Inconmensurable Azul

El Azul, color de la muerte, del estado melancólico, del cielo y del agua, de los infinitos estados de soledad, del espíritu atormentado, del blues, de la tristeza más honda, puede convertirse en un retrato de todas las tonalidades del luto en la hermosa película del mismo nombre, teñida por la mano del maestro del cine polaco Krystov Kieslovski.
Quienes han visto Rojo, dicen que supera a Azul y a Blanco –las dos que se exhibieron en la pasada Muestra Internacional de Cine– y que hoy nomina a Kieslovski en la categoría de los Oscares como mejor director y mejor guión –sin que haya entrado al rubro de película extranjera.
Rojo, Azul y Blanco (Trois Coleurs, 1993), financiadas por Francia-Polonia y Suiza, forman una trilogía inspirada en los colores de la bandera y la Revolución Francesa y su metáfora: libertad, igualdad y fraternidad.
Azul (Trois Couleurs: Bleu) corresponde a la libertad como la liberación de las amarras personales con el mundo y el surgimiento de un yo interior que sólo se consigue tras un desgarramiento. Este es un accidente de carretera, sucedido en un trágico día azul de lluvia, donde Julie (Juliette Binoche), una joven mujer, pierde a su esposo –famoso compositor– y a su pequeña hija, cuya vida se va tan fácil como una hoja de papel azul al viento.
La fuerza de la imagen es utilizada sorprendentemente por el cineasta polaco. La pérdida de los dos seres amados produce en la protagonista una distancia tal hacia fuera que el médico que le da la noticia cabe minúscula y fatalmente en el agujero negro de sus pupilas. Una mujer que lo tenía aparentemente todo, de pronto no tiene nada. Se deshace de sus riquezas y sus recuerdos, y queda sólo con lo necesario para reconstruirse: unos jeans azules, un suéter azul, un departamento y el silencio.
Pero nunca queda sola, la acompaña la perturbadora cámara de Kieslovski, que registra minuciosamente el parpadeo de sus emociones gracias al trabajo del cinefotógrafo Slawomir Idziak. Después de la muerte de su familia, ella muere emocionalmente, y su primera señal de vida es el miedo, el miedo a los ratones. El viaje de Kieslovski y su guionista Krzysrtof Piesiewics por el proceso del duelo podría ser un tratado: de la muerte a la necesidad de reconstruir su vida, esta mujer recurre a su madre “ausente” que vive en la eterna televisión los riesgos del precipicio entre la vida y la muerte. Una televisión que funciona dramáticamente como un espejo del riesgo frente a una muerta en vida. Con su madre no cuenta, pues, y debe darse vida ella misma, con la recuperación del miedo, los placeres de un helado de vainilla con café, la música de una flauta, la tristeza de una puta, el enfrentarse a la verdad que no quería ver: que no perdió a su marido en la muerte, porque en la vida ya le pertenecía a otra, en fin. Esta mujer –apasionada de la música– se convierte en un ser libre cuando las notas de la vida simple le hacen vibrar las cuerdas de un corazón sumido en el blues.
Y de pronto, Kieslowski juega mágicamente con el cine, haciendo de esta trilogía un caleidoscopio, donde de repente, en un girito, podemos ver desde otro ángulo –por ejemplo, cuando no le permiten a Julie entrar al juzgado– momentos súbitos de Blanco y de Rojo. Cuando todo se vuelve negro por segundos, tal como sucede en una mente confusa. Cuando la música de Zbiegnew Preisner deja de ser un adorno de la historia para vivir por sí misma.
Es una maravilla que Azul se estrene en la cartelera comercial. Es una cinta indispensable, junto con el Decálogo para televisión, del mismo Kieslovski, que transmitió el canal 22. Hay que verla con el azul de la nostalgia por el cine de autor, ése que llora porque una mujer no llora, que transmite la música del dolor sin el falso sentimentalismo al que nos tiene acostumbrados Hollywood.