Amargas horas

El jueves 9, los mexicanos escuchamos entre asombro y desconcierto un mensaje del primer mandatario de la nación sobre la “amenaza a la paz social que existe en Chiapas”. Ernesto Zedillo Ponce de León hizo un inventario de los esfuerzos realizados, desde antes de asumir la Presidencia de la República hasta el 5 de febrero reciente. Destaca entre ellos “mensajes escritos y verbales, insistencia en las vías pacíficas para resolver el problema, establecimiento de una comisión integrada por miembros del Poder Legislativo, aceptación de la propuesta del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) de reconocer a la Comisión Nacional de Intermediación como instancia de mediación y designación del secretario de Gobernación como representante del Ejecutivo para entablar negociaciones, quien logró sostener un encuentro en las condiciones y el lugar fijados por los zapatistas, y a pesar de nuestra insistencia no se ha aceptado un nuevo encuentro, y todavía un nuevo exhorto el 5 de febrero”.
Después de este inventario, el presidente señala: “hoy debo informar a la nación que mientras el gobierno insistía en su voluntad de diálogo y negociación, el EZLN venía preparando nuevos y mayores actos de violencia no sólo en Chiapas sino en otros lugares del país. El día de ayer la Procuraduría General de la República descubrió dos resguardos clandestinos del Ejército Zapatista en la ciudad de México y en el estado de Veracruz, y logró detener a un grupo de personas pertenecientes al propio EZLN, en posesión de un arsenal de armas. Estos hechos permiten establecer que, lejos de prepararse para el diálogo y la negociación, la estrategia del Ejército Zapatista ganar tiempo para pertrecharse y extenderse más a fin de realizar más actos de violencia. Estos hechos dejan la evidencia de que el origen, la composición de la dirigencia y los propósitos de su agrupación no son ni populares ni indígenas ni chiapanecos. Consecuentemente y atendiendo mi responsabilidad de cumplir y hacer cumplir la Constitución de la República, hoy mismo se han librado órdenes de aprehensión contra Rafael Sebastián Guillén Vicente, (a) Marcos, Fernando Yáñez, Jorge Elorreaga, Jorge Santiago y Silvia Fernández Hernández. La PGR está procediendo a cumplir en Chiapas las órdenes de aprehensión contra los presuntos involucrados. En uso de mis facultades, he dispuesto que elementos del ejército mexicano coadyuven con la procuraduría en el cumplimiento de las órdenes de aprehensión”.
El contenido del mensaje es un claro y directo aviso al país de que la tregua queda rota y se reanudan las hostilidades. A partir del mensaje, hasta hoy viernes mediodía, las noticias son omisas en cuanto a movilizaciones del ejército y acciones de la procuraduría para cumplir las órdenes de aprehensión, pero quedan la certidumbre de que ya se iniciaron y la creciente angustia frente a sus consecuencias.
En el marco de la noticia, provocó asombro la identificación del subcomandante Marcos. Su nombre es Rafael Sebastián Guillén Vicente, tiene aproximadamente 38 años, nació en Tampico, destacó en sus estudios por sus brillantísimas calificaciones, transitó sobre su ciudad natal, Guadalajara y el Distrito Federal, fue maestro de la Universidad Autónoma Metropolitana. Quedó roto el misterio que le daba mito y aureola. A partir de hoy su biografía será tripulada para identificarlo mediante la verdad a medias o la franca mentira como militante de ideologías muertas o con vocación irrefrenable de violento. Quedó rota la magia del secreto, el mito de la máscara y del hombre sin rostro, que durante 14 meses lo rodearon de misterio impenetrable. Y frente al futuro inmediato, la incógnita de su destino que parece oscilar entre la cárcel o la muerte. Y sus profecías nutridas en leyendas lacandonas sobre el hombre, el acoso y el río parecen rodear sus días inciertos.
No carece de razón el presidente al inventariar las oportunidades y coyunturas que a partir de enero de 1994 se han presentado para acortar distancias, descubrir un lenguaje de reconciliación y entendimiento, recorrer los caminos promisorios del diálogo. De todos modos, queda clavada la duda de si fueron suficientes sobre el tiempo y eficaces sobre los planteamientos.
Todo parece indicar que la hebra está rota y se lanza al aire, cara o cruz, el todo o nada en la recta terminal de la victoria y la derrota en la confrontación violenta entre hermanos. Y como siempre, en la lección milenaria sobre la paz y la guerra queda en alerta blanca y luminosa la esperanza de una última y desesperada oportunidad para el encuentro honrado, generoso y fraternal. Que sobre el huerto del encono, la sangre y el rencor, se realice el milagro franciscano: “Señor, haznos instrumentos de tu paz”.
Estos días, estas horas, deben abrir a la reflexión espacios amplios para evitar la guerra como solución final. La escalada es injusta, porque enfrenta un ejército dramáticamente superior en hombres, equipo y preparación a un puñado de mexicanos, se habla de 2,000, mal armados, escasamente adiestrados. En el desenlace, su derrota sería amarga victoria para el vencedor. Además, la más amarga de las guerras es la que se libra entre hermanos. No se trata de tomar partido entre los enfrentados. Las filias y las fobias contaminan el juicio.
En un extremo estarán quienes afirman que México no puede ser rehén de un grupo de exaltados o profetistas, que los daños causados a la estabilidad y a la economía han sido hasta hoy muy graves, que ya es tiempo de reintegrar a México a la tranquilidad que da confianza, que es peligroso añadir a los daños económicos amenazas que dificultan el manejo de las salidas.
En contrapartida, se dirá que las razones de los inconformes son justas, que durante siglos se han acumulado injusticias, que el sistema político cerró los caminos de la razón para el entendimiento, que se negó a escuchar y que sólo quedan abiertos los caminos de la fuerza.
Pero más allá de esas consideraciones está la historia que confirma en lección amarga la certidumbre de que la violencia no ha sido raíz y fortaleza de la justicia; que sólo en la paz se pueden curar heridas, enterrar agravios, dar a los hombres respuesta a sus exigencias mínimas y sencillas del pan, el techo y el vestido, que el crecimiento generador del decoro, del hombre y de las naciones sólo se da en la vida que transcurre sobre el orden y el derecho.
Que estos días, estas horas, tan cercanas, tan densas de amenazas, México busque y encuentre los caminos para transitar en paz hacia la justicia.