Mal remunerada, con la amenaza perenne de los recortes presupuestales y siempre en rezago en comparación con el primer mundo, la investigación científica y tecnológica no es parte de los planes del gobierno.
Así lo dice a Proceso el mundialmente reconocido neurofisiólogo René Drucker Colín, jefe del Departamento de Fisiología de la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), quien ocupó las primeras planas de los periódicos más importantes del mundo en 1987 por sus investigaciones sobre el mal de Parkinson:
“Las crisis económicas siempre han afectado el desarrollo de la ciencia y tecnología en México, pero la investigación científica es una actividad que de entrada nunca ha sido realmente apoyada como debería hacerse.
“Los científicos hemos sufrido ya cuatro devaluaciones en los últimos 20 años. La ciencia siempre es afectada en este tipo de situaciones por una sencilla razón: México no produce absolutamente ningún insumo para la ciencia, todo hay que comprarlo en el extranjero. No hay productividad tecnológica.”
Con sólo 57 años y un currículum que abarca el Premio Nacional de Ciencias, el Premio Universidad Nacional, la Cátedra Patrimonial de Excelencia Académica, el nivel tres del Sistema Nacional de Investigadores, la beca de la Fundación Guggenheim, reconocimientos en la mayoría de los países del primer mundo y 150 publicaciones en su haber, Drucker, hombre atlético y de trato jovial, afirma que “desde el compuesto más sencillo hasta el más complejo se compran en dólares”, por lo que una devaluación eleva inmediatamente al doble un insumo equis.
Así, en su laboratorio, al igual que la mayoría de los de la UNAM y el Politécnico, no tiene un solo aparato de fabricación nacional; lo único hecho en México son los muebles de escritorio, libreros y anaqueles de almacenamiento.
Pero la cosa no queda ahí: existe la problemática de los impuestos en la compra de equipos especializados. Todo el instrumental debe ser tasado por la Secretaría de Hacienda antes de poder introducirlo en el país, situación que desde la perspectiva de Drucker “es terrible y absurda”: la UNAM tiene que devolverle al fisco el dinero que el mismo fisco le da:
“Es una política kafkiana, esquizoide. Si la UNAM tiene una actividad que es importante para el país, como la ciencia, por qué nos tasan a nosotros todo el equipo que compramos con el presupuesto que nos da el propio gobierno. Esa política debería eliminarse. El gobierno se está generando impuestos a sí mismo.”
Según el Conacyt, en sus Indicadores de actividades científicas y tecnológicas de 1994, en el sexenio pasado hubo un mayor apoyo a las actividades científicas y tecnológicas, y se aumentó el gasto en términos de producto interno bruto a 1,280.80 millones dólares.
Comparado con el apoyo de 1987, hubo en efecto un incremento, sólo que en ese año se registraron los niveles más bajos de los últimos 25 años (394.67 millones de dólares). Además, el gasto federal de 1994 –supuestamente el año del auge– es similar al de 1981, cuando se invirtieron 1,144.76 millones de dólares. No hubo un incremento real.
El gobierno, piensa Drucker, no otorga los recursos necesarios a los científicos: sueldos, apoyos específicos y subsidios especiales son cada vez más limitados, a lo que debe añadirse la ya anunciada reducción presupuestal del Conacyt, y no se toma en consideración que ciencia y tecnología son la opción de largo plazo más viable para ayudar a salir al país del marasmo económico en el que se encuentra.
Apunta el neurofisiólogo: “ningún país en el mundo puede aspirar a pertenecer al grupo poderoso económicamente si no desarrolla su ciencia y tecnología. No hay otra manera de salir del subdesarrollo; entonces ése debería ser el gasto más importante del gobierno en éste y en cualquier otro momento. Es cierto, hay problemas urgentes, eso es obvio, pero este tipo de desarrollo promueve empleos, gran productividad y autosuficiencia”.
Para Drucker dichos males inciden en que en México no exista investigación científica de frontera: “hay muy buenos investigadores en muchas áreas, gente notable, internacionalmente conocida, pero no estamos en la punta de la lanza, con eso no quiero decir que no seamos buenos en la investigación científica, pero somos muy pocos y además organizados sectariamente”.
A pregunta expresa, apunta: “la cuestión de los trasplantes al cerebro, en la investigación del mal de Parkinson, marcó un hito en una patología en particular, pero el impacto fue porque salimos en la primera plana del New York Times. De hecho, después de aquella situación, debería haberse dado más impulso a esta área, haberse metido más dinero, y sin embargo no pasó nada”.
Con presupuestos que fluctúan entre 30,000 y 40,000 nuevos pesos anuales para sostener los laboratorios y sueldos que parecen irrisorios, la situación mejoró notablemente durante finales del sexenio pasado para un grupo reducido de los científicos mexicanos (los de más reconocido prestigio en el país y cerca de 30 años de antigüedad) tuvo acceso a mejoras por vías colaterales, como el Sistema Nacional de Investigadores (SNI), y las Cátedras Patrimoniales de Excelencia, que permitieron triplicar y a veces cuadruplicar sus ingresos.
Sin embargo, para Drucker lo grave es la situación de los científicos jóvenes: “hay cerca de 30 o 40 investigadores notables con una buena situación económica, pero hay 6,000 investigadores en el SNI. El futuro se mira cada vez más incierto para aquellos que han pasado hasta 18 años capacitándose para ser investigadores”.
La gente joven que acaba de regresar de Estados Unidos, con doctorado y posdoctorado, gana 6,000, 7,000, 8,000 nuevos pesos si le va bien, explica. No son fácilmente susceptibles de créditos, su situación es de gran vulnerabilidad y, en algunos casos, cuando no consiguen trabajo, es francamente penosa.
Con un fideicomiso otorgado por la UNAM para desarrollar sus actividades, el laboratorio de Drucker es uno de los pocos afortunados: “no puedo quejarme de mi situación, modestamente hacemos lo que podemos, pero no me parece justo que los jóvenes estén en tanta desventaja. Me pregunto: ¿a qué pueden aspirar los estudiantes de ciencias? ¿Cómo es posible formar investigadores de alto nivel con esa perspectiva?”.
Indignado por la situación, Drucker compara abiertamente: “muchas veces yo me pregunto de qué sirve ser científico en una situación tan desventajosa y me llego a sentir muy frustrado. Cuando veo lo que ganan los senadores y los diputados se me antoja que los sometieran a las mismas exigencias que a nosotros: que les den un sueldo base; si obtienen un doctorado en economía o derecho, que se los aumenten; si han modificado algunas leyes, también; si han intervenido en el cambio de algunas estructuras de la Constitución, que les den sus tortibonos, como a nosotros. Pero qué padre ser senador ahí nomás para levantar el dedo con la bancada del Partido Revolucionario Institucional”.
Y ataca el centro neurálgico de la política económica del gobierno: “si el neoliberalismo y ese asunto de la productividad del individuo en su trabajo es real, pues que sea parejo para todos, por qué nada más para los científicos. Nosotros tenemos que tener licenciatura, maestría, doctorado, posdoctorado, publicar en revistas internacionales, ser sometidos a toda clase de juicios a ver si nuestros protocolos son buenos, si debemos mantenernos como investigadores. Nos evalúan cada tres años para asegurar que seguimos produciendo, lo cual a mí me parece muy bien, pero por qué a otros sectores de la sociedad no les hacen los mismo. Por qué están garantes de ciertos ingresos cuando en realidad no se sabe en qué contribuyen realmente al desarrollo del país”.
En favor de que se tomen decisiones políticas a favor de la ciencia y la tecnología independientemente de quien esté en el poder, Drucker considera que tal inversión no resolvería de un día para otro los problemas del país, pues se requiere cuando menos de 30 años.
Debe ser, dice, un proceso planeado bajo la perspectiva de apostarle al futuro:
“De otra manera, los científicos somos un adorno para que nos vean en las vitrinas de los eventos políticos y para decir que en México hay muy buenos pintores, músicos y, por supuesto, científicos. Mientras persista la política de favorecer más la especulación que el desarrollo, seguiremos comprando tecnología y no va haber la más mínima posibilidad de que México salga de su crisis.”








