“A Lezama Lima le impactó para siempre su viaje a México, le renovó su concepto de la cultura”: El escritor Gastón Baquero

MADRID, España.- Hay mariposas enmarcadas que sólo vuelan en Cuba, montañas de libros apilados en paredes y ventanas que no dejan pasar la luz del día, fotos de José Martí, Mozart y Nureyev… es el entorno de Gastón Baquero, lugar donde la fantasía no tiene límites, donde se puede viajar por todo el mundo y revivir a José Lezama Lima.
¿Cuál era la verdadera personalidad de Lezama? ¿Cómo era su trato con los demás y con sus colegas? ¿Cómo influyeron sus tres únicos viajes al extranjero, uno de ellos a México?
Gastón Baquero fue su acompañante en esos viajes, estuvo muy cerca de él y lo recuerda como si fuera hoy.
José Lezama Lima sólo hizo tres viajes: México, Jamaica y Haití. Los tres en compañía de Gastón Baquero, pero nada más su viaje a México le impactó y le influyó en su vida. Los otros los consideró “viajes rústicos”.
El departamento del poeta –de 77 años, nacido en Banes, Cuba– es un bajo situado en el barrio de Salamanca. Desde su residencia madrileña –que comenzó en 1959 y “felizmente marginado”, como él señala– se sorprende de las mentiras que ahora se dicen sobre su “maestro”.
Esto último sale a relucir cuando la reportera le enseña los materiales publicados en este semanario (una entrevista sobre Lezama con Ciro Bianchi Ross, su amigo, periodista que acaba de recopilar sus diarios post mortem en México) y en la revista Vuelta, donde el escritor Miguel Cabrera Infante pretendió desmentirlo. El tema conflictivo giraba en torno del hostigamiento del régimen cubano al poeta. Bianchi había atacado a Cabrera Infante diciendo que había sido junto con Heberto Padilla “los más encarnizados fiscales de Lezama” y que ahora lo defendían para atacar el régimen de Castro. De calumniosas calificó Cabrera las declaraciones de Bianchi y sostuvo que Lezama murió solo y olvidado, pasó hambre y su obra fue prohibida en Cuba.
Su mente lúcida y ágil contrasta con su cuerpo cansado de lento caminar. Dice que toda las tardes va a Cuba, una plaza del parque El Retiro, donde recuerda los momentos más intensos de su vida:
“No siento añoranza, nunca he tenido nostalgia ni lo que se llama melancolía, porque todo lo que tengo lo llevo dentro de mí. Sigo viviendo en Cuba, en Italia, en cualquier parte del mundo, en el cielo, todo está vivo en mí.”
Desde hace un año, su obra se publica en Cuba. Era considerado uno de los “poetas malditos”, pero la nueva apertura literaria que se vive en la isla ha hecho posible incluso que se realicen conferencias sobre su trabajo y se publiquen sus poemas en revistas como La gaceta, Juventud rebelde y El caimán barbudo.
Gastón Baquero colaboró en Orígenes y otras revistas progresistas, como Verbum, Nadie parecía y Espuela de plata, creadas por José Lezama Lima.
Forma parte de la generación de “poetas trascendentalistas” –como la llamó Roberto Fernández Retamar–, un grupo de poetas que gira en torno de Lezama Lima y de la revista Orígenes (1944-1956). Esa generación la integraron además Angel Gaztelu, Justo Rodríguez Santos, Virgilio Piñera, Eliseo Diego, Cintio Vitier, Octavio Smith, Fina García Marruz y Lorenzo García Vega, entre otros.
La obra del poeta radicado en Madrid inicia en la década de los años cuarenta: Palabras escritas en la arena por un inocente, Saúl sobre su espada, y luego, entre otros: Testamento del pez, Soneto a la rosa, Poemas escritos en España (1960), Memorial de un testigo (1966), Marcel Proust (1973), Magias e invenciones (1984), Poemas invisibles (1991) y, recientemente, Autoantología comentada.
“Nunca he dicho que soy poeta, me parece una vanidad horrible. Todavía me falta ser el poeta que quiero ser”, dice y sostiene no pertenecer al “linaje de héroes”, como del que forma parte “su maestro”, el autor de Paradiso.

LEZAMA Y MEXICO

Cuenta Baquero: “él se sentía muy atraído por México, pues era uno de los que mejor han conocido el movimiento de escritores contemporáneos de México. Lezama era una autoridad para los poetas mexicanos, conocía el movimiento como nadie, todo ese grupo de Villaurrutia, Jorge Cuesta y otros. Respetaba mucho a Alfonso Gutiérrez Hermosillo, poeta que nunca se hizo popular en México pero fue muy importante en la poesía mexicana moderna. Tenía, aparte, respeto por la obra de Genaro Estrada y, por supuesto, por la obra de Alfonso Reyes.
“Recuerdo que cuando llegamos, él quería ir sobre todo a Sanborn’s, el famoso café de los contemporáneos de la literatura. Y fuimos; ése era uno de los sueños de su vida. Pasamos pocos días ahí, pero maravillosos, porque México es tremendo; no pudimos viajar al interior, estuvimos en el Distrito Federal y después fuimos hasta Taxco; en realidad, hicimos un viaje normal y corriente, de turistas. Estuvimos prácticamente concentrados en la capital, pero hay mucho que ver en esa ciudad. A mí particularmente me interesó el mundo precolombino, tengo pasión por la cultura azteca.
“Eso sí, fuimos a los museos, pero no vimos todo, porque es un mundo inagotable.”
–¿Cuáles fueron las impresiones de Lezama Lima?
–Maravillosas, eso le impactó para siempre y le renovó mucho sus conceptos de la cultura. Vio a varias personas y el significado de la cultura lo captó muy bien. Cuando Carpentier estuvo en México muy joven, él decía que había descubierto América en México. Fue sobre todo la naturaleza portentosa y maravillosa de México lo que le impactó. Lezama disfrutó mucho ese viaje. Visitó a muy pocas personas que ahora mismo no recuerdo.
–¿En esa época tenía relación con escritores mexicanos?
–Relación directa, viva, no. Por ejemplo, no conocimos a Gorostiza. El tenía una gran admiración por José Gorostiza, pero después conocimos a Vasconcelos y Alfonso Reyes. Tenía mucha estimación por la estética de Vasconcelos, conocíamos bastante bien la obra de Vasconcelos. Luego él estuvo en La Habana en 1953, en el centenario de Martí, ya un poco mayor, y ya era un poco perseguido por la mala leyenda de su odio a los judíos, se acercó mucho al nazismo y al fascismo. No creo que Vasconcelos fuera un nazi, digo filosóficamente hablando, pero la cosa antijudía le podía mucho, me parece que cometió algunos errores acercándose a la embajada germana. El odio siempre es muy mal consejero.
–Cabrera Infante recordaba el viaje de Lezama a México en compañía suya y…
–Pero Guillermo tiene a veces una visión cómica de las cosas y da un giro cómico a las cosas aunque no lo tengan. El viaje fue una maravilla. Ese viaje le interesó mucho.
–¿Por qué Lezama no viajó más?
–Eso tiene su historia. La muerte del padre de Lezama se produjo en un viaje, en una misión oficial militar a Estados Unidos. Su padre era un hombre muy brillante en su carrera, el número uno, y estaba al frente de esa misión, pero una pulmonía acabó con él. Entonces, aquel hombre que había salido de Cuba con toda la gloria de su juventud lo trajeron muerto. Eso impactó mucho en la vida de Lezama, en la de su madre y su hermano, impactó de manera terrible. Entonces, entre otras cosas, él tenía miedo de viajar. Decía que no viajaba, porque abandonar la tierra y salir a otro sitio era romper con el espacio; en fin, tenía unas explicaciones muy complicadas. En realidad, era miedo a viajar. Hasta que le dije: “mire, maestro, usted tiene que viajar un poco, usted tiene que ir a Europa a ver los grandes museos, y a otros países”. Pero no había manera, hasta que lo convencí para ir a México.

MAESTRO Y HEROE

Gastón Baquero se muestra sorprendido de las cosas que se dicen actualmente respecto a Lezama Lima: “ahora se habla mucho de él. Por la Revolución, porque Cortázar dijo, porque el otro y tal y cual. Hay mucha gente que está mezclando el ambiente internacional en que está sumergida Cuba con los escritores cubanos. Hay una confusión, una paradoja e ironía; es decir, que un hombre como Lezama, que no era nada popular, pues ahora todo mundo habla sobre su personalidad y todo mundo dice que lo conoció”.
Añade: “me quedo modestamente marginado así como estoy en el mundo, felizmente marginado, asombrado, me quedo asombrado cuando oigo hablar de Lezama”.
–Háblenos de su relación personal con Lezama.
–Fue una relación de un admirador con un maestro, porque lo descubrí casi accidentalmente. Encontré por la calle un día una revistita llamada Compendio, hace como 60 años o más, y vi un poema titulado “Discurso para despertar a las hilanderas”, y me conmocionó de manera tremenda; creo que nunca más he vuelto a tener una emoción tan grande ante un poema. Y entonces decidí escribir al autor; me puse a buscar su dirección y empezamos primero una relación epistolar. Eran unas cartas… las mías eran muy pedantes, porque yo tenía esa locura de la adolescencia, que uno lee más libros de los que debe y más complicados, y entonces era muy pedante, pero pedantísimo, hacía muchas citas literarias, siempre exhibiendo lo que había leído, típico, las vanidades de uno, tonterías, pavorreal que uno se siente. Y él me hacía unas cartas también tremendas porque él era la erudición hecha persona, era una cosa asombrosa, sin la menor jactancia ni exhibicionismo; la erudición suya salía como un sudor, era natural, fluía de él de manera espontánea y natural. No he visto nunca a nadie con una cultura mayor y con unas lecturas más asimiladas y acumuladas en vivo dentro de él. Su saber era realmente portentoso; en fin, ahí están sus libros. Naturalmente, quedé fascinado y, como a los cuatro meses de estar escribiéndonos dentro de La Habana, pues nos conocimos. Pero siempre lo traté de maestro y de usted. Soy la primera persona que llamó “maestro” a Lezama, maestro con amor y respeto. Sentí en seguida por intuición y observación que estaba delante de un maestro. De un maestro que además tenía una misión, porque él era una fuente inagotable de poesía y de amor a la poesía.
–La generación de Orígenes, los poetas trascendentalistas, ¿cómo se llevaban entre sí, había objetivos comunes?
–Creo que no hay tal generación de Orígenes. Era un grupo heterogéneo, dispar. En lo personal, nos llevábamos bastante mal. Casi siempre estábamos como los niños del colegio: peleados. Además, no hay ninguna relación de dependencia artística o creadora en lo que hemos hecho todos los del grupo y lo que él hacía; cada uno conservó su independencia. Esa es una de las cosas más bonitas de nuestro grupo: nosotros no éramos seguidores, adulones o repetidores de su obra; no, nada de eso. Lezama lo que nos daba era el respeto y el amor a la poesía, la pasión por la cultura.
Dice que, de sus enseñanzas, es ésa, la pasión por la poesía, la que más recuerda, y afirma que ni él ni ninguno de Orígenes intentó imitar a Lezama, “primero, porque él es inimitable:
“Su personalidad tan fuerte no se puede imitar. Por ejemplo, tenía un concepto para la selección y publicación de un material en su revista, y aceptó a muchos del grupo a regañadientes, porque simplemente no tenía a mano a nadie más. En realidad, creo que literariamente no nos estimaba en lo más mínimo. Lo que cada uno de nosotros hacía estaba tan lejos, a tantos kilómetros de distancia, de lo que él hacía, que la incompatibilidad radical era no sólo obvia sino escandalosa.
“El amaba la poesía por encima de todo. El era un héroe; no pude seguir el heroísmo de su vida. Desgraciadamente, yo tenía una familia que ayudar. Me inicié en el periodismo y eso le enfadó muchísimo, porque él quería que me dedicara sólo a la poesía. El tenía el valor de pasar necesidades económicas y así seguir en su obra. Yo no tuve ese valor; no por cuestión personal sino familiar. Un día se lo expliqué y le dije: `sé que usted encuentra mal que esté trabajando; naturalmente que eso me daña mucho en mi producción, pero mire: sé, por ejemplo, que Cézanne no fue al entierro de su madre por no perder un día de trabajo, y eso me parece excesivo. Además, no me creo llamado a nada grande, no soy un Elliot; hago unos poemas, nada más, y punto’.
“Y le recordaba el verso de José Martí: `Ganado tengo el pan, hágase el verso’. Sé que un verdadero poeta lo hace al revés, pero Martí era un hombre de ética. Es decir, yo primero mis deberes y luego mi oficio, mi deleite. Eso que atribuyen a Rielke de que el poeta es poeta hasta cuando se lava las manos se daba a la perfección en Lezama.
–El Che llegó a escribir de usted…
–El Che siempre me leía y me tenía una especie de estimación, no política, pero soy la única persona que él menciona por su nombre en un texto político llamado Cartilla del guerrillero, él habla de mí y dice: “el único que vio claro lo que venía con la Revolución fue el vocero de la reacción Gastón Baquero, dijo lo que venía y no le hicieron caso, y entonces él se fue a las tranquilas playas franquistas”.
–¿En Cuba publicaron, además, unos poemas inéditos suyos, rescatados del archivo personal de Lezama Lima?
–Considero un horror toda esa cosa inédita; lo voy a publicar todo ya para que no me lo publique otro. Le he reunido en un libro que se llama El álamo rojo en la ventana. Primeros poemas, es un título de un libro que regalé a Eliseo Diego; es la poesía de mi verdadera adolescencia.
–¿No le agradó que publicaran esos poemas?
–No, me disgustó mucho, porque la calidad resulta muy pobre; son poemas muy pobres.
–¿Qué diría a todos esos chicos que por primera vez lo están leyendo?
–No sé, ellos me quieren mucho. La nueva generación cubana me quiere mucho, y ésa es mi gran alegría. Recibo poemas, cartas, de todo, porque la pasión por la poesía en Cuba crece por día. Hay muchachos en grupitos que hacen unas revistitas poéticas que da lástima verlas desde el punto de vista físico, pero qué maravilla de revistas, me emocionan. Ellos me tienen verdadero cariño; creo que influye mucho la edad… ya me ven como una especie de abuelo.