Cabos sueltos

Para alertar y reflexionar sobre el sida, nunca serán suficientes las obras de teatro que se produzcan.
En México se han escrito varias: algunas excelentes, como Un día nublado en la casa del sol, de Antonio Algarra; otras discutibles, como la versión de Pasajero de media noche, de Leonor Azcárate, y varias que aguardan su estreno, como Dudas, de Luis Eduardo Reyes, sobre los peligros de la bisexualidad.
Y, precisamente, la bisexualidad y el sida son parte de los temas de la obra Cabos sueltos, de Harvey Firstein (autor también de Una canción apasionada, que ya se conoció en nuestro país), que acaba de estrenarse, dirigida por Héctor Bonilla en el Teatro Galerías de la colonia Anzures, con traducción de Sofía Alvarez.
Cabos sueltos es una historia sobre el amor en tiempos del sida, sobre un hombre que abandona a su esposa para irse con otro hombre, pero ella se convierte en su confidente, compartiendo, cuando él muere, la mitad de la herencia con el compañero de su marido que lo acompañó en los años difíciles de la enfermedad, ayudándolo a bien morir.
Con todo y la nobleza que implica la difusión del tema, con todo y lo necesario que resulta promover el uso del condón y difundir mensajes para concientizar al público inconsciente, Cabos sueltos resulta un texto discutible en su visión del asunto.
Quizá cuando la obra se entrenó en Estados Unidos el estigma del sida caía sólo sobre los homosexuales, pero una cosa es la vida y otra, el teatro, al paso del tiempo. ¿Por qué en el teatro los personajes homosexuales tienen sida o son la causa del contagio de gente heterosexual? ¿Por qué en el teatro los homosexuales tienen que ser crueles, afeminados, irónicos, cabrones, patéticos y egoístas?
Los personajes principales, esposa y rival que hacen un recuento de daños y recuerdos, no están equilibrados en intensidad dramática ni en complejidad. Ella es tan buena, tan santa y tan pasiva, que aguanta insultos, desprecios, ofensas y empujones del compañero de su exmarido, sin chistar, sin mandarlo al diablo, llegando hasta aceptar el chocolate con malvaviscos que le ofrece su rival; y éste es tan cabrón que no quiere compartir con ella ni las condolencias, ni los objetos del fallecido, ni su recuerdo.
Estos dos personajes tienen una trayectoria inversa a la hora de ser representados por Sofía Alvarez y Gerardo González. Ella, que al principio pareciera actuar en un solo tono, cambia de tesitura en la última parte de la obra y logra momentos de verdadera y conmovedora intensidad. Va de menos a más. El, por el contrario, empieza bien, agarrando con fuerza el personaje, pero luego, cuando se afecta, se amanera y se vuelve mordaz y cáustico, produce el efecto contrario a lo esperado y pierde la simpatía ganada inicialmente, que ya no recupera ni en la última escena, su escena desgarradora y triste.
El único personaje que parece un ser humano real y verosímil es el del niño Fernando Bonilla, una notable actuación, fresca y sincera, personaje que lógicamente rechaza al compañero de su padre, sabe que es un falso tío y lo hace culpable de su muerte. Sólo en el teatro, que muestra otras posibilidades de ser, resulta posible encontrar una esposa tan santa y comprensiva, una abogada tan torpe y tan fársica que no sabe dónde ni cuándo orinar y una amante tan fiel, tan solidario y generoso hasta el último momento.
Héctor Bonilla, como director, respeta la propuesta autoral, no impone su presencia ni su dictadura sobre el texto, ni sobre los actores, vigila el ritmo, cuida el diálogo y el monólogo, marca cuidadosamente las transiciones y las intensidades emotivas y deja que los protagonistas del drama sufran ad libitum, sientan emociones sin trucos y conmuevan al espectador.
La adaptación del texto a giros y modos de este país funciona casi siempre, salvo con el asunto de la certificación notarial, porque en los países latinos, que siguen las fuentes del derecho romano y español, ningún particular puede tener un sello de goma en su bolsa para certificar actos jurídicos, como poderes y cesiones de derechos. Recordemos los pesados libros de los notarios y la solemnidad de los actos notariales.
Tres compromisos espera el dramaturgo Edward Albee en toda obra dramática. Que se ocupe de la condición humana, que proponga un cambio y que experimente sobre su propia materia prima. En Cabos sueltos sólo se cumplen las dos primeras premisas, se aborda el sufrimiento y la rivalidad de dos que amaron al mismo hombre, así como las conductas sociales frente a un enfermo de sida, pero no hay una experimentación ni una búsqueda sobre el género y el estilo, ya que se trata de un texto “bien hechecito”, con todas las reglas de la composición, pero que no intenta una mínima experimentación respecto a lenguaje, estructura, situación, silencios o tiempos.
Sin embargo, aun con ciertos peros y reparos, toda obra sobre el sida, arte teatral que previene y confronta, no sólo es bienvenida sino muy necesaria. Es más, constituye artículo de primera necesidad.