Con una gratísima dedicatoria, Julio me envía un ejemplar de su libro Estos años, que en estos días inicia presencia en los estantes de las librerías. Lo leo “de un jalón” y quedo envuelto en la fascinación de su lectura. Julio, desde la fundación de Proceso, ya no escribe, y a su regateo, el reproche por mantener escondido el denario de su prosa fácil, de su juicio penetrante, de su dominio del oficio. Es periodista, lo es desde siempre, con total exclusión de otro quehacer, de otra inquietud, lo es de tiempo completo, de vida entera, desde la juventud hasta la edad madura. De vez en cuando saca de la guarda discreta el denario y lo lanza filoso, brillante, para cumplir en un libro el mandato indeclinable de su multiplicación.
En Estos años Julio abre un instante las puertas normalmente cerradas de su propia intimidad y nos deja en relámpago testimonios de su riqueza interior. Deja de ser el observador y el analista del acontecer, para dejar indicios de su dimensión humana. “Vencida mi mujer por un cáncer despiadado, me enfrentaba con nuestros nueve hijos a un dolor sin esperanzas. Teníamos la muerte encima y en la recámara que había sido nuestro universo nos apretábamos como huérfanos. Llorábamos como ella ya no podía llorarnos y ansiábamos su fin a solas, Susana en el silencio”.
Incorpora al relato una plática con Doña Amalia Solórzano de Cárdenas: “el general está en los cielos, señora, los que existan. Pasó por la tierra y se hizo querer de tal manera que muchos lo recuerdan como a un pariente grande. Ojo alegre como fue, ¿le afecta que picara donde podía? `Mira, me dijo, el general pudo haber picado en muchas partes, yo no sé, pero sólo en este vientre reposó hasta su muerte'”.
En esta humanísima veta, la del dolor humano, trae a presencia el relato que desgarra a dos hombres unidos en el techo común del reclusorio norte, y en la caída del poder y de la gloria a la sordidez y el desamparo de la cárcel: “yo visitaba en una celda del reclusorio norte a Joaquín Hernández Galicia. El me anunciaba su muerte, para siempre, lejos del mar. Reunidos una vez con su mujer, ella confesó que se había hincado al paso de Gutiérrez Barrios y le había suplicado que lo dejara libre. En la celda donde conversábamos, la señora abrió su cartera y junto a fotografías de sus hijos y una de Joaquín en sepia, me mostró el retrato del presidente Salinas. ¿Por qué, señora?, pregunté sorprendido. Para que Dios se acuerde de él para que lo haga bueno”.
Y a renglón seguido incorpora otro encuentro: “en el interior del reclusorio norte José Antonio Zorrilla tuvo noticias de mí y me hizo llegar hasta la celda de La Quina su deseo de que platicáramos. Avanzamos por pasillos iluminados por focos a tres metros de altura. Desprendidos de un abrazo, me dijo que él no había ordenado la muerte de Manuel Buendía. Nuestros descalabros dominaron la conversación, por un lado un policía con poder sólo limitado por el presidente y por el otro un periodista expulsado de su periódico por el mismo poder omnímodo”. Y relata el diálogo humano y desgarrador: “`yo sé como te jodieron’. `Dime’. `Lo tengo escrito’. `Dame lo que tengas’. `Para qué, ya no tiene caso’. `Para mí sí’. `Mejor te enseño mi jobi’. Dejamos la mazmorra y salimos a un pequeño prado cubierto de rosas. Aún siento la serenidad del día. Yo sembré los rosales, yo los riego, me dijo. Como en las películas”.
Abundan en Estos años encuentros y pláticas con el presidente Salinas de Gortari. “Conversábamos sin reticencias. Vicente trajo a cuento que la víspera, 5 de octubre, había sabido que, como invitado de honor, el presidente había asistido a la comida anual de la Semana Nacional de la Radio y la Televisión y cantó El reloj con Daniela Romo y Chamín Correa. Fue directo y dijo que yo había criticado su actitud, sensible el país por el asesinato de Ruiz Massieu. El presidente comentó que entre los asistentes había un espíritu caído y él había querido levantarlo, trasmitir ánimo y confianza a los presentes. Todos nos debemos a nuestras emociones –convino–, pero en determinadas circunstancias el hombre público ha de acallar sus sentimientos por razones que van más allá de él mismo. El presidente habló en seguida de la imagen, un arma en manos del hombre de Estado. Desde mi punto de vista –dije– el político, como cualquiera, posee un mundo propio que debe resguardar. El luto posee su propia elocuencia y el hombre herido por la muerte de un amigo proyecta la fuerza de su dolor, incontrastable frente a cualquier imagen. Fui claro: me habría emocionado observar al presidente de la República fiel a su luto íntimo y no cantando a trío con Daniela Romo y Chamín Correa”.
Hay frases que, como relámpago o latigazo, describen un perfil. “La trabajada mediocridad de Miguel de la Madrid, temperamento sin fuego, carácter sin color, inteligencia opaca”. O bien: “a su tiempo, la historia hablaría del presidente Díaz Ordaz, quien prefirió la paz de los sepulcros al riesgo de la Olimpiada de 1968”.
Estos años llenan una lista de siete páginas dedicadas al índice de nombres. No es un desfile opaco, biográfico, sin rostro; hay en la cita puntual fuego, pasión, luz, sombra, son hombres de aquí, de ahora, que el autor recoge y captura en su instante, en su circunstancia, en el brillo sacramental de la conversación. Es Luis Donaldo Colosio: “en un debate te gana Cuauhtémoc. Estos años han sido desastrosos. `Te equivocas. A él lo mueve el rencor; a mí, la esperanza'”. O Luis Echeverría: “como secretario de Gobernación, fue solitario y sombrío. Respiraba en un ataúd. La primera mañana como exsecretario, listo para la campaña por la Presidencia, a través de la televisión, el país lo vio desayunar y reír con la familia entera”. O Don Carlos Quijano: “fui más atrás, a los días del golpe de Echeverría contra Excélsior. Sin energía, desangrado, anhelaba otra vida. `Que la derrota no lo derrote’, me impulsaba Don Carlos Quijano, pero la verdad la derrota me derrotaba”. O Don Manuel Espinosa Iglesias que se dolía del dinero disminuido: “tú no tienes problema. Eres el de siempre. Yo no. Probablemente fui el hombre más rico de México”. O Juan Sánchez Navarro: “nos une la amistad que hermana, pero nos reconocemos hijos de cielos distintos. No miramos con la misma mirada al interior del hombre”. Son botones de muestra en un jardín en el cual predominan el rojo, fuego, la llama, el relámpago, que Chesterton sacralizaba.
Y en ese rojo la vocación irrefrenable: “expulsado de Excélsior, amigos inseparables pensaban que no debía abandonar un esfuerzo común, me vistieron de general, me prendieron algunas medallas y me llevaron al frente de un proyecto que era sobre todo de ellos: una prensa sin el lastre de la dependencia. Di la cara y aparecí con nombre y apellido”.
Y así, quienes caminamos sobre los ásperos caminos de “una prensa sin el lastre de la dependencia”, Julio nos deja en Estos años un libro que es ejemplo de oficio y testimonio de vocación.








