Samuel Ruiz, al primer obispo de Ciudad Real le gritaron, en la primavera y otra vez en el invierno de 1545: “¡que se vaya!”. La Iglesia de San Cristóbal –cuenta el historiador Andrés Aubry– tiene exactamente 450 años de resistir.
Dicen que cuando Fray Bartolomé de Las Casas llegó a Ciudad Real –relata a su vez el historiador Juan González Esponda– sus habitantes lo recibieron con cohetes y marimbas. Meses después, los encomenderos españoles obligaron al religioso a huir, porque les negó la confesión y la comunión por los abusos que cometían contra los indios.
Y como ahora sucede a don Samuel Ruiz, a Fray Bartolomé lo acusaban de encarnar al demonio, de conspirar contra las buenas costumbres de los blancos y de poner a Dios contra ellos. La salida del obispo, que tenía el título de “Protector de los indios” concedido por la Corona Española, significó un triunfo para los encomenderos. Y los indios siguieron igual: sin pan y con mucho palo.
Pero el obispo don Samuel Ruiz no se va.
Aunque ni el gobierno ni los “auténticos coletos”, quienes lo ven como enemigo, lo quieran como intermediario, no se va, porque significaría abandonar a los pobres. Los indios creen que con él todavía hay una pequeña puerta que conduce a la paz, dice Aubry.
Y no se va, expresa por separado González Esponda, porque lo que debió haber hecho la Revolución Mexicana y lo que debe de hacer el Estado, lo hace “don Sam”.
Ambos historiadores coinciden en señalar que el obispo no se puede ir –como lo exigen los ricos– simple y llanamente porque desde hace 35 años ha sido el único mediador entre el gobierno y los indios.
Y agregan: los gritos y las ofensas contra el obispo son el eco de las maldiciones de los encomenderos que se resisten a morir y a dejar en paz a sus descendientes. A lo mejor también ellos se retuercen en sus tumbas al mirar cómo los indios ahora pueden pasearse por las calles de la ciudad, caminar sobre las banquetas y no agachar la mirada frente a sus herederos.
En su “crónica de aniversario”, titulada “Don Samuel de Las Casas”, Aubry subraya que en sus 450 años de vida, la Iglesia local –como ahora– ha vivido los mismos embates, porque el panorama de Chiapas no cambia: el obispo octagenario de Ciudad Real –nombre antiguo de San Cristóbal–, Villaescusa (1650) fue golpeado por los soldados del gobernador durante su visita pastoral al Soconusco; el obispo ilustrado Polanco (1776), fue calificado de “revoltoso” y “alzador de indios” por el gobierno civil y los obispos de Guatemala, y el obispo Samartín (1821), fue llamado “subversivo”, porque defendía el derecho de personas en favor de los indios.
“Al autor intelectual de los cuatro Evangelios también lo culparon de dividir a su pueblo, a tal extremo que las turbas levantadas por sanhedrines y pontífices le gritaron que merecía la eliminación, para justificar con populismo un golpe histórico”, dice Aubry.
A fray Bartolomé –advierte por su parte González Esponda– lo acusaban de “frayle non letrado, non sancto, envidioso, vanaglorioso, apasionado, inquieto y no falto de eudicia”. A don Samuel Ruiz lo acusan ahora de “obispo rojo, comunista, agitador”. El propio Motolinía acusó a Las Casas de que “a las ovejas las había vuelto cabrones” y que “buen carretero, echó el carro adelante y los buyes detrás.
“Ciertamente –opina–, como ocurrió en el pasado con Las Casas, se da la vieja pugna entre poderosos y débiles que divide a las conciencias y a las instituciones. Por ello, nadie debe ignorar que la labor pastoral de la diócesis de don Samuel Ruiz se desarrolla en las regiones de mayor pobreza y abandono de Chiapas, y resulta lógico que una interpretación cabal del Evangelio exija, a una Iglesia que no acaba de nacer, inclinarse por las ovejas y no por los cabrones.
“En esa medida, la acción pastoral adquiere un significado progresista, y es natural que incomode a quienes se oponen al cambio, tan en boga en el actual sexenio”, agrega González Esponda.
LA IGLESIA, REFORMADORA SOCIAL
Con una licenciatura en economía y la maestría en historia por la Universidad Autónoma de Chiapas, Juan González Esponda, acota las agresiones lanzadas contra el llamado “obispo de los pobres”.
Hay que recordar, dice, que desde el siglo XVI hasta la década de los sesenta con don Samuel Ruiz, ésta era la única diócesis del estado, y que él fue quien extendió su número con la de Tapachula y la de Tuxtla Gutiérrez. Debe también tomarse en cuenta que aquí hay una tradición en el sentido de que el primer obispo fue Fray Bartolomé de Las Casas, quien se significó por defender a los indios.
¿Qué era Chiapas en la década de los sesenta cuando llegó don Samuel a esta diócesis? Una sociedad en la que predominaba el latifundismo. Un millón de hectáreas en poder de 40 familias. Semejante concentración evidencia que el problema fundamental en el estado es el de la tierra, que tiene que ver también con el carácter de la Revolución en Chiapas. Aquí no hubo una revolución democrático-burguesa como en el resto el país sino una contrarrevolución en la que los finqueros se alzaron en armas apoyados por sus peones para combatir las propuestas de reforma social y económica de Venustiano Carranza. Eso fue lo que canceló la posibilidad de un reparto agrario masivo.
Cuando llega don Samuel, la vida social transcurre en las fincas y la mayoría de la población está sometida en ese momento a relaciones de servidumbre; es decir, campesinos convertidos en peones acasillados debido a deudas heredadas o por medio del crecimiento de las haciendas desde el siglo XVIII, que habían devorado a muchas comunidades indígenas.
En San Cristóbal, que es quizás el centro del conservadurismo en Chiapas, existía una sociedad hasta cierto punto estamental: había castas. Los indios se diferenciaban claramente de los mestizos. Los primeros cabizbajos siempre, sin la posibilidad de ver a los ojos al otro; despojados de sus productos a la entrada de la ciudad por las tradicionales mujeres atajadoras; sin poder caminar sobre las banquetas; sometidos a todo tipo de abusos y embrutecidos por el alcohol, y encarcelados sin ningún motivo para obligarlos a engancharse como fuerza de trabajo en las fincas cafetaleras del Soconusco, como Ricardo Pozas narró.
San Cristóbal es centro rector al que infinidad de comunidades abastecen de productos, por medio de una relación de rapiña organizada por los mestizos.
¿Qué es lo que impacta a don Samuel Ruiz? ¿Qué es lo que ve cuando llega a la diócesis? La descarnada realidad narrada por Rosario Castellanos. A sus feligreses, los destinatarios del Evangelio que venían a profesar, quienes eran los peones acasillados de las fincas, los indios de Chamula, Tenejapa, Chenaló, Zinancantán, maltratados, golpeados, vejados en esta ciudad.
A partir de esto, y también en el contexto de un movimiento de reforma de la Iglesia en toda Latinoamérica –la teología de la liberación que se propone dar voz a quienes no la tienen– hay una reflexión de la diócesis para redefinir los objetivos de la acción evangelizadora. Hay por supuesto momentos importantes en lo económico, como la crisis del café a principios de los años setenta. Y llega un gobernador tolerante, populista e interesado en los indígenas, como lo fue Manuel Velasco Suárez, quien hace que la Iglesia juegue un papel cada vez más importante como reformadora social.
En 1974, la Iglesia de San Cristóbal se hace responsable, por petición del gobierno estatal, de la realización del Congreso Indígena. ¿Por qué el gobernador Velasco Suárez le pide esto al obispo? Pues simple y sencillamente porque para entonces don Samuel Ruiz se había dedicado a recorrer todas las regiones indígenas de Chiapas: tzeltales, tojolabales, choles y tzotziles.
De hecho, prosigue González Esponda, Samuel Ruiz era el único que tenía vínculos con todas las comunidades, cosa que no sucedía, por ejemplo, con la Confederación Nacional Campesina, debido a su falta de credibilidad. Lo mismo el gobierno. La única que contaba con la confianza de los indios era la diócesis de San Cristóbal, con sus curas, monjas y, por supuesto, la red de prediáconos que don Samuel empezó a crear a partir de los setenta, en un intento por fundar una Iglesia autóctona, es decir, formar sacerdotes indios en una sociedad mayoritariamente indígena.
Don Samuel es el promotor del Congreso Indígena, pero más que organizador es mediador, porque permite que grupos de antropólogos, profesionales e incluso funcionarios, tengan acceso a las comunidades para promover la organización del evento. Es la vía para hacer realidad el proyecto del gobierno estatal: organizar a los indígenas.
Ese plan se extendió luego nacionalmente, recuerda González Esponda, pues la experiencia se repitió en otros estados, y posteriormente se fundaron los Consejos Supremos Indígenas y el Consejo Nacional de Pueblos Indios, en 1975. De manera que se trata de una política oficial y no de la propia diócesis. En el Congreso se discutieron los problemas agrarios, de comercio, salud y educación, entre otros.
Después de esa década, los indígenas tomaron su propio camino; empezaron a crear organizaciones y en ese momento no necesitaban ninguna mediación, toda vez que ellos mismos negociaban con el gobierno. La Iglesia continuó con su política de acompañamiento, realizando trabajo de evangelización, pero también asistencial, dado que esas comunidades, muchas de ellas de reciente creación, carecen de todo.
En ese momento –afirma González Esponda– la función de la Iglesia era el trabajo social que no podía cumplir el Estado: promovía la creación de cooperativas para que sus feligreses pudieran mitigar un poco la pobreza, así como cursos de alfabetización, lo que no hacía el Instituto Nacional para la Educación de los Adultos, porque sus instructores debían caminar o vivir con los indígenas. Esta labor de acompañamiento espiritual y material recupera la medicina tradicional, crea comités de salud, de educación, en fin, un trabajo que debió haber hecho la Revolución Mexicana en Chiapas lo hace don Samuel Ruiz.
Hay que tomar en cuenta que entonces la incomunicación era mucho mayor que la actual. Había que caminar o andar a lomo de mula, cosa que el gobierno y sus empleados nunca quisieron hacer. Acostumbrados como estaban a no bajarse de la camioneta, era difícil que los agentes del Estado hicieran una reforma social. Ese papel lo realizó la Iglesia.
Pero la diócesis, advierte González Esponda, también se impactó con el Congreso Indígena, y a partir de 1975 definió su labor de evangelización en favor de los pobres. Hay tres elementos para ello: Reflexión sobre la realidad en la que está enclavada; los acuerdos para tratar de solucionar las necesidades de la población, y, finalmente, la consideración de que el reino de Dios, para que no se distorsione, debe comenzar por la tierra.
El historiador agrega: don Samuel siempre ha sido mediador, tras el Congreso Indígena se dieron una serie de enfrentamientos. Chiapas vivía inmerso en la violencia y en la inexistencia de un estado de derecho desde los primeros años de los ochenta, por lo menos. Aquí sólo existía la ley de la selva, el derecho del más fuerte.
En este contexto y sólo por dar un ejemplo, don Samuel fue llamado por el gobernador Jorge de la Vega Domínguez para mediar en un conflicto en la Selva Lacandona, cuando los policías fueron a detener a unos indígenas. Los torturaron, pero su comunidad y otras cercanas a Nueva Providencia trataron de rescatar a los detenidos y en ese intento murieron los policías. Los indios, para evitar que descendieran los helicópteros del ejército y la policía, igual que ahora, bloquearon la pista de aterrizaje con árboles y zanjas.
Por eso se llamó a quien tenía credibilidad, y con ello el obispo evitó una matanza de indios. Cuando las organizaciones fueron desmembradas, en la época del general Absalón Castellanos Domínguez y sobre todo en la de Patrocinio González Garrido, don Samuel volvió otra vez a jugar un papel muy importante como mediador. Con Patrocinio, apareció en el momento en que el gobierno y los grupos emergentes organizados radicalizaban sus posiciones, y actuó como mediador por conducto del Centro de Derechos Humanos “Fray Bartolomé de Las Casas”, porque las organizaciones indígenas estaban imposibilitadas para abrir espacios.
En el reciente conflicto, don Samuel Ruiz, es el único que puede decir: “Yo puedo hablar con los alzados en armas”. Y no es porque sea el instigador o el que subvierta el orden, o porque esté detrás de todo sino simple y sencillamente porque los levantados en armas son los feligreses. Los 10,000 o 15,000 indios rebeldes de la Selva, el Norte y Los Altos no son marcianos sino habitantes de todas las localidades que el obispo ha recorrido una y otra vez. Los mismos con quienes se ha sentado a comer, con quienes ha compartido el dolor y la miseria en que viven.
Entonces, moral y no políticamente, es la única opción de intermediación. ¿Por qué no pueden jugar este papel ninguno de los gobernadores recientes? Porque si revisamos la lista de políticos de los pasados 30 años, aparecen ellos, invariablemente, involucrados con los sectores más retrógrados del estado, con excepción de Patrocinio, quien más bien tenía relación con los grandes consorcios nacionales que invirtieron en Chiapas. Por eso hay coincidencia en la condena.
Lo anterior, asegura González Esponda, puede probarse con la composición del gabinete de Eduardo Robledo, integrado con personas que no quieren ceder ni un peso de sus enormes ingresos ni espacios de poder a los sectores sociales que han emergido en Chiapas. Pero el indio ya no es el mismo, ahora es un ciudadano que quiere gobernarse a sí mismo, por eso el planteamiento de la autonomía indígena, de los consejos municipales y la urgencia de redefinir sus territorios dado a conocer por el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN).
Inmersa en todo este proceso está la diócesis, en particular el obispo, quien se encuentra situado entre el gobierno y las comunidades indígenas que ya no quieren seguir siendo tratadas como ignorantes y miserables. Ya no quieren Pronasol sino autogobernarse.
LA VIDA DE DON SAMUEL CORRE PELIGRO
–En este contexto, ¿qué consecuencias tendría la desaparición en el escenario de don Samuel Ruiz, en un momento en que prevalece un estado de guerra y las posiciones están tan polarizadas?
–Ocurriría una mayor escalada en los enfrentamientos. Probablemente la guerra civil tan anunciada podría convertirse en una realidad, si se viera como una presión más de los coletos, los ganaderos y Robledo. Creo que todos los ataques en su contra han agudizado la situación. Si se comprenden bien los discursos de don Samuel, se da uno cuenta que su labor difiere de la de Fray Bartolomé de Las Casas, quien no era indígena ni estaba porque no se sometiera a los indios sino porque se les conservara y no se destruyera su cultura. Era una posición humanista.
“Si se lee así la labor de don Samuel Ruiz, lo que entendemos es su deseo de evitar una confrontación, no de instaurar el socialismo, lo que los indios quieren es una sociedad igualitaria, eso deberíamos tenerlo muy claro. En todo caso, es un obispo progresista y en lugar de combatirlo, deberían aprender la forma en que ha trabajado con los indios. Hay que dimensionar bien su papel para evitar el recrudecimiento de la guerra. Quienes se reivindican como auténticos coletos, simplemente se oponen al verdadero progreso.”
La entrevista –hecha el jueves 23– se llevó a cabo en el quiosco del parque principal de esta ciudad. González Esponda considera que sí peligra la vida de don Samuel. Dice que si el gobierno no controla a los grupos coletos y a sus líderes, quienes están bien ubicados, si en aras de un federalismo mal interpretado, no para a estos verdaderos transgresores de la ley, sí puede haber un atentado y eso desencadenaría un enfrentamiento de grandes dimensiones, ya que los mayas son excesivamente religiosos. No hay que olvidar que todas las grandes rebeliones de Chiapas han tenido un origen religioso. Por eso el gobierno debería velar por la seguridad del obispo.
–¿Qué repercusiones habría si le pasa algo al obispo?
–Sería un detonante para que la guerra se extendiera a otras partes de las república. Las condiciones son muy similares. Don Samuel es más útil vivo que muerto. Es un instrumento de reconciliación.
–¿Hay antecedentes de una Ley de Amnistía como la que se está preparando en el caso concreto del EZLN?
–Sí, en l911, durante una guerra entre tuxtlecos y coletos en la que participaron indígenas chamulas. Después que fueron derrotados los de aquí, se dio un perdón para los indios, sólo que fue demasiado parcial, ya que después varios de ellos fueron desorejados en San Bartolomé de Los Llanos, lo que es hoy Venustiano Carranza. Entonces, es difícil aceptar que una Ley de Amnistía pueda ser tomada en cuenta por los indígenas sublevados.








