GUADALAJARA, JAL.- Arrugados, rotos sobre el suelo de la explanada del Partido Revolucionario Institucional (PRI), los carteles con retratos de candidatos a puestos de elección popular yacen movidos apenas por el viento, como esperando que alguien los recoja…
Algo análogo le sucede al PRI: el estremecimiento que produjo la derrota electoral en esta entidad dejó al partido quebrantado en su interior, desolado ante el exterior, y en espera de que alguien haga algo por él.
“La devaluación vino a dar al traste con todo”, se lamentan los del Revolucionario Institucional, que antes de la medianoche del domingo 12 supieron que iban a perder la gubernatura de Jalisco.
Apesadumbrado, sonriendo de dientes para afuera, Eugenio Ruiz Orozco, el candidato perdedor, se dijo integrante de “una generación que cree en la democracia”, y aceptó el lunes 13 –el día de la elección, después de haber sufragado, ya no dio más la cara– que las tendencias de los resultados no le eran favorables.
–¿Qué hizo falta para ganar, señor candidato?
–Pues, obvio, ¿no?: votos.
* * * * *
La parafernalia que trae consigo una victoria electoral del PRI, aquí no se vio: no hubo cargada, tampoco besamanos, menos mariachis.
El séquito que acompañó a Rafael González Pimienta, dirigente estatal del PRI, a la sala de prensa que el partido instaló en el amplísimo salón del hotel Carlton, cuando fue a reconocer ante la prensa que las tendencias le eran adversas –nunca la derrota–, parecía llegar de un funeral: rostros desencajados, asombrados, silenciosos.
Y lo peor: Cuando González Pimienta, cercano a Carlos Hank González, terminó su intervención ante los reporteros y hubo que emprender la retirada, escaleras abajo y en tumulto, el silencio y las cabezas agachadas reflejaban amargura.
EL PRI había perdido una de las principales gubernaturas del país; la capital del estado, la segunda ciudad en importancia, y 17 de los 20 distritos electorales.
Aunque ganó poco más de la mitad de los 124 municipios, la mayoría de ellos son casi insignificantes por lo que se refiere a población y economía; la morralla, pues.
Para Ruiz Orozco, la derrota fue total: perdió ante un panista hasta hace poco casi desconocido, Alberto Cárdenas Jiménez, de escasa trayectoria política. Muy lejos había quedado la reciente campaña a senador por el PRI, donde Ruiz Orozco fue reconocido como “el que más gastó” (3 millones 616,417 nuevos pesos) en acciones proselitistas, para ganarle con sólo tres puntos porcentuales al candidato panista, Gabriel Jiménez Remus, quien únicamente erogó 139,185 nuevos pesos y fue, a su vez, derrotado en las elecciones internas del Partido Acción Nacional por Alberto Cárdenas Jiménez, el futuro gobernador.
De acuerdo con el cómputo final del Consejo Electoral del Estado, el PAN obtuvo, en la elección de gobernador, 1 millón 103,562 votos, contra 784,302 del PRI.
En la elección federal del 21 de agosto de 1994, el Revolucionario Institucional obtuvo 1 millón 58,036 votos, y esta vez apenas llegó a 664,046 sufragios. El PAN, por su lado, recibió ahora 1 millón 12,291 votos.
Las únicas dos cabeceras importantes que ganó aquí el PRI fueron San Juan de los Lagos y Chapala. Perdió toda la zona metropolitana, el polo turístico de Puerto Vallarta y El Salto, importante zona industrial de la entidad.
El colmo: el Partido Demócrata Mexicano –de ínfima presencia en la entidad– le arrebató Ocotlán, próspera región agrícola e industrial. Lagos de Moreno, donde el expresidente Carlos Salinas se enamoró de quien más tarde fue su esposa, Cecilia Ocelli, también le fue arrebatado al PRI por el PAN.
Autlán, bastión político de la familia García Barragán y García Paniagua –uno de cuyos integrantes fue presidente del Comité Ejecutivo Nacional del PRI–, al igual que Sayula, también se desvanecieron para el PRI.
Los priístas no lograron retener Cocula y San Martín Hidalgo, ahora en poder del PRD, en tanto que Tequila fue para Acción Nacional.
Ruiz Orozco lo sabía: al desprestigio que cargaba el PRI, se añadía el agravio a la sociedad del 22 de abril de 1992, cuando el drenaje de una amplia zona del sector Reforma estalló y causó la muerte de por lo menos 210 personas. Ese agravio persiste: de ese hecho aún no hay culpables.
Los jaliscienses también son conscientes de la impunidad que prevalece en relación con el asesinato, el 24 de mayo de 1993, del cardenal Juan Jesús Posadas Ocampo, cuyos autores intelectuales permanecen prófugos.
Tampoco olvidaron los votantes las administraciones de Enrique Alvarez del Castillo y de Cosío Vidaurri, cuyo sexenio ya casi concluyó, en medio de escándalos de corrupción, el gobernador sustituto Carlos Rivera Aceves.
Para nadie han pasado desapercibidos, tampoco, el permanente crecimiento del narcotráfico y sus secuelas de violencia.
Pero las expectativas del priísmo del estado fueron todavía más ensombrecidas por la devaluación del 22 de diciembre de 1994. Aquí se considera la puntilla.
Por lo pronto, Rafael González Pimienta, presidente del Comité Directivo Estatal del partido, anunció el martes 14 su intención de retirarse del PRI. “Ya no debo seguir…”, dijo en un improvisado encuentro con reporteros.
El jueves 16, en entrevista con Proceso, el dirigente priísta sugirió la conveniencia de “ir asimilando” la derrota y, al mismo tiempo, ir diseñando la estrategia de “lo que sigue: defender los triunfos en los municipios y distritos que fueron para el partido.
“Hay que enfrentar –dice– una nueva etapa: no es lo mismo ser el partido en el poder que ser partido de oposición.”
En su despacho, González Pimienta –quien ocupó la dirigencia apenas el 3 de octubre pasado– afirma que el estado de ánimo de los priístas no está destrozado. Sin querer informar del número de militantes del partido, aseguró ufano que será fácil restablecer el trabajo del priísmo en la nueva etapa.
–¿Qué debe caracterizar a la nueva etapa del PRI?
–Esa etapa debe ser señalada por la propia base. Todo resabio que seguramente cada quien va a encontrar sobre la derrota, va a ayudar a definir las características de la nueva etapa.
–¿Considera que está cohesionado el partido?
–Creo que no fue un problema de cohesión la adversidad de los votos.
–¿Lo ve unido?
–Sí, no veo sectores o grupos queriendo abandonar al partido porque tuvo una derrota.
Con desparpajo, y al tiempo que asegura que los ánimos del PRI “van pa’ arriba”, González Pimienta advierte que lo ocurrido en Jalisco “debe ser una llamada de atención al PRI nacional” como una experiencia no deseable para otro estado de la república.
–¿Se arrepienten de algo los priístas?
–Yo no. Habrá que preguntárselo a ellos…








