Osvaldo Dragún en México

Ahí estaba, el argentino que no lo parece, con su chamarra y sus tenis, con su pelo de plata alborotado, con su sencillez a cuestas, con su generosidad y su paciencia infinita, respondiendo a las preguntas obvias, tontas y estúpidas de algunas periodistas.
Ahí estaba, en el pequeño foro de la Casa del Teatro, el lunes pasado, leyendo su obra Los alpinistas, ante alumnos y maestros de este centro de artes escénicas, ante nuevos dramaturgos y un público joven, que seguramente no sabía quién era.
Ahí estaba, el legendario Osvaldo Dragún, ganador dos veces del Premio Casa de las Américas, el director de la Escuela Internacional de Teatro de América Latina y del Caribe, el maestro de dramaturgia, el impulsor y presidente de aquella gesta cultural argentina llamada Teatro abierto.
Fue el autor de Historias para ser contadas y ¡Arriba corazón!, el inspirador de ideas y promotor de aquel Teatro Abierto, respuesta cultural a la dictadura militar, respuesta política a través del teatro, para enfrentar la prepotencia, cuando aquellos 300 hombres y mujeres de teatro sólo pretendían mostrar la vitalidad y vigencia del teatro argentino, con 21 obras, tres por día, los siete días de la semana, a precios accesibles, después de la larga noche militar.
El creador de Milagro en el mercado viejo y Tupac Amaru es un hombre de acción, comprometido con su realidad y su circunstancia, que sí sabe listas negras, de persecuciones y de exilios interiores y exteriores que lo obligaron a vivir en México, en España, en Cuba.
Este dramaturgo sí sabe de censuras que obligan a firmar las obras con seudónimos, como aquella exitosa ¿Y por casa, cómo andamos?, cuyo autor era un tal Alain Nogar, o como aquella Heroica de Buenos Aires premiada en Cuba en 1966, que sólo pudo estrenar en Argentina hasta 1948, restaurada la democracia.
Ahí estaba, esa noche en Coyoacán, el legendario Osvaldo Dragún, después de ser presentado por Luis de Tavira en el ciclo Dramaturgia en voz del autor, leyendo con su voz pausada Los alpinistas, sin estrenar todavía, dándole al texto esas inflexiones, esa pausas, ese ritmo, esas intenciones que sólo puede dar su creador.
En el pequeño foro, convocados por la voz de su autor aparecieron David “el Moshe”, Carlos “el Negro” y Juan “el Gurí”, los tres personajes de esta pieza de Dragún, desconocida en México, pero traducida al portugués y publicada en Brasil.
Y aquél pequeño espacio de la Casa del Teatro se convirtió en un departamento del cuarto piso de un edificio de Buenos Aires, en el barrio de La Boca, y los tres personajes, tres seres comunes, unidos por su soledad y separados por sus recuerdos, empezaron a escalar la montaña de sus vidas.
En medio de constantes apagones (como aquel largo apagón que vivió Argentina de 1976 a 1983), el texto va de la cocina al baño, de las conversaciones de un hombre en el inodoro con su padre muerto a la rebeldía, y la distancia del presunto hijo que empieza a convivir con el padre desconocido; del reencuentro de dos viejos amigos al distanciamiento de dos seres que se necesitan, pero que no lo saben.
Con humor, con sabiduría, el autor va revelando el carácter y develando los secretos de los personajes, va soltando cabos que atará al final, y va contando su historia desde la perspectiva de un dramaturgo que ha vivido y que mucho sabe de la condición humana.
El teatro de Dragún es un teatro de ritmos, de sonidos, de espacios, con una pesada carga ética, política, moral, que podrá variar su forma pero no su dosis de humanidad.
No, no es un texto con final abierto y pesimista, como creyó un espectador. Es cerrado porque su autor apuesta en favor del reencuentro y de la soledad compartida, con un final optimista, los tres hombres ayudándose mutuamente a escalar la montaña, mientras se escucha La heroica de Bethoveen.
Nada tiene que ver en la forma Los alpinistas con aquellas Historias para ser contadas que se siguen representando en festivales y escuelas de teatro, salvo por la visión de la sociedad. Es que por la dramaturgia del autor de Los de la mesa 10, Y nos dijeron que éramos inmortales y Amoretta han pasado 40 años de historia argentina y todos los géneros y estilos del teatro latinoamericano. Sin embargo, con Los alpinistas parece que ahora Dragún no cuenta historias ajenas para los demás sino su propia historia para sí mismo.
Ojalá que la presencia en México de este valioso hombre de teatro no sea tan efímera como otras veces. Ojalá que podamos arraigarle para que funde aquí otra escuela de teatro y para que siembre acá su fe en el teatro, que según sus palabras, esa noche, no puede desaparecer porque se hace con nada y la nada no existe. Y el teatro, dijo, es lo más cercano a la libertad.