LA HABANA, Cuba.- A Gabriel García Márquez la fama le llegó de tal modo que, a estas alturas, sólo la explica por la magia de un destino manifiesto, de una predeterminación y un fatalismo propios de su arraigada cultura latinoamericana.
No es de extrañar, en consecuencia, su superstición. Todas esas cosas de ver “las casualidades como augurios, los objetos que dan buena suerte y el miedo que, como un niño, le da la oscuridad”, son parte de esa magia que envuelve al escritor colombiano, Premio Nobel de Literatura.
Habla su biógrafo, Gerald Martin, un gentleman inglés, investigador de lenguas hispánicas de la Universidad de Pittsburgh, quien desde hace cuatro años reconstruye la historia del afamado escritor andino.
Ya recorrió casi toda Colombia, visitó México y Cuba, realizó 250 entrevistas –algunas “muy largas” con Gabo mismo– y leyó miles de discursos, ensayos y entrevistas. Ahora, según dice, se dedicará a escribir la historia que calcula tendrá lista en 1996. Los derechos están reservados por el editor inglés Neil Belton, de la firma Johnatan Cape, quien expresamente pidió a Martin el libro en el verano de 1990.
–¿Es una biografía autorizada?
–No, es una biografía tolerada.
Y comenta que, cuando le propuso el asunto, Gabo se negó rotundamente. “No he muerto todavía”, le dijo. Pero “tras una conversación creo que se convenció de que su biografía era inevitable, tarde o temprano iban a venir a hacérsela”.
Además, trató de convencerlo de que haría un trabajo serio, nada parecido a una biografía estadunidense: superficial y sensacionalista. Claro que –bromea– “con los biógrafos nunca se sabe, luego hacen las cosas mas horribles”.
–¿Y García Márquez qué dijo?
–Alega que lo hace porque todo escritor que se considere debe tener un biógrafo inglés.
Gerald Martin estuvo en Cuba como jurado del premio literario Casa de las Américas en el género de novela. Entrevistado por Proceso durante dos frugales desayunos, habla del reto de hacer esta biografía al mismo tiempo que García Márquez escribe sus memorias y de la aparición de otro investigador con intención de escribir la vida del novelista: el colombiano Daso Saldívar.
Renuente a ofrecer hechos y anécdotas inéditos que parece reservar para su libro, Martin comenta algunos rasgos del escritor que reflejan su personalidad: gustos, virtudes, supersticiones, rutinas, maneras de escribir…
Se refiere luego a la frustración “relativa” que a Gabo produce hacer cine, al significado de México en la vida del escritor, al dolor por lo que sucede en Cuba y a su amistad con Fidel Castro.
GABO TIENE QUIEN LE ESCRIBA
García Márquez anunció hace un mes que su siguiente libro no sería otra novela sino sus memorias. Dijo incluso que ya las estaba escribiendo.
En la revista Resumen, de España, declaró: “lo que voy a escribir son unas memorias en las que voy a transmitir cómo me formé yo solo como escritor. Porque acá nos toca formarnos solos. Entonces voy a contar las cosas por temas: la infancia, el periodismo, los amigos, probablemente mis años en Europa… Lo que me dé la gana”.
–El que García Márquez escriba sus memorias, ¿resta fuerza a su biografía?
–Podría ser. En esto de la competencia hay otro factor que me resta fuerza: hay otro biógrafo colombiano. Se llama Daso Saldívar y, hasta donde sé, también él está bastante adelantado. Seguro van a surgir más, pero, créame, podría haber cosas interesantes en la mía que probablemente en sus memorias no van a estar.
–¿Cuál será la diferencia entre las memorias del Nobel y su biografía?
–Gabo, como novelista, ha luchado contra la cronología y la organización del mundo. El puede empezar por donde quiera y manipular los tiempos de la historia para que todo sea más sublime que la vida real. Yo tengo, de alguna manera, que comenzar desde el inicio. Ahora, si decido hacer una pequeña dramatización, comenzar con el “bogotazo” y lo que hacía el joven García Márquez, o con la apoteosis del Nobel, en el fondo debo regresar al día en que él nació.
–¿Hasta dónde llega la biografía en intimidad, en vida privada?
–Es una persona que vive aún y no es un político. Obviamente, hay que respetar la vida privada y la intimidad de la gente. Si mi intención fuera escribir una biografía sensacionalista, de alguna manera diría que “dije todo” entre comillas, sin saber qué es exactamente “todo”. Eso sí le restaría fuerza. García Márquez es una figura representativa de realidades y líneas de conducta políticas y culturales. Sería un error grave convertirla en un texto típicamente estadunidense que nos ofrezca “todo” sobre el “escándalo”.
Martin tampoco está en favor de usar dramatizaciones del tipo: “y Gabo miró a Mercedes (su esposa) y sintió un nudo en la garganta”. Lo que, según admite, no podrá evitar son las especulaciones sobre emociones y posibles justificaciones en el actuar de Gabo. Sólo que, refiere, intentará evadir el estilo literario “pseudoposmodernista”.
LA MAGIA DEL NOBEL
De entrada, Martin admite que el colombiano es supersticioso. Pero advierte que “es parte de su mundo mágico y de un concepto sobre la predeterminación y el fatalismo”.
Cuenta: “la fama que logró después de publicar Cien años de soledad le pareció tan increíble, que solamente pudo explicarla por una razón del destino y de la suerte. Debe haber pensado: `¿qué he hecho para merecer esto?’. Obviamente, lo merecía, pero no podía explicárselo”.
–¿Existe en él una sensación de predeterminación, de un destino manifiesto?
–Es posible pensarlo si uno ve a dónde ha llegado ese niño que salió desde Aracataca, Colombia, y que ahora es amigo de Carlos Salinas, de Castro y de otros estadistas. Creo, además, que los latinoamericanos en general son bastantes fatalistas: creen en el destino. Representa parte de su cultura.
Martin dice que “esas cosas son contagiosas, porque yo no tenía nada de supersticioso, ahora lo soy como él: busco augurios en todo lo que pasa”.
Sostiene que hay casualidades que uno atribuye al destino, al azar o a la magia. Pone un ejemplo: “García Márquez me lee una página del libro entonces inédito Del amor y otros demonios y aparece escrita ahí la fecha del 26 de octubre, y me doy cuenta que ese día era precisamente 26 de octubre. Entonces uno empieza a pensar en los destinos fatales”.
Martin cuenta que los platillos que fascinan a Gabo –carnes, por ejemplo– no los come, en aras de cuidar su salud y su cuerpo, sobre todo en los últimos años. Refiere que hablar con sus amigos y la música tal vez sean sus distracciones fundamentales:
“Toda la música le gusta: lo mismo clásica, que ballenatos o los Rolling Stones”, dice.
–¿Manías y fobias?
–Tiene muchas. ¿Hasta qué punto son literarias y reales?, no se sabe… Es un gesto que no he estudiado mucho y para hablar de ellas habría que estudiarlas un poco más.
–¿Rutinas?
–Sí, es un hombre de rutinas. Se las impone. La disciplina es probablemente su característica más importante y sorprendente para un colombiano costeño y tropical como él.
Refiere que “se levanta muy temprano y empieza a trabajar hasta haber hecho una cantidad suficiente de palabras: si ha escrito 300 de ellas cree que ha sido un día maravilloso”.
Tener esa disciplina y constancia es, para Martín, sumamente difícil:
“Imaginas la vida de García Márquez hablando con jefes de Estado, viajando, asistiendo a simposios, lleno de invitaciones y compromisos que le llueven al mismo tiempo y que a cualquiera le afectan la vida y el trabajo, sabrás entonces que se requiere disciplina para seguir escribiendo con esa presión encima.”
–Podría pensarse que su virtud mayor es la literatura, ¿usted comparte esa opinión?
–Obviamente, sin su literatura no nos interesaría García Márquez. Pero me parece milagroso su concepto de ciudadanía latinoamericana. Uno puede no estar de acuerdo con sus ideas políticas, pero la manera en que ha seguido las causas y la lealtad hacia sus amigos y hacia los intereses latinoamericanos me parece impresionante.
–¿Y su mayor defecto?
–Sin tratar de eludir totalmente la pregunta, diré que no he llegado a la apreciación total de sus defectos. Además, si diera un veredicto sobre ellos pudieran tener más impacto de lo que merecen.
–¿Acaso son menores?
–En García Márquez los defectos, como las virtudes, son enormes. El, por ejemplo, es hiperbólico y sentencioso; una persona que sabe, habla con un énfasis tajante que lo marca.
Martin admite que al escribir García Márquez revisa y corrige hasta diez veces sus textos. No duda que en la máquina sus dedos busquen las teclas –según Gabo mismo anotó alguna vez– como una gallina al maíz regado en el corral.
Contra lo que pudiera pensarse, García Márquez “no prepara mucho lo que escribe”.
Dice Martin: “las cosas le salen casi de manera espontánea. No he llegado al fondo de ese secreto. Escribe de manera directa. Como me dijera un escritor cubano: apunta al corazón de los lectores. Sin embargo, no es un escritor que organice mucho, como Carpentier. El siempre está creando en el momento”.
Afirma que, en general, sus investigaciones son menos de lo que uno se imagina cuando lee sus libros:
“Cien años de soledad podría decirse que la hizo después de 20 años de investigaciones. Es un proceso de reflexión sobre los viajes por la costa atlántica y la guajira de Colombia. Para un libro como El general y su laberinto él dice que hizo dos años de preparativos. No lo dudo. Pero conociendo cómo es, estoy seguro que habrá hecho sólo la cantidad de investigación necesaria y pensando siempre en el resultado eventual.”
Del cine, Martin cree que, a veces, “le interesa más que la literatura”.
Detalla: “el cine es una gran actividad del sueño. Su primera oportunidad la tuvo en México después de haber estudiado un poco en Italia. Entonces cada vez que tiene oportunidad, hace algo en la producción, en el guión o con ideas que aporta”.
Tiene la impresión, empero, “que Gabo se siente un poco frustrado” con el cine. “A mí no me sorprende –comenta–, ésa es una gran fábrica de frustraciones. Resulta más fácil escribir una novela, donde uno controla todo, a un arte donde depende uno mucho de los demás y de cuestiones técnicas. Los resultados no siempre son como uno los imagina”.
MEXICO LINDO Y QUERIDO
García Márquez prácticamente ha vivido en México desde que llegó en 1961. Ahí ha hecho la mayor parte de su vida familiar y profesional.
Gabo, dice Martin, “ha sabido aprovechar el papel cultural y político que México ha desempeñado en el continente: política exterior no alineada, refugio seguro para exiliados y privacidad deseada por todo escritor”.
Destaca que “probablemente esa vida privada no la hubiera logrado en otros países latinoamericanos. En México, por ejemplo, puede hacer las declaraciones que acostumbra respecto de Cuba sin alterar la paz de su vida”.
Recuerda “un momento significativo:
“García Márquez regresó a Colombia a inicios de los años ochenta, poco antes del Nobel. En un año se vio envuelto en polémicas totalmente imposibles referentes a la guerrilla del M-19. Tuvo que salir huyendo. La policía colombiana lo estaba vigilando y él sintió que peligraba su vida y la de su familia. Se le criticó por una supuesta paranoia o por inventos. Los hechos demostraron que todo fue cierto. Solicitó ayuda al gobierno de México y funcionarios de la embajada lo escoltaron. Volvió a un país en que la seguridad y la estabilidad son mayores que en su propia patria, donde siempre ha tenido complicaciones.”
De México –dice Martin– le gusta casi todo: la comida, las calles, la gente:
“Lo que no le gusta es el clima, pues él es un hombre del trópico. Por eso tiene su famoso calentador en casa para recrear el clima caribeño, lo cual me parece un exceso.”
Sostiene que los amigos de Gabo son más que sus enemigos. Y los pleitos que ha tenido “no son por motivos personales o literarios sino por divergencias ideológicas o por hechos políticos”.
Refiere que el pleito con el escritor Mario Vargas Llosa, a mediados de los años setenta, fue aparentemente por celos amorosos, pero que atrás de eso “habían ya grandes diferencias ideológicas, particularmente con el acontecimiento que ha dividido a todos los escritores y artistas latinoamericanos: la Revolución Cubana”.
–¿Por qué la lealtad a Fidel?
–Es una cosa que aún no sé. No he entrevistado todavía a Fidel. Pero, recuerde, ambos son caribeños, tienen la misma edad, con buen humor, de personalidad abierta, socialistas, y en sus áreas son los hombres más importantes de Latinoamérica en este siglo. Me parece que ésa es una base de afinidades bastante amplia para tener una amistad.
Destaca la lealtad de García Márquez con Cuba pese a las posteriores decepciones que sufrieron los intelectuales y artistas del continente:
“Su línea de conducta ha sido siempre no hablar contra Cuba. Tiene algunos criterios negativos, pero cree que hay tantos ya que hablan contra ella, que unirse a ese coro no es moral para un proyecto que busca su propio camino.”
Reconoce que la crisis cubana afecta al Premio Nobel y “dadas sus convicciones políticas, no ve cómo pueda terminar todo esto”. Ello, añade, “es una cosa que debe dolerle agudamente”.
Para Martin, Gabo “cree que los cubanos están haciendo los cambios necesarios de muy mala gana, y que son deprimentes, pero –en todo caso– inevitables”.
–¿Realmente García Márquez piensa que hay democracia en Cuba?
–El piensa que no hay democracia en Latinoamérica. Piensa que en estos 30 años Cuba ha sido más democrática que el promedio de los otros países latinoamericanos.
Más aún: “está convencido que ese país ha tenido su propia versión de la democracia y le parece que no debe perder este derecho. Pese a todos sus problemas, el pueblo cubano ha apoyado su gobierno, lo cual no puede decirse de otros gobiernos latinoamericanos.
“Para él –reitera–, Cuba representa todavía el signo de muchas esperanzas latinoamericanas, probablemente frustradas.”
Admite luego que García Márquez usa “sus buenos oficios” para tender puentes políticos o conciliar conflictos. Lo hace por el nivel de relaciones que tiene con personajes de la política en Latinoamérica.
Precisa: “todo mundo sabe que ha mediado para liberar presos políticos cubanos y propiciar su salida de la isla. Sucede esto desde el caso Heberto Padilla a la fecha. Se sabe que tuvo que ver en la mediación entre los guerrilleros colombianos y los gobiernos de su país”.
Esto –subraya el biógrafo– revela que Gabo “es un político más grande de lo que se cree”. Afirma que “tiene una obsesión narcisista con el poder”. No como cortesano de los poderosos, aclara, sino como un consejero que hace favores sin asumir esa responsabilidad.
“García Márquez no llama a los políticos para decir: `¿por qué no me haces tu amigo?’. Por el contrario, utiliza esas búsquedas y esos pedidos del poder para encauzarlos de acuerdo con sus ideas”.
Convencido, finaliza: “es, no cabe duda, un gran político”.








