Los tres elementos letales que provocaron la gran depresión de 1929 están presentes actualmente en la economía mexicana, asegura el premio latinoamericano de Economía Daniel Cossío Villegas, Gonzalo Castañeda.
Doctor en Economía por la Universidad de Cornell, matemático y economista por el Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM), Castañeda explica cuáles son esos tres elementos:
“Un alto grado de endeudamiento de la sociedad, una severa restricción monetaria y una infrenable burbuja especulativa.”
Está convencido de que el manejo de la política económica no arroja el menor mensaje de consistencia ni propicia certidumbre alguna.
Catedrático de la Universidad de las Américas-Puebla, el especialista señala:
“Las variables clave para que no se precipite el derrumbe económico del país, son la credibilidad y la confianza; éstas son difíciles de recuperar porque los funcionarios no son magos, hacen esfuerzos por todos lados, pero no saben cómo obtener resultados.
“El hecho es que a lo largo de dos meses la confianza no se ha restablecido; por eso, el tipo de cambio sigue dando bandazos, cuando ya debería haber bajado. También por eso, las tasas de interés siguen mal. Y esos son los indicadores de que hay un problema de credibilidad que parece irreversible.”
La comunicación del gobierno con los inversionistas, dice, es inconsistente y cambiante. Esto se corrobora con el mensaje que el gobierno les envía al no aplicar medidas correctivas contra la estructura oligopólica de los banqueros, “quienes son los únicos que no se han vinculado al proceso de concertación, debido a una miopía que les impide sacrificar ganancias a corto plazo para salvar a los empresarios y, en última instancia, salvarse ellos mismos”.
Advierte que “dada la magnitud de la burbuja especulativa y de su impacto sobre las tasas de interés, se requiere una política que abata el peso de la carga financiera de los bancos sobre las empresas”, ya que “el ajuste actual incrementa de manera considerable la fragilidad del sector financiero”.
Propone, como acción drástica e inmediata para evitar el desastre, “reestructurar de manera global la cartera de los bancos”, para que “dejen de tomar como base, injustificadamente, la Tasa Interbancaria Promedio (TIP), que representa una clara falla del mercado”.
Añade que esta elevada tasa de interés –que está en 74 %– “pone en tela de juicio la credibilidad del Plan de Emergencia y la eficiencia en la asignación de recursos a través del sistema bancario. Pero a pesar de que los bancos son los culpables de que la sociedad esté tan endeudada, porque no hicieron bien sus análisis crediticios, no son capaces de reconocer sus fallas”.
Y es que –opina– “en esta sociedad la riqueza es sinónimo de inteligencia y les es difícil a los banqueros reconocer que se equivocaron”.
Explica que exigir a los bancos que rectifiquen y sacrifiquen ganancias a corto plazo, tendría el propósito de evitar que los particulares duden sobre la solvencia de los bancos y se genere “un retiro de capitales de los bancos, con funestas consecuencias para la economía”.
Considera que el gobierno “no se atreve a meter a los bancos en cintura”, a pesar de que vislumbra el peligro de las elevadas tasas de interés.
Tan es así, dice, “que el Banco de México ha propuesto esquemas de renegociación de créditos, las Unidades de Inversión (UID) –aunque eso pudiera, en un momento dado, disminuir las ganancias a corto plazo de los banqueros–, que son un reconocimiento implícito de que el mercado financiero, en su contexto actual, muestra graves fallas”.
Señala que “con la renegociación de los créditos con base en las UID, se aminorarían los efectos negativos sobre las empresas –y por ende sobre la banca– de una política monetaria contraccionaria, haciéndola más creíble y eludiendo una crítica recesión prolongada”.
Castañeda teme que el pronóstico del presidente Ernesto Zedillo, en el sentido de que regresarán los inversionistas debido a los altos intereses, no se cumpla:
“Los inversionistas a largo plazo –los que importan más al país– no se la creen ante intereses tan altos. Piensan que si ofrecen tan altas tasas es que algo está mal, así que, al prever una situación de insolvencia en el país, sólo invierten a corto plazo, con capitales golondrinos que, a la hora de sacarlos, orillan al gobierno a echar mano de los recursos que ha solicitado y entonces, además, se dispara la deuda externa.”
Castañeda lamenta que no se haya producido antes una devaluación nominal cuando, dice, “había una evidente sobrevaluación o por lo menos expectativas de sobrevaluación”, y lo atribuye a que “la economía se ha supeditado a intereses particulares”.
Resta importancia a las maniobras estrictamente basadas en la teoría económica que adopta el gobierno, y asegura que la crisis que padece el país “es cuestión de hombres, de principios”.
Para resolver esto se tienen que tomar en cuenta los tres pilares –y no uno sobre otro– que inciden en la economía: los problemas políticos, los económicos y los judiciales-legales.
Sin el avance en uno de estos rubros, Castañeda considera imposible obtener resultados favorables en cualquiera de los otros.
Agrega:
“Endeudados el gobierno, las empresas y las unidades familiares, no queda claro por dónde salgamos. Sobre todo, ante la inconsistencia gubernamental de un simple ajuste monetario ortodoxo para corregir el problema de cuenta corriente, y la estructura de un Plan de Emergencia de corte tradicional monetarista que –en el mejor de los casos y sólo si se da el óptimo escenario– pueda financiar el déficit que tenemos.”
A Castañeda no le queda claro “cómo va a ser posible alentar la entrada de capitales extranjeros no-golondrinos, si las medidas aplicadas producirán forzosamente una tremenda reducción en el mercado interno mexicano, cuando por esto muchas trasnacionales han cancelado sus planes de invertir en el país”.
Augura de nuevo un escenario recesivo semejante, dadas las circunstancias, al de 1929 en Estados Unidos, cuando muchas empresas contrataron créditos a tasas fijas–, sólo que, “desafortunadamente, los efectos recesivos de un ajuste monetarista son mucho más profundos en una economía cuyo sistema financiero se basa en tasas variables”.








