Ante el filme “Nostradamus”: eterna dialéctica entre el poder y el profeta

No cabe duda que la propaganda comercial de la obra de Roger Christian trata de pescar en las turbias aguas del esoterismo y misticismo. Pero por el bien del marchante desprevenido, la película es mejor que las intenciones neoliberales de sus promotores.
Esto no quiere decir que la cinta esté libre de cursilerías; por ejemplo, cuando el director insiste en sus anacrónicos intentos de integrar sucesos contemporáneos –el asesinato de Kennedy, discursos de Hitler o escenas de combate de la Segunda Guerra Mundial– a manera de spots futurísticos o flashbacks invertidos en el marco de los dos leit-motiv de la narración.
Tampoco está exento de momentos de aburrimiento, sobre todo en las prolongadas escenas sexuales que, por una parte, carecen de éxtasis para prender el sustrato dionisiaco del espectador y, por otra, pecan de épicas para satisfacer su componente apolíneo.
Sin embargo, fuera de esas aberraciones menores se despliega una magnífica reconstrucción histórica del siglo XVI que tematiza dos problemas trascendentales o transhistóricos de la sociedad humana: el destino del profeta y el horror del totalitarismo.
Sabemos que para ningún sistema social la figura del profeta es fácil de asimilar. Los oráculos son bienvenidos mientras sirven como cajas de resonancia del pensamiento dominante. Cuando introducen “tonos falsos” en la orquesta que escenifica la “opinión pública”, se vuelven colaboradores de dudoso valor.
Por eso su relación con el poder siempre ha sido accidentada. Por ejemplo, por algún extraño motivo de sexo, en la tradición judía-cristiana el “don sobrenatural de conocer por inspiración divina las cosas futuras” nunca ha recaído en mujeres sino siempre en hombres. Existe jerarquía entre los profetas –porque hay “mayores” y “menores”– y división entre los obispos, como expresa con precisión el prelado Felipe Arizmendi Esquivel: “los obispos tenemos el carisma profético sólo para anunciar el Evangelio, no para pontificar sobre cuestiones políticas partidistas”.
En buen romance: hay profetas del status quo que los rebeldes llaman curas, y profetas rebeldes que los curas llaman herejes. En tiempos del Antiguo Testamento, se solía mandar a los segundos al desierto; en la era de Nostradamus solían terminar en la Inquisición.
Para el delito de herejía no importa si las “revelaciones” se derivan de la verdad científica o de la subversión de la vera fe: Giordano Bruno y Savonarola fueron quemados igualmente como “falsos profetas”, cuyo Mesías atentaba contra el poder absoluto establecido. Y éste –en nombre de la ley, de la tradición o cualquiera de los disfraces que adopta la razón del Estado– aplasta inmisericordemente la idea disidente, como Christian lo muestra con singular claridad en el ejemplo de la Inquisición.
Ante el Leviathan de la Inquisición –convertida por los reyes católicos de una institución medieval en un instrumento de terror al servicio del Estado moderno–, el individuo queda reducido a nada. Vive en un sistema político anterior a los derechos humanos y en una cosmovisión precientífica que lo convierten en víctima indefensa de las ciegas fuerzas de la naturaleza y de la sociedad: la peste como la hoguera se vuelven manifestaciones de una némesis incomprensible.
Si el retrato histórico de la dialéctica entre el perseguidor de la utopía y el poder totalitario es magnífica y didácticamente logrado, el fin de la película resulta ambivalente. Mientras un grandioso finale fotográfico envuelve al espectador en una sinfonía de estética y pathos, el discurso narrativo se agota en una resignada paráfrasis del imperativo kantiano o una moraleja posmodernista.
Llama la atención que esta ambigüedad en la conclusión del argumento se revela en muchas notables obras de Hollywood; por ejemplo, Dancing with wolves o Platoon. En ambas películas resultan evidentes las relaciones de producción y restricciones ideológicas que el sistema estadunidense impone: revelan la eterna dialéctica entre el poder y el profeta, a la que Christian tan acertadamente nos acercó en Las profecías del fin del mundo.