El arte de negociar

Exactamente una semana después de iniciada, el sentido político de la ofensiva política y militar del gobierno contra el EZLN ha quedado plenamente revelado. El jueves 9, se realizaban aprehensiones y el ejército se ponía en marcha. El miércoles 15, las operaciones cesaban y se proponía reiniciar las negociaciones mientras el gobernador Robledo renunciaba.
Las interpretaciones que veían en la iniciativa un intento de aniquilamiento inspirado por Washington y su fracaso, caen por su propio peso. El gobierno trató, no de iniciar una guerra de exterminio, sino dar un nuevo paso para acelerar las negociaciones y colocar al EZLN en condiciones desfavorables. Por eso el golpe y luego la concesión. El garrote, y más tarde, la zanahoria. Lo que nunca logró fue explicar a la opinión pública lo que estaba haciendo. Hasta el New York Times se perdió en el laberinto. El domingo 12, en un artículo de primera plana, hablaba de un cambio de orientación, de un endurecimiento de la política zedillista y tres días después se veía obligado a rectificar.
Si los comunicadores que sirven al gobierno se hubieran propuesto confundir al público para aislar a sus mentores, no lo hubieran podido hacer mejor.
No se puede negar que el presidente Zedillo tiene hacia Chiapas una posición diferente a la de Salinas. Desde su elección, le ha otorgado la más alta de las prioridades y está decidido a hacer todo lo posible para acelerar la búsqueda de una solución. Esta es la segunda vez en dos meses en que trata de llevar a los zapatistas a la mesa de negociación.
La primera se produjo inmediatamente después de la toma de posesión, en los primeros días de diciembre. En aquel entonces envió un emisario que propuso a los guerrilleros –según el mismo Marcos– “un diálogo directo y secreto”, argumentando que “después de años de guerra, de miles de muertos y grandes destrucciones, terminaremos negociando”.
Al no lograrse esto, el Presidente propuso la renuncia de Robledo a cambio del desarme de los zapatistas. A esto –siempre según Marcos (Proceso 945)– éste contestó: “no, pues está muy caro Robledo. Mejor póngalo y que haya guerra, porque nosotros no vamos a cambiar las armas por eso”.
Lo que siguió a partir del 8 de diciembre, todos lo recordamos: la formación de la Comisión para el Desarrollo y el Bienestar de Chiapas, formada con parlamentarios de los cuatro partidos para sustituir a la Conai, la toma de posesión de Robledo y el fortalecimiento del cerco militar. Luego vino el freno al ejército y una nueva ronda de pláticas informales, entre ellas una directa entre el secretario Gobernación y el subcomandante. Parece ser que, una vez más, el gobierno resolvió pasar a la acción.
En la prueba de fuerza de la semana pasada, quedaron en evidencia las fuerzas y las debilidades de los dos contendientes: el gobierno logró apresar a algunos miembros del EZLN y el ejército recuperó las aldeas que se encontraban en manos de los zapatistas, empujándolos a la Selva Lacandona, acordonada por tropas mexicanas y guatemaltecas unidas. Por su parte, la guerrilla indígena logró retirarse en buen orden, sin perder un solo combatiente, al baluarte inexpugnable de la selva. El Presidente consolida la presencia de la comisión parlamentaria y con la renuncia de Robledo logra el apoyo del PRD al gobierno interino, al cual califica de “gobierno pluralista de transición”. El EZLN reanima la llama de la solidaridad popular que se manifiesta en una ola de protestas y manifestaciones masivas. Zedillo recibe el apoyo del gobierno de Clinton. El EZLN es avalado por el Parlamento Europeo de Estrasburgo y por organizaciones internacionales de derechos humanos.
Este es el balance de la nueva ronda de forcejeos. Pensando en los indígenas de Chiapas, en la virulenta crisis económica que nos sacude y que alguien sin tino o quizá con sentido del humor bautizó como “crisis de liquidez”, nos preguntamos si no podría haberse evitado.
El gobierno priísta y el EZLN tienen objetivos opuestos y excluyentes. El primero quisiera aplastar la rebelión y restablecer su autoridad absoluta en Chiapas y el resto del país. El segundo se ha propuesto –en propias palabras– derrocar al PRI y su gobierno e instaurar un gobierno popular. Ambos saben que no pueden lograr su objetivo original. El gobierno ha comprendido que para triunfar tendría que recurrir a una larga guerra que costaría miles de víctimas. El EZLN ha tenido que aceptar que por la vía de las armas no podrá vencer a su adversario, porque la mayoría de los mexicanos no lo seguirían.
No queda más que una conclusión: la negociación es inevitable como lo fue en Nicaragua, en El Salvador y como lo está siendo en Colombia y en Guatemala. La alternativa es el estancamiento o quizá la descomposición. Si algo pueden enseñarnos los últimos 20 años de la historia de estos cuatro países es que una guerrilla que tiene fuertes raíces populares –y el EZLN las tiene– no puede ser erradicada sólo por la vía de las armas. Pero también enseña que en el umbral del siglo XXI un movimiento revolucionario armado –aun más poderoso que el EZLN– no puede por sí mismo conquistar el poder y retenerlo.
La solución al dilema es la negociación, el camino de 50%, conceder algo para conservar lo demás, vivimos en la era de la negociación. Las posiciones ideológicas irreductibles están cediendo el lugar al diálogo y la búsqueda de arreglos intermedios. Eso significa también que las fórmulas dogmáticas, las percepciones en negro y en blanco, la fe en la inevitabilidad histórica, pero también las prepotencias de las oligarquías, tecnocráticas o no, la superioridad de los ejércitos regulares, el todo o nada de los sistemas autoritarios, están de salida. Lo actual es buscar las soluciones intermedias, el arreglo sin claudicación. Después de 20 años de lucha armada, primero contra los somocistas y más tarde contra una reacción armada por los Estados Unidos, los sandinistas tuvieron que negociar con los “contras”. A los 12 años de guerra civil, los revolucionarios salvadoreños se sentaron a la mesa de negociaciones con los representantes de la oligarquía. Pasados 40 años de sangrienta guerra fratricida, negocian los guerrilleros guatemaltecos, veteranos de mil batallas. Arabes e israelíes, después de entrematarse durante medio siglo, renuncian a la victoria y se sientan a negociar lo que sólo hace algunos años aparecía como santo e irrenunciable.
En México, la lección parece haber sido aprendida por ambos contendientes, pero como ha sucedido en casi todos lados, su aplicación práctica aparece cargada de dificultades. Hasta que no se llegue al acuerdo, la negociación no excluye las presiones y los forcejeos. No se trata de un proceso más “limpio” o menos violento que otras lides políticas. Los oponentes deben medir fuerzas y tratar de sacar provecho de las cambiantes situaciones. Pero la negociación no es la guerra. No se propone la liquidación del oponente, sino el establecimiento de reglas para relaciones presentes y futuras con él.
El peor enemigo de la negociación es la tentación del madruguete, ese deporte tan mexicano. A veces, cuando el oponente se bate en retirada, o está arrinconado, se acentúa el peligro de sucumbir a la tentación de acorralarlo e incluso liquidarlo. Pero entonces se rompe la regla básica de la negociación que presupone la sobrevivencia de los contendientes y se pasa a una situación de guerra.
El éxito de la negociación depende de dos factores primordiales: a) Ante todo, el asunto en litigio debe ser negociable. Si no lo es, es inútil perder el tiempo. ¿Está dispuesto el gobierno a pagar el desarme de los zapatistas con su participación directa en un gobierno de transición en Chiapas y su presencia legal y abierta en la política en nivel nacional? ¿Está dispuesto el EZLN a deponer las armas a cambio de una presencia política que le permita luchar por otros medios por sus objetivos? ¿Quiere el gobierno iniciar una verdadera reforma social y económica en Chiapas a cambio de la integración de los movimientos sociales a los cauces legales? ¿Están dispuestos éstos a posponer algunas de sus demandas y renunciar a otras a cambio de la satisfacción de las más importantes?
b) Tiene que existir una confianza mínima entre las partes en conflicto, cierta confianza en el cumplimiento de los acuerdos; si eso no existe, la búsqueda de seguridades para el cumplimiento de los acuerdos ahogará la posibilidad de llegar a ellos. En este renglón, el pasado de los gobiernos del PRI es inconfesable. La historia de su longevidad está sembrada de promesas relegadas y acuerdos incumplidos o para decirlo en términos más llanos, de traiciones. El indio lo sabe. Como le decía uno de los informantes de Redfield en su obra ya clásica: “sólo los pendejos creen al político, lo que hay que hacer es sacarle provecho”.
El gobierno tendrá que demostrar fehacientemente que ha superado el desdén y la subestimación que caracterizaban la actitud de sus antecesores hacia los movimientos populares y que piensa respetar los acuerdos que se tomen. Por su parte, el EZLN deberá encontrar la manera para que la búsqueda de garantías y seguridades no impida la firma de convenios. Lo que se pide no es fácil, pero la inmensa mayoría del pueblo mexicano –con o sin filiación política– rechaza la guerra y exige que se adopten medidas serias y perentorias para la integración completa de la población indígena a los avances y los derechos de la nación.
Quizá a estas alturas valga repetir las palabras de John F. Kennedy: “comencemos de nuevo, recordando de ambos lados que la apertura no es una señal de debilidad y que la sinceridad debe estar siempre sujeta a comprobación. Nunca negociemos por miedo. Pero no temamos negociar”.