Típico Moncayo

Un grupo de tres discos aparecidos en fecha reciente pone de manifiesto una vez más la enjundia, refinamiento e importancia de la música escrita por José Pablo Moncayo (1912-1958).
Asimismo, puede apreciarse en forma muy clara a través de esta serie la evolución del compositor mexicano, quien en cada obra nueva manifestaba posesión más pronunciada de su lenguaje e individualidad estilística, con una incisividad sorprendente. Y ello, precisamente, en el modo que lo acota Yolanda Moreno (1937-1994): “Si la música de Moncayo señala hacia las músicas populares es sólo de manera muy sutil, evocando ciertas particularidades rítmicas y un melos que se aproxima muy veladamente a los motivos populares o tradicionales”.
Esto último, está aún difuso durante el recorrido sonoro de una obra de juventud: Amatzinac (1935), partitura que recibe una interpretación excelente con Elena Durán como solista en la flauta y la cuerda de la Orquesta Sinfónica Nacional dirigida por Enrique Diemecke, en su primera grabación (SONY CDEC-471000).
Ahí emerge ya, ante todo, ese “lirismo que se manifiesta en cierta predeterminación del ámbito melódico”, señalado por Yolanda Moreno como característico de Moncayo.
Sin embargo, en apariencia, los diversos episodios de Amatzinac aparecen a la mera audición sin vínculos formales notorios. En realidad, las dos secuencias principales: lenta y rápida (ésta última al ser escuchada en la cuerda sola adquiere, curiosamente, caracteres pronunciados de danza bartokiana), están tratadas con gran habilidad manipulatoria, que asegura la cohesión del total.
A diferencia, la simplicidad del diseño tripartito de la Sinfonieta (1944) redunda en una notoria, sabrosa concreción. Ahí “los rasgos nacionalistas brotan en una forma quintaesenciada apoyándose en expresivas síncopas” (Moreno Rivas). La vitalidad dancística –un tanto tropical– de esta última tentativa manifiesta de Moncayo por tener relación con esquemas estructurales clásicos, recibe un tratamiento brillante al ser ejecutada por Diemecke y la Sinfónica Nacional (SONY CDC-470998). Desgraciadamente la ingeniería de sonido mitiga un poco los alcances de dicha versión, pues el total suena como distante. De tal modo que la fusión de intensidades y valores rítmicos no logra alcanzar la plenitud deseable. Con todo, vale mucho la pena adentrarse en la obra, oyéndola con el volumen más alto que sea posible lograr en el aparato destinado a reproducirla.
A su vez, en las notas que acompañan el espléndido disco del pianista Alberto Cruzprieto: Imágenes mexicanas para piano (editado por el Cenidim, sin número de serie), Ricardo Miranda ofrece una descripción de Muros verdes (1951) digna de elogio: “la escritura de Pablo Moncayo parece buscar nuevas perspectivas. Sus Muros verdes revelan, a la vez, un cierto regocijo pianístico y una preocupación por la novedad de la forma. Así, la última parte… sigue la línea de una espiral, maravillosa estructura sonora cuyo empleo marca de manera indeleble la fisonomía de la obra… una creación incesante, donde el desarrollo rítmico y la peculiar estructura… se combinan para producir una obra fresca… novedosa…”.
La exuberancia, virtuosismo formidable y apogeo expansivo del episodio final, así como la cantabilidad del inicio –cálido al igual que evocativo– en esta pieza, han sido corporeizados de modo elocuente por Alberto Cruzprieto a lo largo de su versión. Tal epifanía pianística establece entre compositor e intérprete un vínculo radiante.
De nuevo: el conjunto de estas tres grabaciones aporta datos precisos para el conocimiento y valoración de José Pablo Moncayo: uno de los creadores decisivos para el arte sonoro en México, quien supo fusionar brío, sencillez, refinamiento y expresividad en forma codiciable.