La estrategia elegida por el gobierno para enfrentar la crisis, no obstante que puede parecer la menos peor, es de un “altísimo riesgo”: va a provocar una profunda recesión que, inclusive, puede hacer fracasar el programa económico. Todo depende de que la sociedad en su conjunto lo resista.
Así lo cree el diputado Francisco Suárez Dávila, presidente de la Comisión de Hacienda y Crédito Público de la Cámara de Diputados, y explica: con el alza enorme de las tasas de interés, decidida para estabilizar el mercado cambiario, podemos entrar, si se mantiene por mucho tiempo, en una situación en que los deudores –empresarios, consumidores, personas con créditos hipotecarios, tarjetahabientes, agricultores– simplemente no puedan o no quieran pagar, porque los intereses son confiscatorios. Si no se paga, se afecta al sistema bancario severamente, y de hecho ya lo está: desde diciembre, la cartera vencida viene creciendo a tasas exponenciales. Varios bancos están ya en situación insostenible.
Todo esto puede hundir en una crisis severa al sistema financiero nacional, dice también el exdirector de los bancos Mexicano Somex y Obrero. Y advierte que otros factores que ponen en riesgo al programa económico son los niveles de desempleo, que ha crecido en forma brutal en los meses que van del año –y seguirá aumentando–, así como los bajos salarios reales.
El programa de ajuste mismo podría hacer fracasar la estrategia anticrisis. Si por necesidad de mayores ingresos el gobierno decide aumentar los precios de las gasolinas, se crearían fuertes tensiones en las grandes ciudades, a menos que se subsidie el transporte público. También si se decide elevar el IVA –algunos empresarios comentan alarmados que ese gravamen aumentará dos puntos porcentuales–, habrá una enorme resistencia social y política.
Cualesquiera de esos aspectos puede poner en peligro el programa anticrisis, que es una auténtica “terapia intensiva”, dice Suárez Dávila.
Con todo, otras opciones serían más complicadas y de menores frutos. Una estrategia gradual, por ejemplo, no coincide ni con las necesidades del gobierno –que enfrenta un grave problema de falta de liquidez, que debe resolver ya– ni con las expectativas de los acreedores internacionales –que exigen lo mismo el pago de obligaciones que confianza.
De hecho, expresa el entrevistado, una política gradual “iría a contrapelo de los acreedores”. Los recursos no entrarían, se profundizaría la crisis de liquidez y caeríamos en la suspensión de pagos. Y ésta es sinónimo de catástrofe: se pararía de plano la actividad productiva. Se provocaría una crisis de “carácter sistémico”: en México se generalizarían casos como el de Grupo Sidek; afuera, se recrudecería lo que ya estamos viendo: crisis en los mercados financieros de Argentina, Chile, Brasil, algunos países asiáticos y europeos.
“Por eso los estadunidenses están interviniendo en el rescate de la economía mexicana, no hay duda”, dice el diputado.
Entonces, apunta, no había más que optar por la vía dolorosa del corto plazo. Lo primero que hay que atacar es la crisis de liquidez. Tenemos un problema de enormes vencimientos de la deuda de corto plazo, los Tesobonos. Cerca de 17,000 millones de dólares, en esos instrumentos, estaban en manos de extranjeros, y se están venciendo semanalmente entre 700 y 1,000 millones, que son los que presionan al mercado cambiario. Los acreedores percibieron que no teníamos reservas para hacer frente a estos vencimientos, lo que ayudó a detonar la crisis.
Y si no se pagaran los Tesobonos, nos cerraríamos el crédito externo; se suprimirían los préstamos de proveedores; dejaríamos de importar bienes de capital e intermedios; empezaríamos a sufrir en las cadenas productivas; los bancos quebrarían. La recesión sería brutal. Nos aislaríamos.
Por eso, lo primero que tiene que resolverse es el problema de liquidez; estabilizar los mercados financieros. Para enfrentar la situación se tuvo que llegar a una negociación que dejara divisas y permitiera la acumulación de reservas. Sin esos apoyos el tipo de cambio va a estar dando bandazos.
Dice Suárez Dávila: el problema del acuerdo con el gobierno de Estados Unidos es que suscita un conflicto de conciencia. A nadie le gusta que nos comprometamos con el gobierno estadunidense, que se establezcan como garantía los ingresos petroleros, que inclusive por problemas de inestabilidad nos quedemos con la deuda. Es enojoso tener que negociar, someterse a condiciones de un gobierno extranjero; tener que suministrarle información, como se hace con cualquier banco o con el FMI. La propia terminología del acuerdo firmado, su tono, es irritante.
“Lo ideal sería no estar en esta situación, pero ya estamos y necesitamos recursos”, señala.
Lamenta el legislador: “queda una sensación de derrota, muy similar a una derrota militar, como la de los alemanes en la Primera Guerra Mundial, que pagaron un alto costo, con gravosas transferencias a las potencias vencedoras”.
Pero ésta, dice, es una derrota económica, en el sentido de que fracasó la estrategia de desarrollo. “Siempre se dijo que se había avanzado mucho en la macroeconomía. Que estaba resuelta. Pero no lo estaba. La estrategia macroeconómica no funcionó”.
Y no funcionó por los muchos errores que se cometieron en la administración pasada. “La obsesión de llegar a una inflación de 4%, como si fuéramos un país industrializado, la pagamos muy caro”, dice, y sentencia: “cometimos el error garrafal de convertir el tipo de cambio en un ancla para bajar la inflación. Eso implicó que se revaluara el tipo de cambio, con lo que el déficit en cuenta corriente se elevó a niveles inmanejables de 7 a 8%.
“Otro error fue la forma en que se financió el déficit en cuenta corriente, como nunca lo habíamos hecho en la historia del país, con endeudamiento de corto plazo, en instrumentos en manos de extranjeros. Siempre se había alertado en el sentido de que no debía haber volúmenes excesivos de Cetes en manos de extranjeros. Luego Tesobonos, en proporciones mayúsculas. Tenemos casi 70% de la deuda interna en manos de extranjeros. Todo ello de corto plazo.”
Un error más de la administración de Carlos Salinas: “se malinterpretó el entorno internacional. De la misma manera que en la época de López Portillo se malinterpreta que la situación del petróleo va a ser una bonanza ininterrumpida de precios altos, y que podemos sustentar el crecimiento de México sólo en el precio del petróleo, en el gobierno anterior se comete el error de confiarnos de manera indefinida en el surgimiento de los flujos de capital hacia países emergentes. En el fondo, así como el error de López Portillo se concentra en un precio alto del petróleo, en el sexenio pasado se creyó que las tasas de interés de Estados Unidos siempre iban a estar bajas, y que al tener allá tasas bajas, rendimientos bajos, se mantendría un flujo ininterrumpido de capitales hacia México y los países emergentes”.
Pero subieron las tasas, se redujeron los flujos y se desató la crisis. El problema fue haber ignorado la historia de las crisis financieras del capitalismo. Cundió la euforia. Llegó un momento en que el país se vio sobrecargado de recursos que no se iban a poder pagar; comenzaron a retrotraerse las inversiones en forma cíclica, y estalló la crisis.
Suárez Dávila enfatiza que en todo ello hay una “alta responsabilidad histórica” de Carlos Salinas. “Normalmente, una administración le despeja a la siguiente los principales problemas. Con todos sus defectos, el presidente Echeverría, en 1976, toma la decisión de devaluar y le quita ese problema a López Portillo. En cambio, el presidente Salinas, viendo la magnitud de los problemas, no tomó la decisión que pudo haberse tomado en condiciones mucho más controlables. Se la dejó a la administración nueva que, como todas, toma tiempo en consolidarse, en conformar su equipo”.
El costo de todos esos errores, concluye, es altísimo: “este año –las semanas que vienen, sobre todo– va a ser de una profunda recesión. La actividad económica se verá terriblemente deprimida”.








