Sigue en el misterio la conversación del director policiaco con Rafael Estrada Sámano. Castillo de la Riva cuenta su historia, rebate, contradice, dice y se desdice sobre su jefe Juan Pablo de Tavira

Su cuerpo, enorme, ocupa toda la silla. La mesa es pequeña para sus manos, que mueve poco mientras habla con una voz grave, monótona, aunque imperativa. Nadie que se encuentre frente a él podría dudar de que es un jefe policiaco.
Se trata del comandante Alberto de Jesús Castillo de la Riva, jefe de ayudantes del director de la Policía Judicial Federal, Juan Pablo de Tavira, que se encuentra en estado de coma después de señalar a los responsables de su escolta de seguridad como los autores del atentado.
“Sí señor, sí señor”, repite ahora numerosas veces ante el reportero el comandante Castillo de la Riva. Tras de leer los testimonios recogidos por Proceso (954), y luego por numerosos medios de comunicación, él quiere, le urge, dar a conocer su propia historia, su versión.
No está solo. A la entrevista lo acompañan cinco de “sus muchachos”, todos integrantes de la escolta de Juan Pablo de Tavira.
Está en campaña de relaciones públicas.
Al contar su historia, que amplía o corrige, cae en contradicciones respecto a sus primeras declaraciones –hechas “voluntariamente y sin abogados presentes”, insiste– ante el Ministerio Público y los cuerpos de investigación interna de la Procuraduría General de la República (PGR).
La versión de Castillo es, en resumen, la siguiente:
Entra la mañana del día 24 de diciembre a la casa de Juan Pablo, “alarmado” –después de varios intentos de llamadas telefónicas–. Nota que hay un calor agobiante y revisa el calentador, que está prendido aunque no debiera estarlo. Ve a su jefe respirando con dificultad, con manchas de vómito y la cabeza entre el colchón y la cabecera. Abre todas las ventanas para que respire bien. Se prepara un café porque está nervioso y tiene frío. Manda a la escolta a México por relevo; al vecino le ordena ir por una ambulancia, y al chofer, por un médico. Limpia a De Tavira y le quita la camisa. Después, lo sube a la ambulancia y, por fin, lo sigue en el coche hasta el Centro Médico Toluca.
–¿Se arrepiente de alguna de sus acciones de la noche del 23 o de la mañana del 24?
–No señor. Juan Pablo de Tavira está vivo.
–Hay vidas que no son vidas…
–Está vivo.
–¿Nunca pensó usted llevarlo en la Suburban a un hospital?
–No soy un experto médico. Siempre pensé que el señor estaba profundamente agotado, yo siempre pensé eso. Fue la primera impresión que nos dio. Yo pensé eso. La respiración se oía como un ronquido. Protegí la vida de mi jefe y amigo. Y su imagen.
–¿Podría usted mirar a la cara a Juan Pablo de Tavira?
–Por supuesto que sí –dice, y muestra orgulloso la tarjeta que el día 23 por la tarde le dio su jefe junto con un reloj que constituyó su regalo de Navidad:
“Alberto: de ti espero mucho, espero que entiendas la responsabilidad que tenemos. Juan Pablo.”

* * * * *

Castillo de la Riva dice que tiene 16 años de conocer a Juan Pablo, la mayoría de los cuales ha trabajando con él. “Soy amigo personal del señor, hemos convivido muchos años juntos”.
–Cuénteme de esa noche…
–Fuimos a Polanco.
–¿Cuál era el restaurante?
–No recuerdo, la verdad.
–Usted entra con él al restaurante…
–Sí. Están su hermana, su esposo y otra pareja de amigos.
–¿Por qué no cena con ellos?
–A veces cenaba yo con el señor, cuando el señor me lo indicaba, cuando el señor decía. La noche en cuestión, llego con el doctor al restaurante, me bajo con él y lo acompaño hasta la mesa donde están las dos parejas esperándolo. Saludo. Conozco a Marta desde hace mucho tiempo, a su cuñado. Se voltea el señor y me dice: “Castillo, este sobre hay que hacérselo llegar al comandante Gándara; es confidencial”. Señor, si me permite, yo personalmente lo llevo, me voy con el chofer y dejo a la escolta. “Perfecto –me dice–, adelante”. Me voy a dejar el sobre. Me regresé inmediatamente al lugar.
–¿Por qué cuando usted declaró al Ministerio Público no mencionó lo del sobre?
–No me recuerdo si lo mencioné o no. La verdad, no recuerdo. Hemos estado tratando de recordar pequeñas cositas que se nos han estado quedando. La verdad, no recuerdo si lo mencioné o no; quiero ser muy claro, quiero ser muy honesto.
–¿Cómo sale el doctor del restaurante?
–Yo lo recibo en la escalinata. Me despido de Marta y de la otra pareja. Le abro la puerta y nos enfilamos. Trae una botella vacía, blanca con grecas azules, y el señor me hace el comentario: “mira lo que me regalaron”. El doctor no acostumbraba tomar. Iba a hacer una lámpara.
–Llegan. Y las declaraciones ministeriales de la escolta dicen que usted entra a la casa con él.
–Se manejó esa situación… Lo que pasa es que tiene dos puertas la casa: tiene una malla ciclónica alrededor de la casa. En algunas ocasiones entraba al domicilio, dejaba el portafolio en la mesa del comedor y me despedía del señor.
–¿Qué hizo esa noche?
–Esa noche bajamos un bulto que su hermana le había regalado, y el portafolios. Me bajo del coche, saco las cosas, le digo al doctor: “a la hora que usted indique”. Se baja el doctor del coche. Nos encaminamos a esa pequeña puerta y nos encaminamos por el pasillo. Llega hasta la puerta de madera, que es la entrada de la casa. Trato de entrar y me dice: “no, hasta aquí está bien”. Le entrego las cosas y jalo la puerta. Me doy vuelta y regreso por el pasillo, y entonces ya veo que se acomoden los de la escolta.
–Usted leyó en las declaraciones de la escolta que usted entró al domicilio y que tardó entre diez y 20 minutos…
–No es posible.
–¿Por qué gente de la escolta declaró eso?
–La verdad, no sé si fue declarado así. Aquí están algunos compañeros. Nos presentamos libremente y declaramos según como cada quien vivió y vio las cosas.
–Comandante, según testimonios de personas muy cercanas a Juan Pablo que lo visitaron en el hospital cuando estaba consciente, él le dijo: “Comandante, tenemos cuatro horas de sueño. ¿Por qué no te quedas aquí?”.
–No es cierto, no es cierto, y se lo digo delante de la propia familia. De los 16 años que tenemos de conocernos, en una ocasión, en una ocasión me quedé en su casa, cuando vivía en Coyoacán, y eso fue por el año 87 u 88.
–Esa conversación que relata gente que habló con el doctor, ¿usted dice que nunca existió?
–No, nunca. Llegué al otro día a las ocho y media, ocho y veinte, por ahí.
–Usted es su amigo, es su jefe de ayudantes, su principal colaborador. ¿Por qué si sabía que tenía una cita con el procurador a las diez de la mañana, no fue a levantarlo? ¿Por qué se espera que den las 8:45, diez para las nueve, las nueve, llama por el celular, no contesta, las nueve y diez…?
–Sí me inquieta. Le voy a explicar. El doctor De Tavira es muy especial… inclusive algunas gentes que no están aquí presentes… el doctor a veces se encierra a leer o escribir y se pasa horas, y el chofer se queda esperándolo. Lo que pasó esa mañana es que yo llegué. “A lo mejor el señor se está bañando”. Salgo, y yo espero y tomo el teléfono y no me contesta. “A las nueve que salgamos de aquí, pues es perfecto. A lo mejor por el cansancio que había tenido el señor en la semana, pues a lo mejor y apenas ahorita se está bañando…”. Entonces entro a la malla y me asomo por las ventanas, y sólo veo prendido el calefactor que tiene ahí con una llama roja y chica. Veo todas las luces apagadas. Están seguros que no se les salió. Ya para esto eran casi cerca de las nueve.
–¿Por qué en su primera declaración no mencionó el calentador prendido?
–Yo creo que sí lo mencioné…
–No lo mencionó, comandante…
–… Le digo a la esposa de Puebla que me dé las llaves por favor, y ya estaba yo alarmado. En eso va llegando César Puebla, y le digo que no nos responde. Estoy caminando para la casa, y viene César detrás de mí… Estoy abriendo la puerta, checo el calentador y lo veo prendido. E inmediatamente que abrimos, tanto César como yo sentimos un fuerte olor a monóxido y mucho calor en toda la casa. Y le digo a César apágatelo por favor, y entonces veo al señor… Le digo que hay que calmarnos y ver qué hacer.
–¿Por qué en su primera declaración no mencionó lo del calor cuando entró?
–No. Sí lo mencioné. Con la Judicial y con el Ministerio Público, y también mencioné que había pedido que prepararan unos cafés porque estábamos muy nerviosos y teníamos mucho frío. Incluso pensé en darle un café al señor, a ver si eso lo mejoraba. El café lo preparó César Puebla.
–¿Por qué la escolta dice que usted entró a la casa y como a los diez minutos lo alcanzó César, es decir, que usted estuvo diez minutos solo allá adentro?
–Yo no lo sé. La verdad, no lo sé. Cuando estoy abriendo la puerta, siento a César detrás de mí. Y es más, le digo: “apaga el calentador”.
–¿Había problemas con ese calentador?
–No sé, señor; la verdad, no sé… Ese día descansé y me cubrió Julio Hernández. Pero sí creo que hubo un incidente.
–Pero el calentador funcionó seis días a la perfección. ¿Se descompuso de repente?
–Quiero hacer hincapié en que quise averiguar, y me dijeron que había tenido un problema, y César me dijo que tenía una fuga el calentador, pero ya había mandado traer un plomero.
–Comandante, ¿usted sabía de un arreglo entre César Puebla y el doctor de que él primero prendía el calentador en la mañana y el doctor lo apagaba en la noche cuando llegaba?
–Todos lo sabíamos. Y ese día no se apagó. Estaba encendido cuando entramos.
–En esos momentos, usted manda a parte de la escolta a México.
–Cuando acomodamos al doctor, él empezó a respirar bien, y les digo: “Váyanse a México, y me mandan gente de relevo”. Se queda el chofer, y le digo: “te vas a Toluca y me traes un médico”.
–Pero se queda solo con un vehículo y sin chofer… La Suburban va a México. ¿Nunca pensó en llevarlo al centro médico?
–No, y le dije a César, cuando él cuestionó mi decisión, le dije que yo tenía que cuidar la imagen del señor. No podría permitir que la escolta lo viera con el vómito encima. Los señores sabían que había estado en una reunión; yo no me podía permitir el lujo de que esto se prestara a malas interpretaciones en la dirección. Lo único que deduzco y lo que pensé en todo momento es que estaba cansado. Cuando vuelvo a entrar en la casa, ya después de enviar a la escolta a México, vuelvo a ver que tiene dificultad para respirar. Entonces trato de reanimarlo. Y entonces quedamos en que César se vaya a pedir una ambulancia.
–César dice que usted le dijo que se fuera con él en la patrulla..
–Le dije a César que se fuera en la ambulancia, y que les abriría camino.
–¿Es posible que lo que sucedió esa noche fuera un atentado?
–La verdad, se lo digo: no. Esto fue un accidente casero. Y le voy a decir por qué. La gente que quisiera matar al doctor De Tavira, no va a ver si se muere, no va a abrir la llave del gas para ver si se muere…
–Pero comandante, es sólo una deducción generalizante. ¿Por qué hemos siempre de creer que los asesinos en México todo lo hacen bien?
–Es la manera en que matan.
–¿De verdad descarta un atentado?
–Sí lo descarto.
–Comandante, ¿por qué la familia De Tavira, con base en lo que ella dice que le comunicó Juan Pablo, está convencida de que usted lo intentó matar?
–Esa pregunta me la he hecho en toda esta semana. Le juro que no entiendo, y quiero encontrar una respuesta lógica. Pudiera ser por el dolor de su hermano. Yo lo concibo de esa manera, pero no lo entiendo, y no lo entiendo, mucho menos de Luis…
–Pero el dolor no se cura difamando a alguien, comandante. ¿Qué gana Luis?
–No sé. No sé. Pero conmino a Luis a que recapacite, porque ya nos ha hecho mucho daño. Si el señor asegura esto, yo invito a las autoridades, que nos investiguen a fondo, con quién nos vendimos, y qué nos dieron, y que me lo demuestren. Jamás, jamás nos hemos prestado a situaciones de soborno. Jamás. Que no me venga Luis a decir que nos vendimos.
–¿Por qué si usted actuó bien, el doctor De Tavira sospecha de usted?
–Yo, la verdad, dudo que el doctor le haya dicho eso a la familia. Estuve platicando con el doctor cuando él recuperó la conciencia. Su hermana Marta estaba con nosotros y me preguntó el doctor: “¿cómo estuvo la operación, Castillo?”. Pues no fue operación, doctor, fue el calentador, volvió a fallar. “¡Ay, pinche aparato…!”, fue todo lo que se comentó esa noche. Y estuve con el señor del 24 al jueves 29.
–¿Qué explicación le dieron cuando lo retiraron de la guardia? ¿No le pareció sospechoso?
–El comandante Gándara me habló al celular y me dijo que tenía instrucciones de la oficina del procurador de que me concentrara con mi personal en la dirección, que me confirmaba más tarde. Nosotros seguimos trabajando hasta la noche, hasta que el comandante Gándara me confirmó que había que incorporarse a la dirección.
Un día antes de esa llamada de Gándara a Castillo, según cuenta Luis de Tavira en su texto de Proceso 954, Juan Pablo “pidió hablar con su amigo Rafael Estrada Sámano, subprocurador jurídico de la PGR. Con él conversó a puerta cerrada, largamente. Al día siguiente la guardia que custodiaba el cuarto fue cambiada por elementos del Estado Mayor Presidencial…”.
Tal vez sea esa la única conversación que devele el misterio.