Fidel Velázquez y Germán Dehesa, desde posiciones muy antagónicas y lejanas, coinciden en la idea de que los ciudadanos debemos cooperar para pagar la deuda. El primero alega que los trabajadores deben donar un día de salario y el segundo, más moderado, propone donaciones voluntarias.
Por eso vale la pena examinar el punto: la deuda está constituida de muchos modos, pero principalmente de préstamos usurarios; mas independientemente de lo que aleguen los economistas en su jerga, uno se tiene que preguntar dónde está el dinero que debemos, quién lo tiene, pues ni modo que se haya escurrido por las coladeras. No creo que sea muy difícil, después de todo, contestar esa pregunta.
Hace poco se publicó en La Jornada que en el último mes antes de la devaluación varias casas de bolsa, en una especie de frenesí, adquirieron gran cantidad de Tesobonos. El mismo diario publicó los nombres de algunas personas dominantes en esas casas de bolsa, entre ellos el de un famoso político, Carlos Hank González. Se supone que esas casas de bolsa actuaron con información privilegiada y que ahora son acreedores del gobierno mexicano.
Para evitar una debacle internacional, el presidente de Estados Unidos, William Clinton, organizó un crédito para México de más de 50,000 millones de dólares. Pero si utilizamos ese préstamo, que es aproximadamente el monto de la deuda, tendremos que pagarlo. Entonces no tiene nada de forzado que supongamos que muchos de los millones que se invirtieron estén en las arcas de los millonarios señalados por la revista Forbes. De cualquier manera, son sólo suposiciones: lo que alego de manera contundente es que si tenemos que pagar una deuda, el dinero que motivó la deuda tiene que estar en alguna parte.
Si esto es así, no tenemos por qué cooperarnos para pagar cantidades que están en las arcas de otra gente, porque finalmente, desgraciadamente, de cualquier manera tendremos que pagarlas mediante los impuestos. No tenemos por qué agregar a lo que pagamos por la vía del fisco, un día de salario más o alguna cantidad voluntaria.
También en el mismo diario aparecía la opinión del filólogo y filósofo Noam Chomsky, quien caracterizó muy bien este sistema económico en que estamos, diciendo que es un sistema en el cual se privatizan las ganancias y se socializa la deuda. Asimismo, dijo que los mexicanos debemos vigilar más a nuestros ricos y que en Corea del Sur, en una cierta época, al capitalista que sacaba su fortuna del país se le fusilaba. Entonces, es inútil hacer coperachas; de cualquier manera, no evitamos el ramalazo.
Lo verdaderamente nuevo es la experiencia de la globalización, que ha sido amarga para los dos países. Para México, porque profundiza su dependencia de Estados Unidos y para ese país, porque desembolsa dinero en cantidades exorbitantes y gestiona que otros organismos internacionales hagan lo mismo. Incluso se dice que la noche anterior a la declaración sensacional del presidente Clinton, fue éste quien trabajó, en tanto que Zedillo Ponce de León dormía tranquilamente.
Otro aspecto de esa misma experiencia fue el llamado efecto tequila o efecto dominó, lo cual quiere decir simplemente que la crisis se pega, y por eso las bolsas de Buenos Aires, Chile, Brasil y Perú y aun la de Nueva York resintieron los efectos del crack mexicano. Esto lo dijeron con toda franqueza el presidente Clinton y el banquero Camdessus, que su propósito no era sólo asistir a México, que prácticamente les tiene sin cuidado, sino evitar una catástrofe internacional. No les quedó más remedio que confiar en que México sea un buen pagador.
Por su parte, los funcionarios mexicanos, como el secretario de Hacienda, dijeron que la deuda no aumentó sino que cambiaron lámparas viejas por nuevas; es decir, cambiaron deuda perentoria, de corto plazo, por deuda de largo plazo. O sea, si no me equivoco, que se paga la deuda con dinero prestado en préstamos a más largo plazo. Pero creo que la cosa no es tan sencilla, pues sabemos que las deudas de largo plazo generan intereses abrumadores y que resulta más difícil pagar los intereses que pagar el capital. Esto lo sabe hasta el que compra un coche a plazos.
Cuando el presidente López Portillo informó que nuestra deuda exterior era de 80,000 millones de dólares, escribí un artículo en esta revista, diciendo que nos íbamos con el pago hasta el siglo XXI. Mis amigos me tildaron de exagerado y sensacionalista, pero para allá vamos. Pude imaginar este lapso porque cuando trabajaba en la Secretaría de Relaciones, en la época del presidente López Mateos, se celebró la terminación de la deuda inglesa, que se había iniciado en el imperio de Agustín Iturbide o en la presidencia de Guadalupe Victoria. O sea, aproximadamente, de 1821 a 1960. Creo que proporcionalmente ahora debemos más que en aquellos años, y por eso nada tiene de raro que lleguemos al siglo XXI en el proceso de pedir prestado para pagar deudas, que es un proceso infinito.
Pero los mexicanos tenemos que evitarlo. Primero, cancelando este socialismo para ricos que nos agobia; segundo, aumentando sustancialmente la productividad porque si no lo hacemos, nunca podremos ingresar en un sistema como el Tratado de Libre Comercio (TLC) sin que ello se convierta en una catástrofe para nosotros. Tenemos un sistema de trabajo de baja intensidad aunado a una clase empresarial y bancaria que no reinvierte sino que saca sus fondos del país; tercero, algo muy importante, tenemos que vigilar que el gobierno no se endeude más allá de lo conveniente.
Ahora bien, el instrumento idóneo de vigilancia es el Congreso. El periodista Miguel Angel Granados Chapa dijo con toda razón que el Congreso no ha autorizado la aceptación de la deuda que elaboró el presidente Clinton, pero tendrá que hacerlo para evitar la catástrofe inminente y porque además el Partido Revolucionario Institucional posee mayoría.
Pero es este tipo de situaciones el que hay que evitar. Necesitamos una economía planeada que beneficie menos a los millonarios de Forbes y más a las clases trabajadoras, porque la idea neoliberal de proteger al empresariado para que cree fuentes de trabajo no ha funcionado en México. Por tanto, se requiere una atinada intervención del Estado, y con ello no perdemos nada porque ya Chomsky dijo que el neoliberalismo es una intervención del Estado pero en favor de los ricos y que, desde luego, no es ninguna forma de capitalismo clásico. Así como el TLC tampoco es un libre mercado, porque Estados Unidos se protege, como en el clásico caso del atún mexicano, cuya venta encuentra la frontera cerrada en un afán proteccionista.
Necesitamos elaborar un sistema económico que nos beneficie a nosotros, sin dogmas, a partir de una visión real de la experiencia mexicana. Y no sólo debemos controlar a nuestros ricos sino también a nuestros políticos, que también son ricos. No en vano puede decirse que las metas de la Revolución Mexicana fueron definitivamente canceladas por el gobierno de Carlos Salinas.








