Los acontecimientos relacionados con el conflicto en Chiapas, así como la fascinación que Guillén-Marcos y todo lo que tenga que ver o suene a EZLN ejerce sobre parte considerable de nuestros analistas políticos, hicieron que el contundente triunfo del PAN en Jalisco pasara casi inadvertido para efectos del análisis sobre sus causas, sus implicaciones inmediatas y las perspectivas que abre para los otros cuatro estados que en este año habrán de renovar gobernador: Yucatán, Guanajuato, Baja California y Michoacán.
Dejemos de lado, para empezar, las visiones prejuiciadas que encuentran detrás de cada victoria panista la prueba de una nueva concertacesión, o que confunden su pesimismo con el estado de ánimo de todos los mexicanos. Quienes juzgan el avance del partido blanquiazul con las anteojeras de la impotencia perredista, exigiendo para el PRD los espacios que los ciudadanos le niegan en las urnas, practican una extraña “democracia”: la de imaginarios equilibrios políticos, construidos en máquinas de escribir, difundidos en prolíficas líneas ágata en nuestros medios impresos.
La victoria panista en Jalisco es producto de un conjunto de factores cuyo resultado es el primer “carro completo” en su ya larga historia electoral. La gubernatura, 18 de 20 distritos para diputados de mayoría, seis diputaciones plurinominales y casi 90 municipios, de un total de 124 que integran la entidad (cifras preliminares), es la cosecha levantada el domingo 12 de febrero. En una jornada electoral cuya participación ciudadana en las urnas se sitúa en alrededor de 75% de la lista nominal de electores, sin incidentes o anomalías dignas de consideración, el PRI conoció, por vez primera en su historia, la amargura de una derrota casi total, mientras que el PRD confirmó su tercer lugar, a una distancia de sus dos principales adversarios que da cuenta, por sí misma, del fracaso reiterado de la estrategia perredista (no más de 3% de la votación total para gobernador, a más de 50 puntos del ganador y a más de 30 del segundo lugar).
¿Cuáles son esos factores? Unos vienen de la historia, otros forman parte de la nueva situación, de la coyuntura:
1. La presencia panista en Jalisco se remonta a varias décadas; en las elecciones –federales y locales– celebradas desde por lo menos 1979 y hasta 1994 nunca perdió su posición de segunda fuerza. En particular, es destacable que a partir de 1982 el PAN registra un ascenso ininterrumpido en su votación, lo que se explica, en primer lugar, por el deterioro progresivo del PRI, pero también por el estancamiento de la izquierda y del PRD –en 1988 Cárdenas quedó en tercer lugar en la entidad– y por la extinción de otras opciones con influencia en zonas importantes del estado, como fue el caso del PDM en los Altos. En 1994 el PAN estuvo a un paso de ganar la elección de senadores de mayoría, obtuvo el triunfo en diez de los 12 distritos localizados en la zona metropolitana de Guadalajara (que incluye Zapopan, Tlaquepaque y Tonalá) y conquistó la senaduría de primera minoría. Esas tendencias llevaron a la dirección estatal panista a plantearse, desde 1992, conquistar la gubernatura en 1995; a partir del objetivo “Jalisco 95” formularon un plan de acción y una política de alianzas cuyos resultados, más allá del debate sobre sus contenidos y protagonistas, probó en forma sobrada su éxito.
2. En contraste, el PRI sufrió durante los últimos tres lustros un deterioro progresivo en su imagen y en el apoyo de los ciudadanos, que en los últimos años se tradujo en acelerada pérdida de votos en las zonas urbanas de Jalisco. Las pugnas entre los grupos de poder terminaron por hacer crisis debido a la candidatura de Eugenio Ruiz Orozco; en el trasfondo estaban el pésimo desempeño de los últimos gobernadores (Alvarez del Castillo, Flavio Romero, Cosío Vidaurri, y el obligado y gris interinato del actual gobernador), la ruptura del esquema de alianzas que por décadas dio soporte a la hegemonía priísta, la crisis de la universidad estatal y la ruptura con la FEG; la crisis del sindicalismo lidereado por los herederos del viejo cacique Heliodoro Hernández Loza; el derrumbe de las centrales campesinas, cuya expresión más acabada fue el surgimiento de El Barzón; la ruptura de los lazos de complicidad e intereses con los empresarios y sus agrupaciones; suficientes elementos como para provocar la catástrofe del PRI.
La forma de seleccionar a sus candidatos, que el PRI consideró punto en su favor, se convirtió en motivo de confrontación, nunca resuelta, entre las distintas fracciones del priísmo local; ni el derroche de recursos en propaganda impresa y en los medios electrónicos, ni los esfuerzos de su dirección nacional para disciplinar a los grupos surtieron efecto. En contraste, el panismo procesó durante los últimos seis años un relevo generacional y estratégico en sus cuadros locales y candidatos (su dirigente estatal tiene 32 años y su candidato triunfante a la gubernatura 37); estableció alianzas con varios grupos de innegable influencia en Jalisco, unos en el anonimato, otros públicos, de los últimos el más importante es el DHIAC, y eligió, sin desgarramientos internos, una exitosa combinación de candidatos cuyo símbolo de origen es el extinto Manuel J. Clouthier, de esa camada proviene el nuevo gobernador, ingeniero, de apellido Cárdenas –también la historia hace bromas–, exalcalde de Ciudad Guzmán –antes Zapotlán El Grande–, conquistó el apoyo mayoritario merced a su propio esfuerzo y propuesta. Un dato ilustra su breve trayectoria política; en el municipio que gobernó, todas las casillas fueron ganadas por el PAN.
3. A los agravios provocados a la sociedad jalisciense por las explosiones en el sector Reforma de la capital y el asesinato del cardenal Posadas vino a sumarse, como lápida imposible de remover en el corto plazo, la devaluación del peso, la crisis económica y la incertidumbre política prevaleciente en todo el país desde diciembre de 1994. Frente a ese estado de ánimo de la población, el panismo desplegó una campaña al mismo tiempo de singular dureza crítica –recuerdo los mensajes televisados de sus candidatos en los municipios de la zona metropolitana– y también propositiva. Sus candidatos no se conformaron con la denuncia, tampoco recurrieron a las profecías apocalípticas, ni buscaron pescar en el revuelto río chiapaneco, se beneficiaron del voto de castigo al PRI y del caudal que legítimamente han forjado en largos años. Finalmente, pero no por ello menos importante, es que el PAN logró presentarse en Jalisco como alternativa de gobierno, y programas específicos para hacer frente a la complicada situación de este estado y sus municipios.
Mantengo reservas sobre el perfil de algunos de los hoy alcaldes electos (Guadalajara, Zapopan, por mencionar los dos casos más destacados), sus declaraciones, propuestas y conductas en asuntos esenciales del quehacer y la convivencia sociales se sitúan en el campo de la reacción y el oscurantismo, pero el hecho es que obtuvieron mayoría en las urnas, y la voluntad ciudadana debe ser respetada.
4. Gracias a la reforma electoral local, derivada en buena medida de los “acuerdos de Bucareli” (1994), se integró un Consejo Electoral Estatal (CEEJ) con mayoría ciudadana, presidido por un hombre de reconocida imparcialidad, que habiendo sido vocal ejecutivo del consejo local del IFE en 1994, fue propuesto –por el PAN– para presidir el máximo órgano electoral estatal. Pese a lo corto del tiempo de que dispusieron, y remontando problemas y desconfianzas, los integrantes del CEEJ lograron construir y transmitir a la ciudadanía la confianza de que existían condiciones para una contienda limpia y resultados apegados a la voluntad popular.
5. Tengo la hipótesis de que Jalisco es un buen laboratorio para conocer la reacción de una parte importante de la ciudadanía ante las más recientes decisiones presidenciales respecto del conflicto en Chiapas. Si a la preferencia de los electores atendemos, nada indica que el EZLN goce de aceptación, digo lo anterior en función de los resultados del PRD; pero nada indica tampoco que las decisiones presidenciales hayan alterado las preferencias en favor del PAN, incluso cabe la hipótesis de que las acentuaron. En efecto, cabe inferir que más que simpatía por el EZLN, lo que una parte de los ciudadanos reflejan en las urnas es un sentimiento antipriísta y antigubernamental, en el que todo aquello que contribuya a derruir su predominio merece consideración, incluso cierto tipo de apoyo sentimental, aunque nadie, o casi nadie, pudiera ver a Marcos sentado en la silla presidencial. El síndrome de nuestro Robin Hood autóctono –Chucho el Roto– sigue presente en el imaginario colectivo.
Queda la pregunta de si los resultados de Jalisco son estrictamente locales, o si, por lo contrario, configuran un patrón para las entidades en que habrán de celebrarse elecciones para gobernador en próximas fechas. Aquí no queda sino ir a lo concreto: advierto la posibilidad de que estemos en presencia de un ciclo de derrotas priístas producto de factores como los arriba indicados. Veamos.
Yucatán: larga tradición de lucha panista, anemia aguda del PRD –en la última elección en Mérida obtuvo menos votos que casillas–; fracciones priístas enfrentadas, pésimo candidato –eso sí, de unidad– del oficialismo. Gobierno panista popular en la capital, crisis aguda, empresarios agobiados, campesinos sin esperanza.
Guanajuato: de los factores anteriores, cabe corregir dos y agregar uno: gracias a la campaña de Muñoz Ledo en 1991, el PRD sostiene algunos bastiones de voto en esa entidad, pero su orfandad en materia de un candidato fuerte para esta oportunidad lo ha llevado a discutir entre apoyar a Vicente Fox… o lanzar al exdirigente nacional del ¡PDM! La experiencia traumática de 1991 llevará al priísmo a cerrar filas en torno de un candidato con arraigo. Lo novedoso es que el PAN deberá enfrentar el juicio de la ciudadanía a un gobernador que –a decir de amplios grupos– nunca pudo ser algo más que un encargado del despacho. En este caso, la división es en el interior del PAN, pues para nadie es un secreto la pugna entre el candidato Fox y el gobernador Medina.
Baja California: factores más parecidos a los de Guanajuato, aunque con un mejor balance para el gobierno de Ernesto Ruffo. Mientras que en la tierra del padre de la patria la última elección de presidentes municipales constituyó un revés para el panismo, en Baja California logró conservar Tijuana y Ensenada, aunque no pudo refrendar su mayoría en las elecciones federales más recientes. En favor del PAN opera el agudo deterioro que la devaluación representa para la población fronteriza; en favor del PRI, la identificación de origen del presidente Zedillo con ese estado. Respecto del PRD, desde el primer dedazo de su líder moral –en 1989– no ha vuelto a levantar cabeza.
Michoacán: puede ser la reserva del PRI, gracias a la extensa e intensa campaña de recuperación emprendida desde 1989 y al agotamiento de la estrategia perredista de confrontación sin límites que duró demasiados años, a lo que se suman las ya inocultables divisiones en la vieja guardia de Cárdenas. Ahí la pregunta es si el PAN será capaz de capitalizar el extravío cardenista para aspirar, por lo menos, al segundo lugar.
El desarrollo de los acontecimientos coyunturales jugará su papel y puede ser determinante en las preferencias de los ciudadanos de cada entidad. Hoy, con los antecedentes y hechos a la vista, lo que se perfila para el país es el bipartidismo en elecciones locales, con sus raras excepciones. Son los costos de creer que “todo México es Chiapas” y que “todos somos Marcos”.








