“Los jueces no tienen nada que hacer… Aquí yo pongo mi dinero” Los toros en la México, fiesta privada del empresario Rafael Herrerías

Con la idea de que es “su fiesta”, el empresario de la plaza México, Rafael Herrerías, hace negocio imponiendo su criterio, su voluntad y su carácter bronco, aun cuando se daña a sí mismo y perjudica el espectáculo taurino.
“Los jueces no tienen nada que hacer en la fiesta. Aquí yo pongo mi dinero y nadie tiene por qué decirme cómo debo llevar mi negocio”, espetó alguna vez Herrerías a Heriberto Lanfranchi, cuando éste, como juez de plaza, difería del trapío de los encierros que llegaban a la México. Finalmente, el 24 de enero último, Lanfranchi renunció.
El criterio y conocimiento taurinos que dice poseer Herrerías, sin embargo, han propiciado –por lo pronto– varios desatinos en lo que va de esta temporada, aunque mejoró un poco con la apoteósica despedida del matador español Pedro Gutiérrez Moya y la celebración de un mano a mano entre Manolo Mejía y Enrique Ponce.
Lo registrado: escasa continuidad en la calidad de los carteles, poca consistencia en el trapío de los encierros y un abrupto cambio en el cartel de la décima corrida.
Veterinario egresado de la Universidad Nacional Autónoma de México, Herrerías ha llegado a decir que la fiesta no necesita reglamento ni autoridades: “¿por qué al árbitro y a los abanderados de futbol no los pone el gobierno? ¿Por qué no les dice de qué tamaño deben ser la cancha y el balón de futbol?” (Proceso 864).

SE NOTA

El lunes 10 de octubre de 1994, durante el programa de televisión En caliente, su conductor, José Ramón Fernández, preguntó a Rafael Herrerías si un empresario debía “conocer de toros.
“Pues por lo menos debe conocer de negocios, no tanto de toros”, respondió Herrerías, quien en ese mismo programa criticó duramente a Luis Niño de Rivera, presidente de la Comisión Taurina del Distrito Federal, presente en el estudio de Televisión Azteca.
Después de la controversial actuación del Patronato Taurino, que fue patrocinado por el Departamento del Distrito Federal para administrar el inmueble durante un año y cuatro meses, el 6 de agosto de 1990 Víctor “Curro” Leal anunció que Promotora Alfaga se haría cargo de la México.
Sin embargo, la actuación de Leal como empresario –organizó tres temporadas– fue poco afortunada, a decir de Herrerías mismo, quien tomó las riendas en mayo de 1993:
“No se hizo absolutamente nada por sacar gente nueva. Hoy nosotros estamos tratando de hacerlo. Vamos a invertir y a escarbar hasta que saquemos nuevos valores. La anterior administración tuvo falta de visión” (Proceso 864).
Como gerente de Promotora Alfaga –filial de Televisa–, Herrerías tuvo, tal cual lo muestra la asistencia a la plaza México, un desempeño mediocre en las 18 corridas de la temporada 1993-1994. La afición ocupó sólo 50% –aproximadamente– de la capacidad del coso de Insurgentes.
Celebrada el 30 de enero de 1994, la undécima corrida fue vista por apenas 6,000 aficionados, quienes disfrutaron del único rabo cortado en la temporada por Guillermo Capetillo. El matador Manolo Mejía empezó a despuntar como figura mexicana.
A partir del 6 de noviembre de 1994, cuando se inició la temporada grande 1994-1995, la perspectiva del desarrollo de la fiesta en la México era favorable; aunque en esa tarde los matadores David Silveti, Arturo Gilio y Javier Vázquez no cortaron apéndices, la corrida inaugural propició el primer lleno.
Aunque Herrerías finalmente pudo presentar a dos de las más importantes figuras mexicanas, Miguel Espinoza “Armillita” y Guillermo Capetillo (el elenco presentado para adquirir los derechos de apartado no los anunciaba), en opinión de Luis Niño de Rivera el empresario “ha ofrecido una variedad enorme de carteles sin consistencia, y una tarde hay una buena entrada y la siguiente, una pésima entrada”.
El también comentarista taurino afirma que el empresario “se ha dedicado a golpear y maltratar a sus proveedores: a ganaderos y a matadores”.
Entrevistado en su despacho, dice que Herrerías ha cometido el grave error de presionar a los jueces desde el primer día de su administración.
“Los ha presionado –asegura– para que acepten las novilladas y corridas que él lleva a la plaza. Esto, fundamentado en que tiene dinero metido en el negocio y quiere hacer el negocio que le pega la gana: totalmente en contra de la autoridad.
“El dice públicamente –añade– que no debe haber un reglamento taurino, que la autoridad del Distrito Federal no debe ser quien lo vigile sino la propia fiesta…”
Delegado ejecutivo de una organización auxiliar de crédito, Niño de Rivera profundiza:
“Una fiesta que fue reglamentada hace 100 años, porque es la única forma que ha encontrado la autoridad para proteger el interés del público y preservar lo que es propiedad de la cultura popular, quiere convertirla en una fiesta privada, en la cual pueda hacer lo que se le pegue la gana.
“Desgraciadamente –fundamenta–, ya vimos lo que sucede: de tanto presionar a los jueces, se aprobaron las corridas que él quiso hasta que el público las echó fuera.”
Resume: “¿y qué es lo que sucede? Que hace daño a la fiesta y propicia que la gente se salga de la plaza”.
Luis de Niño de Rivera recuerda que cuando Herrerías tomó posesión de Promotora Alfaga, los integrantes de la Comisión Taurina –que preside desde el 15 de febrero de 1990– se reunieron con él para sostener un primer intercambio de impresiones, que resultó áspero y difícil.
“Nos repitió la tesis que ya conocíamos: en la fiesta no debía haber autoridad. Dijo que Alfaga estaba allí para invertir su dinero y que ellos sabían cómo manejar la fiesta de los toros.”
Clavadista en su juventud, Niño de Rivera afirma que a los jueces Herrerías “los ha presionado en privado, por teléfono y en persona. Herrerías es un hombre que se enfurece y que pierde la cabeza y los estribos: no es un hombre de diálogo, es un hombre de choque…”.
En el programa En caliente, el empresario de la México se abrió de capa y así criticó a Niño de Rivera: “es una persona que no ha triunfado, y las personas que no triunfan se amargan. El busca la forma de destilar la amargura. Si no te cabe la amargura, pues aguántatela; no la eches en la fiesta”.
En otra ocasión, Herrerías insultó, en los tendidos de la Plaza México, al matador Manolo Arruza, quien le pidió una explicación de por qué había quedado fuera de un cartel de la temporada en Texcoco.
Herrerías, cercanísimo al ahora ganadero Manolo Martínez, le dijo en esa ocasión que estaba “ahogado de borracho” y le advirtió que no iba a torear más.
“En fin –dice Luis Niño de Rivera–, Herrerías mismo hace daño a su negocio. Eso no creo que sea algo que caracterice a un buen empresario. El mismo dice que no es taurino, que no le interesa la fiesta de los toros… y se nota.”

UN JUEZ FASTIDIADO

Un toro indultado, diez orejas, un rabo y entradas por arriba de tres cuartos era el balance hasta el octavo festejo de la temporada capitalina celebrado en Navidad.
Enrique Guarner, cronista de Novedades y autor de un libro sobre tauromaquia, escribió el 19 de diciembre, después de haberse realizado la séptima corrida:
“El problema fundamental de la fiesta en México es la ausencia del verdadero toro. En las siete corridas que se han lidiado, solamente en tres ocasiones salieron encierros constituidos en su totalidad por cornúpetas de cuatro años, en tanto que en los otros festejos se habían mezclado novillos con toros.
“Lo anterior resta emoción y peligro a la fiesta, porque por más que se diga que el burel sin edad también da cornadas, la situación no es la misma. Nunca será igual torear a un astado con romana y los años cumplidos que a un utrero con escaso desarrollo de cabeza o defectuoso en cuanto a cornamenta.”
Vinieron después dos carteles flojos que repercutieron negativamente en la asistencia; un cambio intempestivo en el cartel de la décima corrida, y la renuncia de un juez precipitada por el escasísimo trapío de dos ejemplares de la ganadería de Reyes Huerta lidiados el 9 de enero.
La asistencia a los tendidos de la México disminuyó notablemente el 18 de diciembre, cuando en el cartel aparecieron Mariano Ramos, Mauricio Portillo y Leonardo Benítez, que apenas lograron media entrada.
Dos días después, Herrerías se enfrentó con Jesús Córdoba, juez de la México, quien determinó que dos de los ocho bureles enviados por el ganadero Javier Garfias debían ser rechazados en razón de que carecían de trapío y de haber pesado 440 y 441 kilogramos, no pudiendo alcanzar los 450, el peso reglamentario.
“Otra vez estamos enfrentados”, dijo Herrerías a Córdoba, al tiempo que le notificó que había dado instrucciones de que no se permitiera el acceso al coso a los alumnos de la escuela “Ponciano Díaz”, de la cual el juez es director técnico.
El 1 de enero –que cuando es domingo tradicionalmente no se dan festejos–, se registró la entrada más pobre. Además de la fecha, y aunque se lidiaron ocho astados, el cartel programado poco entusiasmó a la afición: Manuel Moreno, Antonio Lomelín, Antonio Urrutia y Hernán Ondarza.
La tarde siguiente –la del 8 de enero– la afición se enteró, a última hora, de que del cartel había salido Mariano Ramos, siendo sustituido por el joven matador Eulalio López “El Zotoluco”.
El cartel, sin embargo, ya había sido modificado, pues la muerte de su padre obligó a desistir de participar ese día al español Pedro Gutiérrez Moya “El niño de Capea”; Ramos dijo sí y fue incluido en el programa, pero no se presentó a torear.
Se dijo ese día –sin que fuese desmentido por el matador– que Mariano estaba borracho y que no podía torear. El cartel quedó entonces con David Silveti, Rafael Ortega y Eulalio López “El Zotoluco”.
La reaparición en la plaza México de la ganadería de Piedras Negras, aunada a la presencia en el cartel de Miguel Espinoza “Armillita”, de David Silveti y de Oscar Higares, propició casi un lleno en los tendidos. Sin embargo –y aunque estuvieron bien presentados–, los animales de la ganadería tlaxcalteca no fueron tan bravos como se esperaba. El hispano Higueras fue el triunfador al cortar una oreja.
El domingo 23 de enero, Heriberto Lanfranchi presidió su última tarde como juez de plaza: dos de los siete toros de la ganadería de Reyes Huerta fueron protestados severamente por el público por su apariencia anovillada.
Y el colmo: el astado que sustituyó al sexto de la tarde –después de que Lanfranchi ordenó devolverlo a los corrales– resultó ser un animal peor presentado.
El escritor y articulista taurino Paco Prieto escribió en Reforma en ocasión de esa bronca:
“¡Qué indecencia..! ¡Qué burla a la afición! ¡Qué menosprecio de la plaza! ¡Cuánto cinismo! Dos animales que no tenían presencia ni de novillos fueron echados al ruedo.
“La Plaza México está en manos de `personas’ que ni siquiera se respetan a sí mismas, puesto que no hacen su trabajo con amor y honestidad.”
Y se refirió al hostigamiento contra los jueces: “¡Cuántas presiones han debido sufrir! ¡Cuántas humillaciones! ¡Cuántas amenazas! De otro modo, no me explico que hayan aprobado la salida al ruedo de dos animales indignos de una plaza de las llamadas de tercera…”
Heriberto Lanfranchi renunció un día después de la corrida…
“Es absurdo, es absurdo”, se queja Lanfranchi del trato que tuvo Herrerías con los jueces de la México: “él no admite que nadie lo contradiga. Y dice: `si yo fui a escoger estos toros, ¿por qué viene una persona a decirme que estoy equivocado? Si yo selecciono, es porque sé que son ésos los toros y novillos que gustan a la gente'”.
En la sala de su casa, en entrevista con Proceso, Lanfranchi afirma que no se arrepiente de haber dado el visto bueno al encierro de Reyes Huerta: “ya estaba fastidiado de que trajeran esos animales. No puedo decir si tenían o no la edad reglamentaria, pero, aparentemente, era un trapío que yo no consideraba adecuado”.
–Entonces, ¿por qué dio el visto bueno?
–Herrerías se basaba en el argumento de que ese tipo de animales (ligeros, cómodos) son de la clase que gusta a la gente para que el torero pueda triunfar más fácilmente.
–Pero usted, ¿por qué los aceptó?
–Pues nunca pensé que se iba a armar la bronca. El sexto, allí en los corrales, no se veía nada mal. Era un toro largo.
–Y ahora, ¿piensa que debió rechazarlos?
–No. Ya estaba con ganas de irme de esto porque no teníamos ningún apoyo.
–¿Lo hizo a regañadientes?
–Sabiendo que si iba a tronar, esperaba a ver qué pasaba; pero ya estaba para irme de esto.
Autor de La fiesta brava en México y en España, Lanfranchi denuncia también que la delegación Benito Juárez prohibió a los veterinarios de la plaza dar a los jueces los exámenes post mortem de los toros lidiados para determinar si sus astas no fueron manipuladas y si tenían la edad reglamentaria.
“Me estaba convirtiendo –puntualiza– en alguien que estaba auspiciando situaciones no claras o sospechosas, y eso para mi dignidad e integridad no podía aceptarlo. Si se va a llevar la fiesta así, háganla como quieran…”