Quienes orillan al presidente a la fuerza pretenden convertirlo en rehen para luego eliminarlo: Muñóz Ledo.

Con el “destino de la república” en juego, ante la inminencia de la guerra en el sureste del país, Porfirio Muñoz Ledo manda un mensaje:
“La posibilidad misma de que Ernesto Zedillo Ponce de León ejerza su función como presidente de la República estriba en su capacidad de rectificación, y el decir no a las presiones y a los grupos que lo están orillando a (tomar) medidas de fuerza.”
Y advierte que, “en el fondo, quieren convertirlo en su rehén y eliminarlo después. Para un gobernante o para un dirigente político no hay nada peor que ceder a la línea de fuerza, porque termina siendo víctima de ella”.
La guerra, menciona, “es una especie de suicidio político de Zedillo Ponce de León”; ceder a la “tentación de la fuerza” sería señal “de debilidad” al verse “obligado a tomar decisiones en una esquina; es decir, acorralado”.
Del otro lado, remarca el presidente del Comité Ejecutivo Nacional del Partido de la Revolución Democrática, “hay muchas fuerzas sociales que abogamos por una solución pacífica. Hoy es más válida que nunca la propuesta de una reforma democrática del Estado”.
–¿El presidente Zedillo Ponce de León tendría la oportunidad de apoyarse en las fuerzas democráticas?
–¡Claro! Pues ése fue el sentido del acto de Los Pinos (la firma de los compromisos para un acuerdo político nacional entre los partidos Revolucionario Institucional, Acción Nacional y de la Revolución Democrática), aunque ese acuerdo político nacional fue un acto de tal repercusión que ha tenido una resaca de las fuerzas más retardatarias del país.
“Aquí se está jugando el destino de la república para los años próximos: si el gobierno cede a las tentaciones de la fuerza, el país puede ir al Apocalipsis.
“Todo esto es un error de tales proporciones, que resulta inconcebible que pueda seguirse por esa línea. Hay espacio para la negociación, hay espacio para el diálogo, hay espacio para la pluralidad, hay espacio para la racionalidad.”
Entrevistado la noche del viernes 10, Porfirio Muñoz Ledo repite lo que ha declarado a la prensa todo el día: “no hay conflicto en el mundo que pueda arreglarse por las armas. Esta es una ruptura con toda una tendencia internacional sobre solución de controversias que no tiene más explicación a los ojos del mundo que el de un acto de desesperación del gobierno por su propia incapacidad para manejar la situación con los factores que estaban en juego o, bien, el de una presión norteamericana o de los sectores más reaccionarios de Estados Unidos que pedían sangre o petróleo”.
–¿Un quinazo?
–Sería un quinazo equivocado. Aquél tuvo su eficiencia en la medida que se manipuló a la opinión pública y que fue una operación que se agotó en sí misma. Esto no es así. El ejército en Chiapas tiene repercusiones incontrolables.
“Nadie les creerá si ahora repiten lo que hicieron con la administración de Salinas de Gortari y se convierten en el eco encomiástico de lo que está haciendo el gobierno. Auguro que la vía de la violencia no tiene camino. ¿A dónde va la violencia? ¿A una acción militar?
“El momento que vive el país es de una enorme peligrosidad. Estoy convencido –y si me equivoco, rectificaré– de que el camino de la violencia no lleva a ninguna parte. Desencadenar acciones brutales en Chiapas crearía una reacción tremenda en vastos sectores de la población; generar la violencia nos llevaría de nuevo a la época de la guerra sucia y al final no se resolvería nada.”
Para Muñoz Ledo, la decisión presidencial de arriesgar el país a la guerra “es una especie de suicidio político de Ernesto Zedillo Ponce de León, que apostó, desde su toma de posesión, por la solución pacífica de las controversias, invitó a los partidos políticos para un acuerdo a fin de solucionar los problemas, insistió en que hubiera una comisión del Congreso de la Unión para que hiciera propuestas… ¿Qué sentido tendría que él diera la espalda a lo que ha dicho? Se convertiría en un rehén de las fuerzas más oscuras del país y de las fuerzas más retardatarias del mundo”, y explica:
“Si el presidente de la República cediera a la tentación de la fuerza, equivaldría a la abdicación. Sería su señal de debilidad y no de fuerza. Porque la fuerza consiste en la capacidad de maniobra; la debilidad, en verse obligado a tomar decisiones en una esquina; es decir, acorralado.”