¡Crrriiiik… crrraaaak!

La ya muy arisca mula de la opinión pública ha coceado opiniones y creencias de que las mociones del gobierno de Ernesto Zedillo en el conflicto chiapaneco, las aprensiones, las aprehensiones y desaprehensiones de sus dirigentes son fumarola para desatender las condiciones de la quebrantada economía mexicana.
Pero como no hay dedos que tapen los soles de los desastres, el pasado miércoles aconteció caída del índice econométrico más advertido de la sociedad actual, infectada de manías economicistas y evaluaciones monetaristas, el alma metida en los bolsillos y la cabeza en las cuentas de las finanzas, de los lucros, de las inversiones. Cayó la Bolsa.
El colapso de la semana pasada incurrió en una baja de 6.41% y las concomitantes alzas del dólar, que promedió precio de venta de 6.30 nuevos pesos y las tasas de interés se incrementaron. La causa de la caída se imputó a la insolvencia para pagar 20 millones de dólares de los negociantes del grupo Sidek, que debe a inversionistas, filibusteros contemporáneos de la usura. También se dijo en la sede principal de los voraces del mundo, Wall Street, que había otras empresas en el mismo pantano.
Se apuntan otras razones para el azotón financiero: la fuga de capitales desde el viernes pasado hasta la cuantía calculada de 2,000 millones dólares y la creencia de que habría emigración masiva de capitales accionarios. Ni patria, ni solidaridad, ni inteligencia de fondo sostienen los ganadineros. De aquí la baja más grave en casi año y medio. En las horas siguientes se mantuvo el juego siniestro del crik-crak.
Los beneficiarios del sistema, sobre todo a partir de los tiempos de Miguel de la Madrid, los industriales, empresarios diversos, se inconformaron. En Monterrey se anunció que estos ciudadanos enriquecidos ya no toleran la situación y formarán, dijeron en la Cámara Nacional de la Industria de Transformación, un frente de combate cuyas acciones serían el incumplimiento de sus obligaciones con el Seguro Social, no pagarían o pagarán el impuesto sobre activos, ni al Infonavit, ni a la banca. Reclaman un plan reactivador de sus industrias.
Ya entrados en los gastos de la cólera y los berrinches, no menos que de los miedos, Fernando Cortina Legarreta, de la Concamin, anunció que los capitalistas (el capital, dijo) habían perdido la confianza en el país. No se atrevió a decir que en el gobierno nuevo. Propone el desarrollismo y el abandono del “combate absurdo de la inflación”. La Coparmex, su vocero mayor, aseguró que la economía está paralizada y que el caso de Sidek es premonitorio.
Zedillo implicó que la catástrofe es un legado de Salinas de Gortari. Recibió el país en la más difícil situación en años, pero aseveró que, después de todo, es un privilegio encarar una situación infortunada como esta honda desgracia mexicana. Y, sin que se intelija porqué lo expresó, jugó verbalmente: “por algo suceden las cosas”. Pues sí, entre otras causas, por ineptitudes, por saqueos, por mentiras, por confusiones, por indecisiones, por contradicciones, por querer quedar bien con tirios y con mexicanos.
Dentro de los infortunios y las adolescencias del gobierno zedillista sobresale la información: mala, confusa, equívoca, contradictoria, tardía en México, temprana en Estados Unidos. Pero allí sigue el compadre de Zabludovsky.
Pareciera que intelijen ya el problema, los agravios. El pariente remoto del emperador Moctezuma definió muy bien el lío: “… informar es en estricto sentido la mejor estrategia para ampliar (aquí se dice para conseguirla, porque el déficit de credibilidad en los gobiernos priístas es tan grande o mayor que los endeudamientos y Zedillo ha tenido en esto su principal carencia política) las bases de sustentación democrática…”.
Y todavía más, dijo el secretario de la gobernación: “la libre expresión de su sentir crítico nos es tan necesaria como inútil y dañina sería su complicidad”. Ya lo saben, falta que lo crean y lo actúen. Pero ya lo saben, al menos. Está bien.