El orden incongruente de Xavier Esqueda

La generación de los cuarenta, a la que pertenece Xavier Esqueda (México, 1943), está muy bien representada en el Premio Marco, cuya primera edición se expone desde el pasado 20 de enero en el Museo de Arte Contemporáneo de Monterrey. Si se hubiera agrupado museográficamente lo producido por esa generación se habría apreciado cómo se cruzan en sus obras resonancias de las vanguardias históricas, revivencias del expresionismo y la abstracción, y cómo emergen las deliberadas mezclas posmodernas decididas de manera muy individual. De esa generación están los colombianos Ana Mercedes Hoyo, Miguel Angel Rojas y Francisco Vidal; el italiano Mimmo Paladino, el peruano Maico Yaker, la canadiense Janet Logan, el cubano-estadunidense Luis Cruz Azaceta, la argentina-estadunidense Liliana Porter, el venezolano Antonio Lazo, el estadunidense William Wegman, el brasileño Sirón Franco, y los mexicanos Ignacio Salazar, Juan Torres, Ismael Vargas, Nahum B. Zenil, Eduardo Tamariz, Aarón Cruz, Benjamín Domínguez, Arturo Marty, Irma Palacios, Rodrigo Pimentel y Arturo Rivera. Confrontado con estos contemporáneos que hoy tienen alrededor de 50 años y que por lo mismo se expresan con asentada plenitud, Xavier Esqueda demarca de manera rotunda su propio paradigma visual, dentro de un surrealismo más meditativo que provocativo; visión deslumbrante que no se origina en observaciones directas de la naturaleza y el entorno.
En su óleo Mutaciones II (160 x 140 cm. 1994), Esqueda ha reunido formas que podrían haber estado en una determinada realidad, pero que él transportó a un espacio fantástico, metamorfoseado y aun delirante: partes engranadas de maquinaria metálica, tubos flexibles de un sistema circulatorio multicolor, algunos huesos de un esqueleto humano, estelas pétreas semejantes a las antiguas, rocas yermas, cielo decorativo y un gran conjunto de cuerpos sólidos regulares (conos, cilindros, esferas, cubos y pirámides), como de madera, agitados por una energía que no se logra precisar y que les imprime carácter orgánico y viviente. En esta obra, Esqueda cumple con un postulado esencial del surrealismo: en su composición y por medio de la fantasía, el mundo se expande debido a que, sin un significado lógico, a todo lo representado se le ha superpuesto un valor metafórico.
Aunque los cuerpos geométricos han estado en el repertorio de Esqueda desde hace algunos lustros, en la producción de los últimos años los ha sacado del enclaustramiento, del recinto cerrado, para integrarlos a paisajes marinos, a espacios urbanos, a huertos y jardines. Los cuerpos están bajo árboles frutales o confundidos con sus ramas, entre tapias a medio construir, en patios de fábricas, entre grandes y espinosas cactáceas, en ventanas de gruesos marcos, frente a un mar agitado entre rocas y lagartijas, mezclados con frutas muy turgentes (peras, duraznos, naranjas). A veces la cáscara mondada de la naranja repta hasta la esfera y la cubre en parte, ofreciendo así una acción en que la naturaleza pretende invadir al artificio y transfigurarlo.
En la galería Arte Núcleo se puede apreciar desde el pasado 8 de febrero un conjunto de 29 óleos trabajados por Esqueda entre 1990 y 1995, la mayoría desarrollados dentro del repertorio de formas ya descrito, aunque ofrece también propuestas nuevas, con fidelidad programática a las definiciones fundamentales del surrealismo. Dispuesto a aguzar la actividad interpretativa de las formas, sistematizando la confusión, creó la gran tela Los buenos tiempos (210 x 100 cm. 1994), que muestra un árbol cargado de frutos diferentes: granadas, limones, peras, naranjas, duraznos… No hace apología de perversiones, como Salvador Dalí o Hans Bellmer; no libera de manera fuerte la sexualidad; prefiere un mundo paradisiaco, ubérrimo: todos los frutos llegarán a los hombres desde un árbol común.
Como una excursión a las fuentes simbolistas del surrealismo puede verse el cuadro Atlántida, Homenaje a Jamn Nitzer (120 x 100 cm. 1995). De un mar muy azul emergen tres altas construcciones cónicas y piramidales que parecen estar controlando una danza de esferas y brillantes que ocupa el cielo. Al reconstruir el mito, Esqueda despliega una elegante fantasía. Quizás el líder André Breton le reclamaría la falta de violencia y desesperación; lo inverosímil debe impregnarse de patología, lo extraordinario debe acercarse a lo obsceno. La inclinación estética de Xavier Esqueda no va por esas vías. El se empeña en buscar un grato orden paralelo al de la realidad.