La derrota en Jalisco y la licencia de Robledo humillan aún más a un partido sin liderazgo. A punto del cisma, marginados por Zedillo, los priístas le reprochan su dependencia salinista

Nacido del poder y para servir al poder, el PRI sufre –a 12 días de cumplir 66 años de fundado– un “problema existencial”: enfrenta el riesgo de un cisma encabezado por políticos que se sienten marginados, golpeados, humillados por el presidente Ernesto Zedillo Ponce de León y su selecto grupo de tecnócratas.
La humillación y el enojo de los priístas aumentaron la semana pasada con la pérdida de la gubernatura de Jalisco y la caída del gobernador de Chiapas, Eduardo Robledo Rincón, en tanto que la presidenta del partido, María de los Angeles Moreno Uriegas, víctima de la marginación, no es tomada en cuenta por el gobierno de Zedillo Ponce de León.
Carente de respaldo gubernamental, la senadora Moreno Uriegas también es ignorada, como interlocutora, por los dirigentes de la oposición. El PAN y el PRD tratan los problemas políticos directamente con el gobierno zedillista, en particular con el secretario de Gobernación, Esteban Moctezuma Barragán.
Y mientras algunos afirman que en su partido “no hay liderazgo” y que “el PRI ha perdido identidad con los movimientos populares”, otros, los dinosaurios, encolerizados por la pérdida de Jalisco, vuelven a las viejas prácticas e imponen a Víctor Cervera Pacheco como candidato a gobernador de Yucatán.
Pero el enojo de los priístas no es nuevo. Se inició desde que Zedillo Ponce de León anunció su decisión de separar el PRI del gobierno, y aumentó cuando los relegó e integró su gabinete con salinistas tecnócratas.
La marginación y la humillación se convirtieron en cólera y en amenaza de un cisma, al grado de que el presidente Zedillo Ponce de León tuvo que dar marcha atrás en su promesa de que dentro del PRI sería un “militante pasivo”:
El lunes 6 de febrero, en Los Pinos, convocó a todos los legisladores del PRI –diputados federales, senadores y asambleístas–, a todos los presidentes de comités directivos estatales, a los coordinadores regionales, a todos los integrantes del Consejo Político Nacional y al Comité Ejecutivo Nacional en pleno, encabezados por su presidenta, la senadora Moreno Uriegas: casi 700 “priístas distinguidos” de todo el país.
Ante todos ellos, Zedillo Ponce de León matizó su demanda de una “sana distancia” entre el PRI y el gobierno, demanda que muchos habían interpretado como divorcio, ruptura y hasta orfandad, preámbulo para la desaparición del otrora partido invencible:
“Quiero decirlo claramente: refuto a quienes piensan que la misión democrática de Ernesto Zedillo Ponce de León, presidente de la República, es liquidar el PRI.”
Zedillo Ponce de León hizo esta refutación seis días antes de que su partido perdiera en Jalisco. Sabía que se había excedido en su promesa de separar el PRI del gobierno, por lo cual aprovechó la ocasión para rectificar y reafirmar su militancia.
Más de 15 veces repitió, en su discurso, su fidelidad al partido fundado por Plutarco Elías Calles. Incluso empleó expresiones como la de “soy priísta y lo seguiré siendo toda mi vida”.
Hasta antes de ser, primero, coordinador de la campaña de Luis Donaldo Colosio, y luego candidato suplente a la Presidencia de la República, la militancia activa de Zedillo Ponce de León en el PRI había sido casi nula.
Ese antecedente, sumado al anuncio de la “sana distancia” y a la conformación del gabinete presidencial, aumentó, entre la “clase política” priísta, la desconfianza y el enojo contra Zedillo Ponce de León y el grupo tecnocrático en el poder.
Luego, los cambios en el gabinete, suscitados tras el fracaso inmediatista del doctor Jaime Serra Puche en la Secretaría de Hacienda; el vergonzoso cese en la Secretaría de Educación Pública del supuesto doctor y ahora pasante de licenciado Fausto Alzati, y los movimientos de Arturo Warman y de Miguel Limón Rojas, con la consiguiente incorporación de Francisco Labastida Ochoa en la Secretaría de Agricultura y de José Antonio González Fernández en la Procuraduría del Distrito Federal, produjeron un ligero aliento en la clase política priísta:
A diferencia de la mayoría de los integrantes del gabinete, tanto Labastida Ochoa como González Fernández sí tienen militancia y arraigo en el PRI. El primero ha sido gobernador de Sinaloa, secretario de Estado y dirigente del Instituto de Estudios Políticos, Económicos y Sociales. El segundo ha sido diputado federal, dos veces asambleísta y miembro prominente del Comité Ejecutivo Nacional del partido, al lado del ahora líder del Senado, Fernando Ortiz Arana.

GRATITUD A SALINAS

Pero aún así, muchos priístas se sienten relegados, despreciados. Luego del fracaso de la administración que presidió el hoy miembro de la junta de directores de Dow Jones, la llamada clase política nacional supuso que ya no habría más salinismo. Pero sí:
Con disgusto, los priístas han visto que Zedillo Ponce de León ha tenido que expresar lealtad y gratitud a su antecesor, mediante la entrega de secretarías de Estado y otros cargos a personas que ocuparon posiciones tanto de primera como de segunda y tercera líneas en el sexenio salinista.
Algunos ejemplos de “salinistas distinguidos” son Carlos Rojas Gutiérrez (Secretaría de Desarrollo Social), Miguel Limón Rojas (Educación Pública), Arturo Warman (Reforma Agraria), Julia Carabias Lillo (Pesca), Santiago Oñate Laborde (Trabajo y Previsión Social), Guillermo Ortiz Martínez (Hacienda y Crédito Público), Norma Samaniego (Contraloría), Herminio Blanco Mendoza (Comercio y Fomento Industrial) y Silvia Hernández (Turismo), entre otros.
También en subsecretarías de Estado, oficialías mayores, direcciones y jefaturas, una pléyade de salinistas continúa usufructuando el poder y sus beneficios. Un ejemplo, el director de la Lotería Nacional, Emilio Gamboa Patrón.
Los priístas inconformes no aceptan que, con esos funcionarios, Carlos Salinas siga cogobernando el país. Quieren que Zedillo Ponce de León dé el golpe en la mesa y se deshaga de los salinistas.
Inclusive demandan castigar, como responsables de la crisis económica y de la devaluación del peso, a Carlos Salinas y “a sus principales colaboradores en el sexenio pasado, entre ellos José María Córdoba Montoya”.
Así lo demandó, hace 20 días, ante el Consejo Político Nacional en pleno, el presidente del PRI en San Luis Potosí, Julio Hernández López. Además, denunció la “manipulación gubernamental” de que sigue siendo víctima su partido, “en beneficio del priísmo dinosáurico”.
A partir de entonces, María de los Angeles Moreno Uriegas, también salinista, ha empezado a buscar a los inconformes de todo signo: a priístas de reconocida experiencia, inclusive malas mañas –varios dinosaurios entre ellos–, a los que es mejor tener cerca, al lado, y no enfrente, en contra:
Alfonso Martínez Domínguez, Enrique Olivares Santana, Fernando Gutiérrez Barrios, Guillermo Jiménez Morales, Alfredo del Mazo González, Javier García Paniagua, Sergio García Ramírez, José Andrés de Oteyza, David Ibarra, Bernardo Sepúlveda Amor…
El pasado jueves 16 se reunió con un grupo de dinosaurios, entre quienes se encontraban Augusto Gómez Villanueva, José de las Fuentes Rodríguez, Alberto Alvarado Arámburu, Julián Gascón Mercado, Salvador Gámiz Fernández y Octavio Sentíes Gómez.
Conocida la trayectoria de los arriba mencionados, ninguno de ellos hubiera permitido, jamás, que el PRI reconociera el triunfo del PAN en Jalisco, en Chihuahua o en Baja California, o que otro panista gobernara Guanajuato.
Y para evitar que la oposición siga ganando gubernaturas, los dinosaurios acordaron, en esa reunión con la presidenta del PRI, olvidarse de la democratización y, en cambio, “buscar la forma de volver a los orígenes en cosas que han sido útiles y que han significado una distinción de nuestro partido”.
Moreno Uriegas misma hizo a un lado la “reforma del partido” y dio línea: “el primer reto del PRI es ganar las elecciones que se tienen enfrente (…) Necesitamos pensar en un partido mucho más efectivo”.

REPARTO DE MIGAJAS

Así como hay priístas inconformes o marginados, otros se han conformado con migajas. Un ejemplo: Mariano Palacios Alcocer, quien, después de haber sido gobernador de Querétaro y líder del sector popular, ahora se va de embajador a Portugal.
Similar es el caso de Dante Delgado Ranauro, exgobernador de Veracruz, quien soñaba con una secretaría de Estado y recibió una burocrática Procuraduría Agraria.
O el caso de Pedro Joaquín Coldwell, también exgobernador de Quintana Roo, exdiputado federal y exsecretario de Turismo, quien tuvo que conformarse con ser segundo de a bordo en el CEN del PRI.
Francisco Javier Alejo, después de haber sido –en el sexenio de Luis Echeverría– todopoderoso secretario del Patrimonio Nacional, ha dado tumbos y ha ido de embajador a subsecretario de Turismo y, ahora, a Caminos y Puentes Federales.
En la aceptación de chambas, Pedro Ojeda Paullada llegó al colmo: aceptó la Junta de Conciliación y Arbitraje después de haber sido todo, en contraposición, secretario del Trabajo e inclusive precandidato a la Presidencia de la República.
Al estallar la crisis política y financiera, los priístas mismos dudaban que Zedillo Ponce de León y su equipo tuvieran capacidad para guiar el país hacia una salida de mediano y largo plazos.
La crisis se agudizó con el caso Tabasco, cuando el PRI, que siempre ha sido instrumento dócil del presidente en turno, ahora se levantó en los dedos gordos, movilizó a sus huestes estatales y dio energía a un gobernador naciente y blandengue.
Y Roberto Madrazo, quien ya había aceptado otra posición federal en la ciudad de México, aprovechó la impericia política de Zedillo Ponce de León y del secretario de Gobernación, Esteban Moctezuma Barragán, y echó abajo la concertacesión operada en Bucareli: se negó a entregar la gubernatura a un interino que convocaría a nuevas elecciones.
En ese momento, María de los Angeles Moreno Uriegas constató que formaba parte de la legión de priístas relegados: para nada la tomaban en cuenta, no obstante su condición de presidenta del PRI. Ofendida y humillada se sintió al enterarse de la concertacesión.
En la Secretaría de Gobernación, la negociación con el PRD –Porfirio Muñoz Ledo y Andrés López Obrador– estuvo a cargo del secretario Esteban Moctezuma Barragán, de la subsecretaria Beatriz Paredes Rangel y del atribulado Roberto Madrazo. Fuera de la jugada dejaron a la presidenta del PRI.
También fuera de toda jugada han estado los dirigentes de los sectores –”los pilares”– del PRI:
Marginado, Mariano Palacios Alcocer, líder del sector popular, fue enviado a Lisboa. Al líder del sector campesino, Hugo Andrés Araujo, desacreditado e inmiscuido en el asesinato de José Francisco Ruiz Massieu, nadie lo toma en cuenta. Y el sector obrero, siempre mediatizado, refleja la decrepitud de su líder, Fidel Velázquez.
Cuando finalmente María de los Angeles Moreno Uriegas se enteró de la concertacesión, se encolerizó. Acompañada de Pedro Joaquín Coldwell y de Tristán Canales Najar, discutió fuerte con Moctezuma Barragán y Beatriz Paredes Rangel.
Alegó que si entregaban el gobierno de Tabasco, ella no tendría discurso ni argumentos ante los priístas de Jalisco y otros cuatro estados de la república que en 1995 elegirán gobernador, ni ante los de 18 entidades en que, también este año, se renovarán los Congresos y los ayuntamientos.
Lo cierto es que Moreno Uriegas prácticamente no participó en la campaña electoral del PRI en Jalisco ni manifestó mayor apoyo al hoy candidato perdedor, Eugenio Ruiz Orozco.
Ahora, para que la derrota no se repita en Yucatán, Moreno Uriegas ya empezó a hacer que el PRI “vuelva a los orígenes en cosas que han sido útiles”, como la designación de “candidatos de unidad”, expresión usada para disfrazar la imposición de caciques:
Víctor Cervera Pacheco fue designado, mediante el tradicional dedazo, el martes pasado, en la sede nacional del PRI, candidato a gobernador de Yucatán. Nada de “modernización” ni de “consulta a las bases” ni de nada.
Luego del destape, en conferencia de prensa, Moreno Uriegas rechazó que la derrota del PRI en Jalisco pudiera repetirse en Yucatán, porque las condiciones sociales y económicas de cada estado son diferentes.
–Senadora –le preguntó un reportero–, ¿quiere decir que en Yucatán todavía no llegan la inflación, los efectos de la crisis económica y, por tanto, no habrá “voto de castigo” contra el PRI?
–No. No estábamos hablando de eso, ésa no fue la pregunta –eludió la presidenta del PRI.
Respecto del caso Tabasco, Moreno Uriegas se volvió más madracista que Madrazo. Así lo demostró hace 20 días –el 31 de enero–, fecha en que se efectuó la Vigesimosegunda Asamblea del Consejo Político Nacional y en la que la presidenta del partido aprovechó la inconformidad y el rencor de sus compañeros también marginados y despreciados:
Hizo que, por unanimidad, el Consejo Político Nacional, integrado por dos centenares de consejeros –entre los que hay exsecretarios de Estado, expresidentes del partido y los actuales líderes del Senado y de la Cámara de Diputados–, manifestara su “pleno respaldo al priísmo de Tabasco” en su lucha contra la “concertacesión centralista.
“Sólo al pueblo tabasqueño corresponde decidir su rumbo político; solamente a los tabasqueños corresponde tomar las decisiones que afecten su vida política, económica y social”, dijo Moreno Uriegas entre aplausos de sus correligionarios.
Sin embargo, para que su rebeldía no fuera tan evidente, los consejeros manifestaron su apoyo al “nuevo federalismo que propuso el presidente Ernesto Zedillo Ponce de León”.

“FRENTE DE INCONFORMES”

Después de la “rebelión” en Tabasco, el gobernador de Chiapas, Eduardo Robledo Rincón, también se engalló. Y para curarse en salud y evitar cualquier posibilidad de negociación en “el centro”, advirtió que no renunciaba si, a su vez, el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) no deponía las armas.
Según un análisis elaborado por Grupo de Economistas y Asociados, la rebelión priísta “sugiere la existencia de un frente en el que participan miembros del Comité Ejecutivo Nacional (del PRI), gobernadores, exfuncionarios y legisladores inconformes con la conducción política del país”.
Exista o no ese frente, menos de un mes sostuvo Robledo Rincón su advertencia. El martes pasado abandonó la gubernatura, sin que el EZLN entregara un solo fusil.
Urgido de apoyos, el 5 de febrero, en Querétaro, en el marco del 78 aniversario de la promulgación de la Constitución General de la República, Zedillo Ponce de León logró que, al menos declarativamente, en un documento, todos los gobernadores del país “cerraran filas” en torno de él.
Inclusive los gobernadores panistas de Baja California, Guanajuato y Chihuahua se unieron a los priístas para, “en estas horas”, exigir fortaleza y unidad en torno de la figura presidencial.
Además de priístas relegados, también había militares inconformes. Miembros del alto mando militar han discutido con Esteban Moctezuma Barragán las estrategias seguidas en Chiapas.
Algunos generales se quejaban –hasta antes del jueves 9 del presente– de que el ejército se retirara y cediera posiciones ante un EZLN que avanzaba y amenazaba con extenderse a otras entidades de la república.
Al conocerse la versión, los principales jefes del ejército organizaron, en la Dirección General de Fábricas de la Secretaría de la Defensa Nacional, un desayuno en el que manifestaron su lealtad, “bajo toda circunstancia”, al presidente.
En nombre de los militares, el general Enrique Cervantes Aguirre, secretario de la Defensa Nacional, ratificó lealtad y subordinación al presidente de la República. Y le dijo:
“Los tiempos difíciles que le han tocado enfrentar nos hacen más solidarios y comprometidos con el patriótico esfuerzo que usted realiza.”
Pero, boletines aparte, trascendió que los militares, en privado, también hablaron claro con el comandante supremo de las fuerzas armadas.
Para frenar nuevas versiones, más recientemente, el pasado jueves 9, en la ceremonia conmemorativa de la Marcha de la Lealtad, el general Cervantes Aguirre volvió a hablar y reiteró, tajante, que las fuerzas armadas deben “lealtad absoluta y subordinación incuestionable” al presidente de la República, “no nada más porque así lo ordena la ley sino porque así lo aconseja la historia”.
Y para desterrar toda duda, afirmó: “en el ejército Mexicano manda el doctor Ernesto Zedillo Ponce de León”.

VUELVE CAMACHO

No sólo los dinosaurios están enojados con Zedillo Ponce de León. Existe el hecho de que el exregente capitalino y exaspirante a la Presidencia, Manuel Camacho Solís, se reúne con sus amigos Marcelo Ebrard, Juan Enríquez, Roberto Salcedo, Alejandra Moreno, Luis Martínez, Manuel Aguilera, Alfredo de la Rosa, Oscar Levín, Eduardo Escobedo, Roberto Campa, Fernando de Garay, Lorenzo Servitje y Fernando Lerdo para analizar, junto con Enrique González Pedrero y Arturo González Cosío, la posibilidad de un nuevo cisma en el cual participaría la legión de priístas.
Camacho no duerme ni descansa. Y en el PRI y en el gobierno temen que el excomisionado para la paz en Chiapas se les enfrente con un nuevo partido político, el cual podría confluir con el Movimiento de Liberación Nacional, impulsado por Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano y por el ahora identificado subcomandante Marcos, Rafael Sebastián Guillén Vicente.
El pasado miércoles, en declaraciones a un diario capitalino, uno de los amigos de Camacho, el exdelegado del Departamento del Distrito Federal en Azcapotzalco, Luis Martínez, acusó de “inconsistencia” a los cuadros políticos que han dirigido el PRI.
El partido, criticó Martínez, “se ha empanizado al abandonar el ideario de la Revolución y adoptar un hibridismo ideológico neoliberal”.
En cuanto a los “pilares del PRI”, se quejó de que el sector campesino no existe, el popular se encuentra sin dirigente y el obrero carece de “capilaridad política”, es decir, de jóvenes que asuman los mandos y modernicen el sector.
Otro inconforme, el diputado Alejandro Rojas Díaz Durán, reconoció que la derrota de su partido en Jalisco es resultado del “cúmulo de errores, agravios, violencia, narcotráfico”, y de que “el PRI no ha podido democratizarse a tiempo”.
Y luego de advertir que en las elecciones próximas de Guanajuato, Yucatán y Baja California el tricolor puede volver a perder, Díaz Durán aseguró:
“En el PRI no hay liderazgo. El Comité Ejecutivo Nacional está totalmente de adorno.”
Ante la peor crisis de los últimos 60 años y ante una clase política golpeada, marginada, molesta, y una élite tecnocrática emergente que no sabe hacia dónde caminar, Zedillo Ponce de León intentó rescatar de la orfandad el partido que lo llevó al poder.
El lunes 6, en Los Pinos, el presidente hizo malabarismo verbal y literario para explicar que su famosa frase de la “sana distancia” no es divorcio ni separación, y que se equivocan quienes pensaron que su proyecto democrático pasaba por la desaparición del PRI.
Equivocados o no, los priístas ven aumentar su confusión, ahora con la derrota de su partido en Jalisco, la caída de Robledo Rincón en Chiapas y la resurrección de los dinosaurios en Yucatán.
Y mientras Zedillo Ponce de León procura olvidar su promesa de que, a partir del 1 de diciembre pasado, sería un “priísta pasivo”, el PRI, por su parte, pone a andar su enésima reforma y se prepara a celebrar sus 66 años de existencia, el 4 de marzo próximo.
Pero con reforma o sin ella, todo parece indicar que el PRI seguirá siendo lo que siempre ha sido desde su fundación: apéndice del gobierno, dócil instrumento del presidente de la República en turno.